¿Por qué Google esconde los chocolates?

Un recorrido por el cuartel neoyorquino del imperio de internet.
José Simián / Etiqueta Negra

Igual que en las calles de Manhattan, es difícil toparse con un gordo en las oficinas de Google New York, con la salvedad de que allí hay acceso ilimitado a comida gratis. Para entrar tuve que pasar por dos controles de seguridad. Primero, por los guardias que vigilan el acceso desde la Octava Avenida de Manhattan, sentados junto a las letras de neón de colores que anuncian el nombre de la compañía que la revista Fortune eligió en 2013, por cuarta vez consecutiva, como el mejor lugar para trabajar de Estados Unidos. Y después, elevado a uno de los nueve pisos que ocupa la compañía en este edificio con 15, superar el control de los propios Googlers. Las oficinas de la compañía en la Gran Manzana, las segundas en tamaño tras su matriz en Mountain View, California, se desparraman a través de una mole de concreto que a principios del siglo pasado fue terminal del puerto de Nueva York, por lo que todavía tiene ascensores capaces de elevar un camión. Emplazada en una manzana completa, es la segunda construcción con más superficie de la ciudad: recorrer su perímetro toma nueve minutos a pie. Mirada desde el espacio -con la ayuda de Google Maps, por supuesto-, su magnífica forma rectangular y plantas decrecientes hacia el centro la hacen parecer un trasatlántico del pasado navegando hacia el futuro. Un par de trabajadores de Google me reciben con una sonrisa somnolienta sobre sus suéteres con cuello en V y sus barbas incipientes, ni tan formales como para ser trabajadores de una empresa tradicional ni tan desordenados como un hipster de Brooklyn. Me invitan a escribir mi nombre en una pantalla para que se imprima la segunda de las etiquetas que deberé llevar en mi solapa. La seguridad para ingresar al edificio de Google en Manhattan se asemeja a la de un aeropuerto amable -sin rayos X, sin sospechas por apariencia, ni quitarte los zapatos-, pero nos traza una división del mundo más sutil: separa a sus elegidos del resto de los mortales. No sirve sólo para separar a los Googlers del resto del mundo y de su competencia: es una aduana para mantener el presente a un paso del futuro.

Cuando todavía estaba en medio de esta frontera del tiempo, una chica con pinta de ejecutiva joven pasa a mi lado como hablando sola. No lleva un audífono en sus orejas, sino que habla a sus Google Glass, unos anteojos inteligentes que aún no existen para todos en el mundo real pero sí, aquí adentro, en el futuro. A la vista está el salón de recepción, que termina en una pared cubierta de computadoras antiguas, sobre las cuales una línea temporal señala los hitos de su evolución: de modelos que parecen una gorda fotocopiadora a los delgadísimos notebooks de hoy. Google recibe a sus invitados en un salón que es un museo tecnológico del tiempo. El pasado queda congelado en la puerta de entrada. Cuando atraviese ese muro blanco llegaré al futuro, un lugar donde la comida es infinita. El futuro es un laboratorio de ensayo para glotones y abstemios que se pasan la vida inventando objetos como autos que se conducen a sí mismos mientras ellos comen.

 Almorzar antes de entrar aquí sería desperdiciar una de las mejores comidas gratis de Nueva York. Los más de 3,000 trabajadores de la compañía en este edificio tienen acceso a desayuno, almuerzo y cena siete días a la semana. Los sirven por horarios en cinco cafeterías -cada una de ellas un minirestaurante capaz de alimentar a cientos por turno- y, a toda hora, en más de una docena de micrococinas de autoservicio de bocaditos, bebidas, fruta y café repartidas por todo el edificio, nunca lejos de esos 3,000 escritorios. Una leyenda de internet dice que la compañía tiene una regla de que ningún escritorio esté a más de 30 metros de una fuente de comida, pero Google niega que esta regla exista. Fiel a la naturaleza juguetona y algo arrogante de Google, cada uno de esos cafés tiene un diseño único y ofrece comida distinta y en constante evolución. Una semana el Hemispheres Café ofrece un completo menú de comida india, la semana siguiente tiene acelga cocida y chili del sur de Estados Unidos, y la siguiente, un panorama coreano con kimchi y coliflor picante. Otros mesones rotan ensaladas, comida fría, sopas y postres a 10 pasos de una terraza con vistas al Empire State. O, a la vuelta de una pared cubierta con fotos de célebres chefs -Anthony Bourdain, Jacques Pépin, Mario Batali- que la compañía lleva a hacerse cargo de la cocina y para conversar de comida con los empleados, uno se topa con el Truck Pit Café, inspirado por la gastronomía callejera: es un verdadero camión de comida donde los menús también cambian de un día para otro: a menos de 12 horas de haber terminado el Super Bowl en Nueva Orleans marcado por un bochornoso corte de luz, el menú incluía platos de esa ciudad y unos "nachos del apagón" del que todos se reían a esa misma hora en Internet. En otra planta del edificio está el 5 Borough Bistro, que, más que un casino empresarial, parece la fantasía de un universitario consentido: por los parlantes suena música indie, hay sofás y una zona más oscura donde algunos trabajan y otros duermen una siesta, y, repartidos por el salón, heladeras con sushi y sándwiches preparados, un maestro sandwichero que tras su mostrador tiene una heladera con chorizos y jamones colgando, y un sofisticado bar de jugos y máquinas de café -exprés, filtro y goteo- que manejan un par de baristas profesionales. Las dos podrían estar trabajando en cualquiera de los cafés de alto nivel de Nueva York, pero es Google y han aceptado un desafío mayor, algo que podría explicar esa rigidez en sus rostros: lo suyo es la prueba infinita de satisfacer a foodies que no tienen límites de gastos y que, para evitar la maldición de tenerlo todo, se vuelven más exigentes y curiosos con el café día tras día. Por eso, cuando la fila desaparece, las chicas usan su mesón como un laboratorio de ensayo con nuevos granos y técnicas de colado para excitar a lenguas en constante evolución. Cuando una de ellas termina de dibujarle un corazón a la espuma de mi capuchino, me quedo solo mirando la taza. Un detalle aparentemente coqueto en este mundo encerrado de eficiencia feroz.

