Hablemos de corrupción

Las empresas tienen pudor de hablar del tema, pero hay que hacerlo para resolver un costo oculto que ya equivale a 10% de sus ventas.

En una sala de juntas, un grupo compuesto por hombres y mujeres de negocios, entre quienes se encuentran directivos de diversos fondos de inversión, están reunidos para conocer la empresa de un joven emprendedor. A lo largo de la presentación, el consenso de la sala es que este joven tiene un gran producto en sus manos y que hay mercado para él. Sin embargo, les parece que el plan de negocios podría ser más ambicioso. "¿Por qué no le vendes más al gobierno?", pregunta uno de los asistentes. "Lo he intentado -responde el joven-.Pero he tenido que negarme a muchas propuestas porque me han pedido una tajada del negocio". Las cabezas de algunos de los asistentes se mueven levemente de un lado a otro.

La corrupción, su origen y las posibilidades de erradicarla o prevenirla, es uno de los temas que más hemos conversado los editores durante esta edición. En casi todas las pláticas, muchas de ellas ricas en anécdotas contadas en primera persona, había opiniones a favor y en contra de dar mordidas. La inocencia y el cinismo, como extremos de un punto medio, tuvieron también un lugar destacado durante las discusiones.

Mientras elaborábamos este número, los editores fuimos descubriendo que en México se dice poco sobre corrupción a nivel de empresa, a pesar de ser un tema cotidiano que lo mismo da lugar a una plática de sobremesa que un foro a nivel internacional. No es un tema cómodo para las compañías. Parece que hablar de sobornos es aceptar, implícitamente, que quien forma parte de la conversación es o puede ser corrupto. Y ese margen no es aceptable para la reputación de la mayoría de las empresas que opera en nuestro país.

Cuando las compañías hacen un análisis de su situación financiera, suelen enfocarse en los temas que más impacto tienen en sus resultados. Y casi siempre lo hacen en términos de proporciones. Por eso llama la atención que haya tan poco interés en tratar un tema que equivale a 10% de los ingresos de las compañías y 10% del PIB del país, según diversas fuentes.  ¿Cuánta competitividad ganaría una empresa, un sector o una región si se logra disminuir este costo?

No es difícil imaginar las ventajas que se tendría al hacerlo. Hacer negocios en entornos que no permiten, que combaten y que previenen la corrupción da certeza a los competidores para basar su estrategia de mercado en innovación, calidad o precio, entre otras cosas buenas que se pueden generar. A los consumidores, les da la seguridad de que las viviendas que habitan, en el caso de la construcción, o los alimentos que consumen, en el caso de la sanidad, no pondrán en riesgo su vida por un soborno pactado entre un empresario y un funcionario para no cumplir las reglas que, por algo bueno, fijaban la ley o la regulación.

La ecuación de cómo hacerlo y en cuánto tiempo lograrlo complica el resultado. Los beneficios de poner en práctica una lucha frontal en este tema no se verían en forma inmediata. Al contrario, lo primero que se expondría sería lo peor de cada organización. Esto a su vez complicaría la consistencia de esta lucha para, entonces sí, con el tiempo, empezar a ver mejores resultados.

El caso del emprendedor citado al principio de este editorial es ejemplar. Pero no debemos dejar todo, como hasta ahora, en manos de la conciencia individual. El marco legal debe adecuarse para combatir este problema. La Ley Federal Anticorrupción en Contrataciones Públicas, echada a andar el mes pasado, es un buen comienzo. Pero debe ser visto como eso, sólo un comienzo.

Comentarios: cartas @expansion.com.mx

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