Escolas de negocios

Es más que una fiesta popular. El Carnaval de Río de Janeiro se profesionaliza.
Leonardo Tarifeño / Río de Janeiro

Parece un caos, pero no lo es, aunque todos hablan al mismo tiempo, se hacen escuchar y toman decisiones. Son equipos donde cada integrante tiende lazos con los demás, y su valor se mide por la capacidad para reforzar el conjunto. Sus comentarios y críticas parten de un entusiasmo compartido, que no juzga ni reprocha; mientras, con su experiencia y profesionalismo, el líder coordina el esfuerzo múltiple y busca el éxito colectivo.

¿Corresponde esto a la descripción de una compañía? Sí, pero también a la de unos grupos que, en apariencia, tienen poco o nada que ver con una empresa: las escolas do samba del carnaval de Río de Janeiro.

Para que una escola do samba destaque cada año durante los 80 minutos que dura su desfile en el Sambódromo carioca, tiene que coordinar la acción integral y simultánea de 4,500 personas. Por eso, sus engranajes ocultos evocan la maquinaria secreta de toda actividad empresarial.

Lo curioso es que estas caravanas de adrenalina comienzan a convertirse en empresas sustentables, dinámicas y aliadas a la mercadotecnia. En un país donde hay pocas cosas más importantes que el carnaval, se trata del proceso de modernización económica más visible de la era Lula.

La escuela pionera en este movimiento ha sido Acadêmicos da Rocinha, que representa a la mayor favela (barrio pobre) de América Latina, un amasijo urbano con 200,000 habitantes amenazados por la delincuencia y el narcotráfico. Descendida del Grupo Especial (Primera División de las escolas que desfilan durante el Carnaval) al Grupo de Acceso (Segunda División) en 1997, Acadêmicos da Rocinha adoptó, en 2003, la estructura gerencial de una empresa, lanzó un programa de inversiones que saneó sus cuentas, y consolidó la ‘mercadotecnia carnavalesca’, basada en la construcción de la marca y la búsqueda de patrocinadores. Esa tendencia se ha generalizado, y ahora define el rumbo económico y administrativo de las 13 escolas del Grupo Especial.

Vuelta al timonel
Las escolas se están adaptando a una nueva realidad que exige su modernización y profesionalización empresarial. Hasta 1984, año de inauguración del Sambódromo (un estadio abierto, obra del célebre arquitecto Oscar Niemeyer), el carnaval carioca era gratuito, la música y los bailes se esparcían por las calles de la ciudad, y la gente era público y protagonista a la vez.

Con la aparición de las tribunas, la fiesta se privatizó: el público paga un boleto que puede ir de 5 a 1,000 dólares y observa el desfile desde lo alto de las bancas, mientras que los trajes, las carrozas y las escenografías adecuan su estética para lucir de acuerdo con la conveniencia de la televisión. La fiesta gratuita y popular sobrevive en el carnaval da rua (carnaval callejero) y los blocos (comparsas) que revolucionan la vida de los barrios; la otra fiesta, adinerada y elegante, vibra en el concurso que se lleva a cabo en el Sambódromo, donde mandan las leyes del gran espectáculo.

Ese megashow le cuesta entre 2 y 3 MDD a cada escola del Grupo Especial, y por eso Marcos Aurelio Fernandes, director de la escola Estácio de Sá, apunta que “si el carnaval continúa con el actual nivel de exigencia, se va a volver inviable para las escolas sin patrocinador”.

La modernización del carnaval plantea un doble reto: por un lado, supone diversificar los ingresos para solventar gastos, y por el otro, exige la profesionalización de los participantes y de la creación artística. Ambos confluyen en un nuevo tipo de gestión, empresarial, por parte de las escuelas y el Estado. Históricamente, la triste sombra de la corrupción ha estado presente en el carnaval, lo que parece haber despertado la necesidad de tener transparencia. Gracias a esa política, hoy se sabe que el gobierno de la ciudad aporta 2.5 MDD para financiar a las escolas, además de los casi 25 millones que deja la taquilla, y que van a la Liga Independiente de Escuelas de Samba (Liesa) para que organice el evento del año siguiente.

La cadena televisiva O Globo le paga 1 millón de dólares a cada una, a cambio de la exclusividad en su retransmisión para más de 250 millones de telespectadores. El resto del dinero a recaudar, casi 1 millón de dólares, se busca a través de la venta de discos compactos con las sambas de enredo (samba compuesta para el desfile que se canta durante el evento), las entradas para los ensayos del precarnaval (que, según la escola, cuestan entre 2 y 5 dólares, de noviembre a febrero), la venta de lugares para los turistas que quieren desfilar en el Sambódromo (a 200 dólares, si incluye la venta del traje), las actuaciones paralelas de los grupos de mulatas o de percusionistas y el patrocinio empresarial.