No siempre Google ofreció comida a sus empleados. Cuando la compañía comenzó en un garaje de Menlo Park, California, sus fundadores, Larry Page y Sergey Brin, eran todavía estudiantes de doctorado en Stanford y sólo tenían un financista y un empleado. Un año después, en 1999, cuando ya se habían mudado a su tercera oficina y tenían 40 empleados, convocaron a un concurso para contratar a su primer chef. El elegido fue Charles Ayers, ex cocinero de la legendaria banda de rock psicodélica Grateful Dead. En realidad, Ayers había cocinado sólo un par de veces para la banda, pero en la mitología de la compañía quedaba mejor decir que había sido casi un miembro más. Ayers declaró que su truco para quedarse con el puesto fue captar qué buscaban sus empleadores. Nada de acrobacias en la cocina como los otros candidatos, sino un menú que los hiciera querer permanecer en el edificio en vez de salir a comer. La propuesta de Ayers fue tratar de hacer un menú sabroso y en variación constante usando ingredientes locales. Dice la leyenda que, por esa misma época, ocurrió lo inevitable: los primeros inversionistas de Google cuestionaron el alto costo de alimentar a sus cada vez más numerosos empleados. Sergey Brin replicó con sus cálculos: estaban en California y, si salieran del edificio para comer, los Googlers tendrían que subirse a un auto, esperar a que les sirvieran y conducir de vuelta. Darles comida en la oficina, argumentó Brin, le ahorraría 30 minutos a cada trabajador por día. La inversión se pagaba sola.

De ahí en adelante, sus trabajadores nunca más tendrían que preocuparse de llevar comida al trabajo o salir a buscarla. Quince años después de la contratación del ex chef de los Grateful Dead, Google tiene oficinas en más de 50 países. No inventó alimentar a sus empleados ni las regalías laborales, pero su éxito financiero -el año pasado reportó unas utilidades como para comprar 12 veces The New York Times o 12 plantillas completas del Barça- y el éxito de su marca -¿cuántas compañías se han transformado en verbos?- significaron que su cultura de regalar a sus trabajadores se convirtiera en un estándar para imitar en el ultracompetitivo mundo digital. En una de sus raras entrevistas, Larry Page declaró que esperaba que los productos de Google fueran nada menos que 10 veces superiores que los de la competencia. A eso le llamaron el estándar 10X. No se trataba de que produjeran mejoras incrementales -más de lo mismo-, sino saltos como los entregados por el gigabyte de almacenaje gratuito que ofreció en sus inicios el servicio de correo Gmail, 256 veces más de lo que entregaba por entonces su competidor Hotmail, de Microsoft. Google no ha cesado de expandir nuestras capacidades de hacer cosas a través de la tecnología, pero también los límites de lo que podemos hallar todos los días con sólo entrar en nuestro centro de trabajo. La utopía laboral del siglo xxi es que sus trabajadores consuman la comida más saludable posible y, con el estómago lleno, produzcan sin más distracciones.

