El excusado de Bill Gates

La innovación desde una perspectiva de bajo costo y alto impacto puede cambiar el futuro del mundo.
Luis Miguel González

Perteneces al club de los que van al baño en busca de ideas? Ahí te va un reto. William Gates III ofrece un premio de 41.5 millones de dólares para reinventar el excusado. Se trata de diseñar un dispositivo que convierta los desechos en energía, agua limpia o nutrientes. Debe ser fácil de instalar y costar menos de 5 centavos de dólar diarios en mantenimiento.

La iniciativa del fundador de Microsoft llama la atención por varias razones. Quiero destacar dos de ellas: el objeto de su atención y el método utilizado para detonar la innovación. Empecemos por lo primero, ¿por qué un magnate de la tecnología se preocupa por algo que pertenece al universo de los plomeros?, ¿qué lo lleva a cambiar los bytes por algo tan trivial como... los desechos humanos?

El 40% de la población mundial no tiene acceso a excusados. Esto quiere decir casi 3,000 millones de personas. Cada año, 1.5 millones mueren de diarrea. Muchos de ellos podrían sobrevivir, si mejoraran las condiciones de higiene en el planeta. Esto nos lleva al trono. "Ningún invento ha hecho tanto en los últimos 200 años para mejorar la higiene y la salud como el excusado... pero no llegó suficientemente lejos. Necesitamos nuevas ideas", dice Sylvia Mattews, presidenta de Desarrollo Global de la Fundación Bill and Melinda Gates.

Pasemos a la segunda cuestión, ¿por qué lanzar un premio? Bill Gates pudo haber contratado a un dream team. A los mejores del mundo en diseño, medicina, química, ingeniería y plomería. Es más, quizás esos genios ya están bajo su nómina. Pudo haber aprovechado su experiencia corporativa en el desarrollo de soluciones y nuevos productos. No lo hizo, prefirió explorar un camino que demostró su eficacia en los siglos XVIII y XIX. Un método de producir ideas que parece estar de vuelta, si damos por buenas las conclusiones de And the winner is... un informe de la consultora McKinsey.

"Los premios expanden el tamaño del pool del talento. Reducen el costo de intentar y reconocer soluciones. Atraen diversos grupos de expertos, practicantes e incluso gente con talento desempleada. No importan las credenciales... ", dice el informe de McKinsey.

A los premios debemos mejoras sustanciales en las técnicas de navegación oceánica en el siglo XVIII. El nacimiento de las soluciones para preservar alimentos y el desarrollo de la aviación en sus primeras etapas del siglo XX. Una parte significativa de la innovación en el campo británico en el siglo XIX tuvo que ver directamente con un sistema de premios desarrollado por la Real Sociedad de Agricultura.

Los premios encienden la chispa de la inventiva a través de mecanismos que trascienden la entrega de dinero. "Uno de los factores más importantes es el prestigio", dice Vijay V. Vaitheeswaran, periodista de The Economist y autor de un libro dedicado al tema, Need, Speed and Greed.

Vaitheeswaran distingue los premios por trayectoria respecto de los que buscan la innovación. Cita al poeta T.S. Elliot, para cargar los dados en contra de los reconocimientos a la obra realizada, "nadie ha escrito nada que valga la pena después de ganar el Nobel", decía el autor de La tierra baldía. La inversión total hecha por los participantes en un concurso excede con mucho el valor de la cantidad entregada, medida en tiempo, dinero y, si ustedes lo prefieren, en entusiasmo.

En 2007, Netflix ofreció 1 millón de dólares a quien pudiera mejorar el algoritmo desarrollado in house que empataba los gustos de sus consumidores con las películas disponibles, recibió 55,000 propuestas de 186 países y generó formas inéditas de colaboración. Ganó un ‘equipo' de siete personas que no se conocía hasta el día de la premiación.

Los premios están de regreso. Toilet 2.0, el reto para reinventar el excusado, es una prueba de ello. ¿Podrán 41.5 millones de dólares hacer el milagro de convertir nuestros desechos en energía, agua limpia y nutrientes? Por lo pronto, yo iré al baño. A ver si encuentro la respuesta.

El autor es director editorial del periódico El Economista.

Comentarios:  opinión@expansion.com.mx

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