La mancha voraz del mercado

Poner límites a los mercados es una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo.
Luis Miguel González

Hay cosas en la vida que no tienen precio, dice aquel anuncio. Esas cosas son cada vez más escasas. Casi todo puede convertirse en una mercancía. Se puede pagar a alguien para que haga fila en un trámite burocrático por 50 pesos durante dos horas. Comprar una trenza de pelo por 3,500 pesos. Contratar un asesino por 5,000 pesos. Alquilar un vientre por 40,000 pesos. Colar una noticia en la primera plana por menos de 50,000 pesos.

Haz un ejercicio mental: imagina una cosa que no tenga precio. Amistad, amor, aire limpio, belleza, éxito deportivo, prestigio social. Sabemos que en cada categoría hay formas de comprar y gente dispuesta a vender. ¿Cómo llegamos a este punto?

Líderes religiosos hablan de pérdida de valores, tradicionalistas apuntan a las distorsiones de la vida moderna o posmoderna. Pero los economistas contemporáneos -con la notable excepción de Amartya Sen- no parecen muy preocupados por hacer preguntas o encontrar respuestas, a pesar de que la economía empezó como una ciencia moral, con Adam Smith.

¿Cuál es el papel que el dinero debe jugar en nuestra sociedad? Ésa es la cuestión que plantea Michael Sandel, filósofo de Harvard y ‘rockstar' de la filosofía moral. Llena estadios en Corea del Sur e India y ofrece conferencias en China que alcanzan 30 millones de vistas en internet. "No fuimos capaces de hacer la pregunta a tiempo y los mercados la respondieron con una eficacia que nos deja una sensación de vacío", dice Sandel sobre su último libro What Money Can't Buy: The Moral Limits of Markets.

El mercado dejó de ser un mecanismo eficiente para asignar recursos escasos. Se convirtió en un becerro de oro. Cuando ofrecemos dinero a un niño por cada libro que lea, más que incentivarlo, alteramos la naturaleza de lo que queremos promover. Según Dan Ariely, el economista de la conducta, la adoración al mercado fue la reacción lógica tras el fracaso del Estado durante el siglo XX. Fortalecer el Estado ofrecía la ilusión del orden, en un mundo que producía caos en cantidades infinitas. Su crisis fue una enfermedad larga y bien documentada, explica Ulrich Beck, destacado sociólogo alemán. Finalmente, no pudo cumplir sus promesas de orden en una realidad crecientemente compleja.

En los 80, los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher fueron adalides de los mercados. Ellos no resolvían el caos, pero eran inigualables al producir riqueza y prosperidad. Además, ofrecían la promesa de libertad. El problema es que pasamos de una economía de mercado a una sociedad de mercado, según Lionel Jospin.

Hoy son muchas las cosas que son gobernadas por las normas o los valores del mercado: salud, seguridad, reproducción, soluciones espirituales, administración de espacios públicos y formalización de relaciones personales en contratos prematrimoniales.

Poner límites a los mercados es una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo. Escuchar o leer a Michael Sandel vale la pena. "El encanto de los razonamientos de mercado es que parecen no implicar juicios de valor sobre los bienes que intercambian: coches, sexo o riñones".

Sandel es elocuente y defiende su posición con vehemencia. "La crisis financiera que estalló en 2008 no tiene que ver con un aumento de la avaricia, esta es más o menos la misma que había en los 70, sino con el incremento de las cosas que se pueden intercambiar en la lógica del mercado, la justicia entre ellos", dice.

La incapacidad de restringir al mercado multiplica los riesgos y acrecienta la corrupción y la desigualdad. Aunque la humanidad ya abolió la esclavitud y definió así que las personas no podían ser mercancía, es necesario hacer algo. Se definieron territorios  naturales que no serán explotados, pero el reto es salir de la trampa: poner precio a las cosas no es un acto inocente. Altera la realidad.

El autor es director editorial del periódico El Economista.

Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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