Un mediodía de invierno, estoy en el Hemispheres Café de Google NY acompañando a dos de sus ingenieros en esos minutos del día cuando uno tiene que decidir qué comer. Ambos tienen treinta y pocos años, llegaron aquí luego de trabajar para Google en Irlanda -no soportaban el clima, me dicen-, y su aspecto -gafas, barbas y sudaderas de algodón con capucha- los hace parecer parientes lejanos. Los dos evalúan sus opciones como foodies acostumbrados al lujo de poder probar sabores nuevos cada día. Y después de unos minutos, aparecen con sus charolas: X ha elegido un pedazo de salmón con ensalada; Z, una ensalada con humus. X y Z son aquí X y Z porque Google tiene una estricta política del contacto de sus empleados con la prensa. Me siento junto a ellos en un largo mesón, que también aloja a una docena de otros tipos jóvenes y que, a pesar de provenir de todos los rincones del planeta, han adoptado el mismo código de vestimenta algo nerd -camisetas con referencias a la cultura pop, jeans, y más gafas y sudaderas con capuchón- que les da la apariencia de nunca haber abandonado la universidad o salido de la casa de sus padres. Cuando ambos ingenieros ya le están entrando a sus platos, les pregunto cómo es posible controlarse de no comer más de la cuenta, o de comer todo el día. Se los pregunto mirando sus ensaladas saludables, y avergonzado de haber atacado sin piedad el mesón de comida centroamericana: chicharrones, patacones, pernil y arroz con habichuelas, amén de estar listo para ir por el mesón de postres. Entonces les pregunto si sube de peso la gente cuando recién la contratan. Uno de los ingenieros me mira a través de sus gafas gruesas y no dice nada. Pone el tenedor en el plato, saca su tarjeta electrónica de empleado de Google y me muestra la foto. Aparece tal como hoy: el mismo pelo corto, la misma barba, pero con varios kilos de más. Los dos asienten. Yo vuelvo a mi pernil; él, a su ensalada.

Circula por internet la leyenda de que los nuevos Googlers suben casi siete kilos. La compañía desmiente que alguien haya medido ese presunto aumento. Lo que sí han medido es todo lo demás acerca de cómo comen sus más de 30,000 trabajadores en el mundo, y cómo impulsarlos a hacerlo del modo más sano posible. Tienen un equipo completo destinado a la tarea. "El Equipo Global de Comida de Google -me dijo por correo electrónico Peter Stirgwolt, un especialista de la compañía en operaciones de comida- pasa mucho tiempo pensando cómo empujar a nuestros trabajadores a que coman de manera más saludable, y no necesariamente quitándoles las opciones menos saludables". Stirgwolt, que reside en Manhattan y acaba de superar los 25 años, usa el verbo inglés nudge para referirse a los estímulos de la compañía para que sus empleados sean sanos, productivos y felices.

En nombre de la salud, pero sin prohibirles nada, las cafeterías de Google les dan señas a sus trabajadores para que coman lo más saludable: no sólo cada plato tiene un cartelito con su contenido nutricional, sino que las comidas más sanas, que se pueden comer sin límites (frutas, verduras, granos integrales), están indicadas con color verde. Las que se pueden comer de manera moderada (carnes blancas, nueces, lácteos), tienen indicaciones en amarillo. Las que deben consumirse de manera ocasional (carne roja, granos refinados, papas), con rojo. En las micrococinas, han escondido las gaseosas en la parte baja de la heladera, detrás de un vidrio empavonado y debajo de los jugos y las zanahorias. Las golosinas -dulces M&M, los caramelos, los chocolates surtidos- se esconden en recipientes opacos, a diferencia de bocadillos como fruta deshidratada y frutos secos que llenan jarros de vidrio transparente. Los voceros de Google dicen que están ganando la guerra de la comida saludable. «Después de instalar los M&Ms en jarras opacas, por ejemplo, hemos descubierto que estamos comprando menos», me dice Stirgwolt. Los jarros opacos para las golosinas redujeron el consumo de calorías en 9% y el de grasa, en 11%. Para ser contratados, los ingenieros de Google han tenido que superar preguntas aparentemente ridículas -¿Cuántas pelotas de tenis caben en esta habitación?-  o absurdas -¿Cuántas ventanas hay en Nueva York?-. En su trabajo, esos cerebros infinitamente racionales siguen inclinándose por la solución correcta, más aún cuando se trata de su propia nutrición.

La gran compañía, el presunto buscador neutro del mejor contenido de internet, dirige las búsquedas de comida de sus empleados. En el mundo perfecto de Google, la vieja máxima de que lo prohibido sabe mejor es derrotada con la idea de que hacer un poco más difícil en vez de prohibir puede producir el resultado deseado. Es como si los planetas se hubiesen alineado para proteger a la ciudad de cualquier exceso: las políticas de las cafeterías y micrococinas de Google New York -el futuro- tiene por estos mismos días un paralelo en la Gran Manzana -el pasado- con las medidas que intenta ensayar su alcalde, Michael Bloomberg. Ha conseguido en los últimos años que los restaurantes de comida rápida indiquen las calorías de sus platos, limitar el tamaño de las bebidas azucaradas -aunque la medida podría ser anulada en última instancia por los tribunales- y que los efectos del tabaco sean expuestos a la vista de los clientes. Donde Bloomberg es criticado por paternalista y acusado de restringir las libertades, Google es celebrada por promover la salud de sus trabajadores. Uno es un funcionario público y la otra, una compañía privada. Uno tiene un deber con nuestras libertades; la otra fija sus propias reglas para sus trabajadores y, mal que bien, les está regalando la comida. Si Google fuese en verdad el futuro, éste podría ser controlar la dieta del mundo.

