Las reformas detrás de los indignados

La clase media del mundo exige cambios sociales, políticos y económicos. La desglobalización podría ser la ruta para lograrlos.

La movilización social es lo de hoy: a la Primavera Árabe, Ocuppy Wall Street y los Indignados españoles se han sumado ahora 132 jóvenes mexicanos que prometen cambiar la hasta ahora parálisis social que parecía imperar. ¿Qué piden a gritos las inconformes clases medias a nivel mundial? ¿Quieren algo concreto o es un movimiento vacío de propósitos? La respuesta la tiene el pensador francés Edgar Morin en su libro La vía.

Este intelectual propone un análisis certero y una hoja de ruta clara y ambiciosa que constituye una lectura obligada para entender las exigencias detrás de las turbulentas aguas sociales. En sus propias palabras: "Hay que repensarlo todo. Se trata de volver a empezar. En todos los continentes y en todas las naciones existe una efervescencia creativa, una multitud de iniciativas locales que avanzan en el sentido de la regeneración económica, social, política, cognitiva, educativa, étnica y hasta existencial".

A grandes males, grandes bienes y el autor del "pensamiento complejo" nos ofrece un recetario exigente pero aterrizado. Hay que deshacernos de las alternativas globalización/desglobalización, crecimiento/decrecimiento, desarrollo/involución, conservación/transformación. Morin propugna cierta "glocalización": promover el desarrollo de lo local dentro de la mundialización. Esta desglobalización daría viabilidad a la economía local, regional y alimentaría, un resurgimiento como el Ave Fénix de las energías sociales que se encuentran sumidas en el fantasma del desempleo y del descontento.

Este pensador propone volver a lo "pequeño es hermoso" que puso de moda el economista francés Schumacher hace varias décadas: hay que dinamizar la alimentación de proximidad, las artesanías y los comercios de barrio -menos Walmarts, más comercios pequeños-, las huertas en las periferias de las grandes ciudades, las comunidades locales y regionales, la revitalización de los pueblos; recuperar los servicios sanitarios, escolares y de correo en las proximidades; volver a instalar cafés, panaderías, tiendas de conveniencia. Medidas de este tipo rehumanizarían el mundo rural. La verdadera reforma económica está en medios de producción baratos a pequeña escala, como ha señalado Gabriel Zaid en Empresarios oprimidos.

Las relocalizaciones deberán ir acompañada de una democracia participativa local y regional que revitalizase la convivencia y regenerase las solidaridades y el tejido social. Estas solidaridades -si bien son importantes en un periodo de desarrollo mundial, como el que acompañó la Gran Moderación, previa a la crisis de 2008-, son más en tiempos de una gigantesca crisis de la economía como la que atravesamos.

La desglobalización forma una pareja antagónica pero complementaria a lo mundial. No se deberían contraponer de forma absoluta la libertad internacional de los intercambios y las protecciones arancelarias. Éstas se imponen en los casos y marcos de salvaguardia de la autonomía alimentaria.

La orientación crecimiento/achicamiento implica que deben crecer los servicios, las energías verdes, los transportes públicos, la economía plural, incluida la economía social y solidaria, el urbanismo destinado a humanizar las grandes ciudades, la agricultura y la ganadería, pero también debe decrecer la fiebre consumista (la crisis de 2008 vino por una ‘orgía' por el gasto).

El dilema desarrollo/involución debe superarse: la felicidad no está en el acaparamiento de bienes de consumo, la eficacia, la rentabilidad y lo calculable. El desarrollo fomenta el individualismo. La involución fomenta la comunidad.

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Máster y doctor en Derecho de la Competencia, profesor investigador de la uaem y socio del área de Competencia y Consumidores del despacho Jalife y Caballero.

Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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