El año pasado, la escuela Unidos da Vila Isabel salió campeona con el tema Soy loco por ti, América-a Vila canta a latinidade, desfile que tomó, al mismo tiempo, el título de una ya clásica canción del músico y ministro Gilberto Gil y 1 millón de dólares de PDVSA, la empresa petrolera venezolana. El dinero de las arcas chavistas lució en los 13 metros del muñeco consagrado al prócer Simón Bolívar.

Ese mismo año, el auge de los patrocinios convirtió al carnaval carioca en una insólita clase de geografía, a cargo de siete de las 14 escolas del Grupo Especial, todas ellas súbitamente inspiradas por ciudades, ríos o países con gobiernos dispuestos a pagar por mostrarse en el carnaval. De todos, quizás el caso más representativo haya sido el de la escuela Portela, que trabajó con 250,000 dólares del Ministerio de Turismo, destinados a ponerle música y letra a las bellezas de Brasil.

La iniciativa formó parte del desarrollo de la Marca Brasil, un proyecto con el que el gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva intenta atraer a nueve millones de turistas por año e insertar al país entre los 20 mayores destinos turísticos del mundo. “La aparición de la Marca Brasil en el carnaval tiene un significado muy importante, porque se trata de una manifestación popular vista por millones de personas”, dice Milton Zuanazzi, secretario nacional de Políticas de Turismo. La sociedad debe haber dado sus frutos, porque este año el gobierno volvió a invertir en la misma escola. Esta vez el turno fue del Ministerio de Deportes, que pagó casi 1 millón de dólares para apoyar el enredo con el que Portela cantó y contó la importancia de los Juegos Panamericanos que se desarrollarán en Río, en julio próximo.

Es un megaevento que, según datos de la Asociação Comercial do Rio de Janeiro, mueve 500 MDD (con 43.5% destinado a pago de mano de obra), genera 50 MDD a empresas de São Paulo (que surten plásticos, tintas y otros materiales para hacer trajes y accesorios), recibe 680,000 turistas nacionales y extranjeros, y crea unos 470,000 puestos de trabajo. La novedad del patrocinio es la más sensible –pero no la única– en el formato empresarial que las escolas do samba han adoptado para sobrevivir, desarrollarse y, por qué no, enriquecerse.

Pruebas al nuevo modelo
Las empresas privadas invierten con gusto, porque ese gasto está exento de impuestos por la Ley Roaunet, que este año permite que los patrocinadores dejen de pagar 18 MDD (más que los 13 MDD que el gobierno destina al programa Bolsa Familia de ayuda a 442,000 familias pobres).

Y para las escolas, ese apoyo supone una profesionalización que va más allá del triunfo o la derrota ante el público o los jueces del concurso, y afecta buena parte de la cadena productiva de la economía del carnaval.

Una escola del Grupo Especial puede tener hasta 4,500 participantes en su desfile, y en su creación trabajan otros 400 electricistas, soldadores, carpinteros, maquillistas y costureras.

Construir un carro alegórico cuesta unos 100,000 dólares (el reglamento exige un mínimo de 7,000) y requiere al menos 50 trabajadores, que ganan por su trabajo desde el puro almuerzo y merienda –para los aprendices–, hasta 250 dólares por semana para los profesionales, de acuerdo con su experiencia. Algunas escolas contratan un taller externo para confeccionar la ropa, con lo que el gasto crece. En las escolas más pequeñas, el dinero y los puestos de trabajo son mucho menos, y un carro alegórico ‘apenas’ cuesta 2,000 dólares.

Así, el patrocinio ha cobrado una importancia tan o más grande que la creación artística del espectáculo. La cuestión es compleja, porque el apoyo de una compañía no garantiza una buena evaluación positiva en el Sambódromo. De hecho, la Estácio de Sá de Fernandes perdió la categoría y bajó del Grupo Especial al de Acceso a pesar del patrocinio de Cadbury Adams y una samba dedicada a la goma de mascar.

Uno de los desfiles más insípidos que se le recuerda a Mangueira fue el de 2005, cuando se presentó con casi 2.5 MDD invertidos por Petrobras y Electrobras para expresar el amor del pueblo carioca a la energía hidroeléctrica.