Obsesionado con la idea de los chocolates escondidos en envases opacos, vuelvo a Google New York un día gélido de invierno. Mi guía, una de las encargadas de relaciones públicas de la compañía, me lleva a recorrer una parte de las micrococinas dispersas en todo el edificio desde su cuarto piso. En el Newsstand, una micrococina decorada como un quiosco de diarios neoyorquino, donde predomina la madera oscura y los cromados, los chocolates y las golosinas -esos placeres que podrían alejar a los Googlers de la productividad 10X- están escondidos en tarros de aluminio. En otra sección de la misma planta -nosotros caminamos de un lado a otro, pero algunos Googlers salvan las distancias en patinetas disponibles por todas partes-, invadimos una zona poblada de juguetes lego en las paredes y los mesones, tanto en piezas para construir como en objetos terminados. Hay una réplica de este mismo edificio, construida con lujo de detalles en piezas rojas y negras. La micrococina está a un costado, y sus lámparas y algunos recipientes son de piezas de lego. Han escondido las golosinas en cabezas de muñecos amarillos de lego del tamaño de un melón. Sus cejas arqueadas y sonrisas aparentes -los muñecos femeninos, con lápiz labial- y el que luzcan como si se miraran los unos a los otros vuelven la idea de comer su contenido levemente terrorífica. En mi viaje en elevador al quinto piso, las micrococinas tienen un aire más moderno. Como de bar o de fiesta. La experiencia de visitarlas en rápida sucesión me recuerda una de esas noches de parranda en la que todo se vuelve borroso, excepto que cuando recorremos esta ciudadela privada con paredes es media tarde, y todos están sobrios y produciendo el 10X. En mi siguiente parada veo que han escondido las golosinas en unos tradicionales tarros de galletas, una metáfora perfectamente estadounidense -en la jerga del país un tarro de galletas equivale al tesoro prohibido- convertida en realidad comestible.

Por unos minutos mi guía en Google se pierde en la ruta y necesita ayuda de un mapa, como si recorriéramos una nave desconocida. En el décimo piso del edificio, una de las micrococinas es una fiesta de verdad, una parranda nerd donde trabajar y hablar de códigos de computadoras parece un exceso de química cerebral. Es, sin embargo, una fiesta en la que a quien no entienda nada de este mundo le gustaría estar. Hay un futbolín y un ventanal que mira al suroeste de Manhattan y, a la vuelta, una salita ambientada como un penthouse de playboy neoyorquino -barra de madera y cuero abotonado, botellas de licor vacías incluidas-. Sentado en un sofá de este falso penthouse, como disculpándose por las botellas vacías, un Googler levanta la mirada de su laptop para decirme: "Hubo una fiesta y nadie se animó a limpiar". Aunque la disposición y el espacio sean distintos, los elementos de las micrococinas se repiten: heladera con jugos a la vista y gaseosas escondidas, jarros transparentes para los bocados sanos y opacos para los reprobables, un par de sofisticadas máquinas de exprés provistas de café Stumptown de Brooklyn. Pero también el sentido gregario de los trabajadores, que demuestra un antiguo principio: cuando hay una fiesta, la cocina suele ser el lugar más divertido. En otro rincón del décimo piso, los objetos de deseo se repiten, pero un decorador ha montado una jungla con muros verdes, falsas lianas y muñecos rituales en sus paredes. Llegado a este punto, ya no sé si estoy en un sueño o una pesadilla. En alguna parte de este viaje a los intestinos del crucero de Google, mi guía me invitó a agarrar un bocadillo. Quería que comiera algo después de tanto subir y bajar oliendo comida y más comida. Entonces miro el jarro de galletas con la etiqueta que dice M&Ms de cacahuate, mi golosina favorita, y recuerdo que tengo hambre, y que en este tour todo ha sido correr, subir y bajar, pero todavía no he probado bocado. La etiqueta dice: "Porción: 1.74 oz, calorías 250, grasa 13 g, sodio 30 mg", y adivino todos esos chocolates confundidos adentro, con sus colores, el relleno de cacahuate. Siento la saliva en mi lengua y la mirada de mi guía invitándome a tomar un chocolate.

-No, gracias -me oigo decir, rendido al autocontrol de Google-. Sigamos.

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