Empresas lejos de casa

-
Nina Bernstein/ Nueva York

Manuel Miranda tenía ocho años cuando su familia se mudó de Bogotá a Nueva York. Sus padres, que eran abogados, se pusieron a vender comida casera desde la cajuela del maletero de su automóvil. Manuel ayudaba después de clase, moliendo maíz a mano para hacer las tradicionales arepas colombianas. Hoy tiene 32 años y dirige un negocio familiar que emplea a 16 personas y que produce más de 10 millones de arepas al año en la Gran Manzana. Pero el arribo de colombianos a la ciudad ya no es como antes, y los clientes que compraban arepas están mudándose a barrios residenciales y la competencia es fuerte. Por eso, Manuel busca tener presencia en el resto del país, un mercado amplio y sin desarrollar. Con el tiempo "habrá arepas en todas las tiendas", dice Miranda, cuyas innovaciones incluyen una versión para tostadora (cuadrada, en lugar de redonda), y un sitio web que vende productos en línea. "Pero no tengo las conexiones. No conozco a la gente que puede aconsejarme cómo pasar al siguiente nivel", se lamenta.

Mientras la afluencia de inmigrantes a los barrios residenciales y ciudades chicas en EU va en ascenso y supera el crecimiento en los centros étnicos activos en Nueva York, muchos empresarios extranjeros, como los Miranda, enfrentan un momento decisivo que no habían vivido.

En la ciudad, el aumento en el costo del alquiler y la densidad obstaculizan el crecimiento, mientras el auge de los enclaves étnicos en los barrios residenciales genera competencia. Pero en otras partes la oportunidad se presenta como nunca antes, a medida que los nuevos habitantes amplían los gustos de los estadounidenses establecidos.

"Los inmigrantes han sido las bujías de las ciudades, desde Nueva York hasta Los Ángeles", afirma Jonathan Bowles, director del Center for an Urban Future, organización sin fines de lucro que ha estudiado la dinámica de los negocios de inmigrantes, que, en las últimas décadas, convirtieron los vecindarios venidos a menos en verdaderos centros comerciales. "Éstos son generadores económicos preciosos e importantes para Nueva York y existe el riesgo de perderlos en la siguiente década", advierte.

Un reporte emitido recientemente por este organismo destaca el potencial y el desafío de las ciudades llenas de empresarios inmigrantes, que deben enfrentar barreras idiomáticas, dificultades para conseguir crédito, y problemas para conectarse con las incubadoras de negocios.

El informe identifica una generación de empresas listas para dar el siguiente paso, o que ya son grandes, como Lams Group, uno de los constructores de hoteles más agresivos de Nueva York, o Delgado Travel, que genera al año unos 1,000 mdd en ingresos.

En Los Ángeles, al menos 22 de las 100 compañías con crecimiento más rápido en 2005 fueron creadas por inmigrantes de primera generación. En Houston, una empresa de telecomunicaciones iniciada por un paquistaní ocupó el primer lugar en la lista de las pequeñas empresas más exitosas de 2006.

Pero, según el informe, incluso en ciudades como Nueva York (donde los alcaldes reciben bien a los inmigrantes y promueven planes para ayudar a las pequeñas empresas), los empresarios inmigrantes son ignorados en las estrategias a largo plazo para el desarrollo económico.

Pese a todo, algunos están bien. Rajbhog Foods, que empezó como una tienda familiar de dulces indios, parece estar a punto de lograr un crecimiento importante, a pesar de que lucha contra el aumento de costos y el cambio de patrones migratorios.

De alguna manera, Nueva York puede ser donde más padecen los negocios de inmigrantes para crecer. En ese estado, la reciente oleada de inmigrantes llegó a su punto más alto a mediados de los 90 y comenzó a decaer, pero en otras partes mantuvo un ritmo dinámico. Unas 90,000 personas se mudan cada año al estado de Nueva York, la gran mayoría a la ciudad del mismo nombre, pero es una cifra menor a las 168,000 que llegaban en 1990.

Ahora, algunos hijos de esas primeras generaciones tratan de seguir el éxito de sus padres, lo cual ha disparado los precios de los alquileres y la congestión en algunas áreas.

Un ejemplo es Jay Joshua, una firma de Manhattan que diseña souvenirs, los fabrica en Asia y los importa a EU. Jay Chung, que llegó de Corea del Sur en 1981 como estudiante de posgrado en diseño, empezó a aplicar logotipos de Nueva York en camisetas que vendía a las tiendas de regalos. Su empresa es una de las principales proveedoras de souvenirs en la ciudad, y vende desde tazas que dicen "I Love New York" hasta adornos de Navidad para taxis.

Su hijo Joshua se unió a la empresa después de estudiar administración de empresas en la universidad, y recientemente ayudó a conseguir órdenes para una nueva línea de regalos de Chicago, y su padre es el líder de la asociación local de negocios coreanoestadounidenses. Hace 30 años, el distrito de venta al mayoreo en Manhattan estaba desierto. Ahora, cientos de importadores coreanoestadounidenses están ahí, según el propio Jay Chung, que ya es ciudadano de EU. Él y su hijo enfrentan constantes multas de estacionamiento y altos alquileres comerciales: casi 20,000 dólares al mes, dice. Muchos comerciantes han tenido que subdividir y subarrendar su espacio para poder crecer.

En una época en que las ciudades atraen a empresas de biotecnología y edifican estadios deportivos colosales para revivir las economías locales, el potencial económico de los inmigrantes ha sido mayormente ignorado, según el Center for an Urban Future. Aunque no hay cifras precisas sobre su impacto económico, estos negocios crean empleos en épocas buenas y malas además de que compensan las crisis cíclicas de sectores como el financiero, en Nueva York, o el energético, en Houston. Esto, sin olvidar que han creado mercados étnicos que atraen a compradores a la ciudad, equilibrando la pérdida de comercio en los barrios residenciales.

Adam B. Ellick contribuyó en el reportaje
© New York Times / News Service

Ahora ve
No te pierdas