En busca del prestigio perdido

Nadie gana con un Congreso sometido por la ciudadanía a cuestionamientos permanentes ante su falta de seriedad.
Sabino Bastidas Colinas

El Congreso es el patito feo de nuestra transición. Casi todas las encuestas de reputación institucional, durante décadas, han colocado a los diputados y a los senadores en los últimos lugares de la tabla. Para la opinión pública, los legisladores son la quintaesencia de lo peor de la clase política.

Sueldos altos, inmerecidos privilegios, fueros, viajes innecesarios, opacidad en el uso de recursos, pleitos de baja ralea, conflictos políticos, ignorancia, poco conocimiento de los temas, indolencia y negligencia son aspectos con los que asociamos a un congresista mexicano.

Con frecuencia, los medios nos presentan imágenes y noticias que fortalecen, retroalimentan y fosilizan esta mala imagen: legisladores dormidos, comiendo, jugando, distraídos. Anécdotas lamentables de pifias, propuestas absurdas, puntadas exóticas y declaraciones desafortunadas (misóginas, racistas o tontas) que revelan no solamente falta de estudio, sino falta absoluta de sentido común y un preocupante alejamiento de la realidad.

La historia del Congreso mexicano está plagada de anécdotas casi surrealistas que van desde balazos hasta pleitos a golpes y todo tipo de insultos; desde un legislador con máscara de cochino, caballos entrando al pleno, hasta bancadas completas durmiendo durante días en el salón de sesiones, así como todo tipo de toma de tribuna y todo género de mantas y formas de protesta que van desde Vicente Fox con boletas en las orejas hasta Gerardo Fernández Noroña repartiendo flores, llegando a episodios tan graves como la toma de protesta de un legislador encajuelado, acusado de narcotraficante.

Lo más triste es que todo este absurdo anecdotario oculta y opaca el verdadero trabajo parlamentario. ¿Es un problema de imagen o es un problema estructural? En mi opinión, ya no es un problema de imagen. Es un tema sustantivo, de diseño en el funcionamiento cotidiano del Congreso mexicano. La reflexión de fondo es que sin Congreso no hay democracia. Sin una auténtica representación legítima y acreditada del interés público no tendremos una verdadera democracia.

Muchos politólogos centran la estrategia de reforma parlamentaria en la idea de la reelección de legisladores. Creo que puede ser útil, pero estoy convencido de que no es suficiente.

Hay que pensar seriamente en disminuir el tamaño de ambas cámaras. Una Cámara de Diputados con 300 legisladores y un Senado con 64 integrantes, como era en el pasado, parece más razonable. Recordemos sobre esto que el presidente Enrique Peña Nieto prometió reducir el tamaño de la Cámara de Diputados a 400 legisladores.

Pero más allá del tamaño, es claro que se requiere pensar en instituciones que dignifiquen y prestigien la operación diaria del Congreso.

Los legisladores deben respetar más su investidura y tener un mejor comportamiento. Es indispensable un nuevo reglamento interior que se cumpla y que ayude a recuperar el orden, la asistencia, el trabajo, la disciplina, la dignidad y cierta solemnidad del Congreso mexicano.

En el Parlamento, el instrumento es la palabra, el argumento y el debate de ideas. Para hacer teatro y otras formas de protesta, están la calle, los foros y los teatros.

Del 1 de febrero al 30 de abril se llevará a cabo el segundo periodo ordinario de sesiones de la LXII legislatura. Aprovechando que prácticamente inicia la legislatura, ojalá que los legisladores coloquen en la agenda el tema de su prestigio. A nadie le sirve un Congreso con mala reputación.

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Consultor y analista político, director de Pensar Diferente Consultores.

Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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