Verdades terribles

El avance tecnológico pone en riesgo el empleo, lo cual podría agravar la actual crisis. Sin embargo, a la larga, los beneficios podrían ser muchos.
Luis Miguel González

En el disco duro de mi computadora personal tengo un archivo que se llama ‘Verdades terribles acerca de la tecnología'. En esa carpeta, el luddita que hay en mí recopila textos y datos que sirven para matizar mi optimismo frente al progreso tecnológico.

Los ludditas fueron unos artesanos textiles que, en 1812, se unieron para protestar contra la introducción de maquinaria textil en la Inglaterra de la Revolución Industrial. Destruyeron máquinas y cerraron fábricas. Luego fueron borrados por el progreso y recuperados por la historia. La leyenda dice que surgieron del mismo lugar que Robin Hood, cerca del bosque de Nottingham. Su nombre viene de Neil Ludd, un enfermo mental que cometió el primer acto de sabotaje contra los telares, en 1779.

¿Por qué estar en guardia ante el progreso tecnológico?, preguntarán ustedes. Éste significa la habilidad de producir los bienes y servicios con una menor cantidad de esfuerzo. En el corto plazo destruye trabajos, pero, a la larga, produce crecimiento. ¿Es eso suficiente? No necesariamente.

La discusión sobre el tema no es nueva. Entre los economistas es casi tan antigua como la misma ciencia económica. Data de principios del siglo xix, cuando David Ricardo se dedicó a pensar acerca de ese asunto. En un periodo de 20 años, pasó del optimismo a la precaución. No hay una ley económica que garantice que todos se beneficien del progreso tecnológico, dijo primero. Fue más lejos después: no hay forma de garantizar que la mayoría se beneficie.

 No es la ley de la selva, sino la del progreso. La luz produce su propio teatro de sombras. Hay otra manera de decirlo: el progreso tecnológico incrementa la productividad y la riqueza social, pero altera la distribución de las recompensas. Esto hace que algunas personas queden peor después de la innovación que antes de ella. Desde una perspectiva macroeconómica, la suma de las ganancias de aquellos que salen beneficiados con la incorporación de mejores tecnologías es mayor que la suma de las pérdidas de los que resultaron perjudicados.

Hay una polarización del mercado laboral, dice David Autor, una de las máximas autoridades del tema e investigador del MIT. Su hipótesis, avalada con datos, es que los menos vulnerables a la revolución tecnológica son los trabajadores que están situados en los dos extremos: los altamente calificados y los poseedores de habilidades muy básicas. El mayor riesgo está en los trabajadores con habilidades y calificaciones medias.

El darwinismo viene inevitablemente a la mesa. No es una casualidad que se hable de oficios o actividades en extinción.

El Departamento del Trabajo de Estados Unidos ha elaborado una lista de oficios o actividades que están en riesgo de extinción. Entre ellas se encuentran carteros, operadores telefónicos, torneros, archivistas, asistentes administrativos y empacadores.

La tecnología está alterando el hogar, la calle y el espacio de trabajo. Más aún: nos está obligando a redefinir lo que entendemos por relaciones personales e, incluso, lo que entendemos por trabajo. Nueve de cada 10 actividades que ahora requieren personas para hacerse, podrán realizarse a través de máquinas antes de que termine este siglo, dice Martin Ford, un científico-empresario de Silicon Valley. "La inteligencia artificial están mejorando a pasos agigantados. No hay límites en sus posibilidades de adquirir sutilezas", dice Ford. "Tampoco hay certidumbre de sus resultados".

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El autor es director editorial del periódico El Economista.

Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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