Una situación similar a la de Imperatriz Leopoldinense, que este año contó con 600,000 dólares desembolsados por el Consejo Noruego de Pesca para cantar y bailar las glorias del bacalao. Imperatriz pasó sin pena ni gloria por el carnaval, lo que parece darle la razón a quienes consideran que el patrocinio es, al mismo tiempo, una solución económica y un obstáculo cultural.

“En defensa de la participación de las empresas, dirigentes de las escolas do samba dicen que no se puede montar un desfile con menos de 2 millones de dólares. ¿Cómo hizo, entonces, la escola Unidos da Tijuca para ser vicecampeona en 2004 y 2005, sin patrocinio de ninguna clase?”, escribió el músico e investigador Aloy Jupiara en el periódico O Globo; “más dinero, en teoría, producirá un espectáculo mayor. Pero mayor no es lo mismo que mejor. Mayor no es lo mismo que emocionante, placentero y creativo”, afirma.

Arma de dos filos
Mientras se discute si el patrocinio es la salvación o la muerte de las escolas de samba, lo que parece quedar claro es que las transformaciones del carnaval ya no admiten el regreso a los viejos tiempos en los que se desfilaba sin el apoyo de una empresa o el Estado. “Hoy, el carnaval es una actividad económica en la que resulta difícil identificar el producto, porque pone en circulación distintas mercancías, como discos, tejidos o calzados, pero a través de un servicio intangible”, apunta Luiz Carlos Prestes Filho, superintendente de Economía de la Cultura del gobierno del estado de Río de Janeiro.

Rostro moderno de la profesionalización del artista carnavalesco es la fábrica Cidade do Samba, ubicada en la zona portuaria y e inaugurada el año pasado. Es una bodega de 114,000 metros cuadrados y con 14 barracas donde trabajan las escolas del Grupo Especial. Allí se construyen carros alegóricos, se diseñan y cosen trajes, se ensayan coreografías y son mal vistos los desconocidos, rivales o posibles ‘piratas’.

Entre sus paredes rojas, de loft tropical, el carnaval crece y madura. Representa el estado más alto de la creación en tiempos de Momo, cuyo primer escalón se da a unos 45 minutos hacia el norte, en el populoso barrio de Mangueira. Allí se encuentra la Escola das Artes Técnicas Luis Carlos Ripper, única en su género, inaugurada el 29 de octubre de 2003 y destacada por la UNESCO en su programa de inclusión social, en el campo de la educación. En esta escuela, un eterno sueño del ya desaparecido escenógrafo Ripper, se forman los trabajadores de los bastidores que algún día integrarán alguna escola do samba.

Puesta en marcha en lo que alguna vez fue una fábrica de helados, allí se enseña a coser, maquillar, hacer máscaras y trajes, entre otras actividades teatrales, sin costo alguno y con almuerzo y merienda gratuitos. Y como muchos de los 500 alumnos que toman los cursos de seis meses apenas si tienen escolaridad, la enseñanza profesional se combina con un curso de ciudadanía, en el que se aprende portugués, relaciones humanas y matemáticas.

El proyecto original de Ripper lo retomó la actriz Jalusa Barcellos, quien reclutó dinero de la Fundação Telemar para abrirlo. Tiempo después, el presupuesto contaría con el apoyo del gobierno de Río. “No se puede trabajar en el carnaval sin tener un profundo amor por esto”, menciona Laerte Guleni, integrante de la escola Unidos do Jacarezinho (Grupo C) y actual maestro y alma de la escuela; “pero, además de sentir ese amor, hay que profesionalizarse. Esta escuela es importante porque los grandes carnavaleros de hoy ya están viejos, y la única manera de remplazarlos es con formación y conocimientos”. En cada rincón de la escuela cuelgan máscaras y trajes que los alumnos hicieron, y en los cuatro pisos vibran grafittis y carteles que proponen ‘atreverse a soñar’. “Las escolas ahora piden a sus trabajadores el diploma que damos aquí, y gracias a eso nuestros egresados también pueden emplearse en el teatro o la televisión”, dice Guleni. “La mayor salida laboral es la Rede Globo, pero desde julio tendrán oportunidad de sumarse a los equipos de las escolas do samba”, dice.

El carnaval surge de la comunidad y vuelve a ella en salones donde los aprendices construyen desde réplicas de máscaras y desfiles en miniatura hasta el molde social del ciudadano futuro. El círculo se cierra de manera sorprendente. Las escolas do samba tienen todo para ser empresas, centros de trabajo social y, también ahora, escolas de mercadotecnia.

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