La sombra del caudillo

México necesita un partido de izquierda fuerte, inteligente y responsable.
Alfonso Zárate

Un país con tanta desigualdad requiere una fuerza políticoelectoral que subraye la atención a la agenda social (pobreza, distribución de la riqueza, derechos humanos, educación, salud) y proponga alternativas viables a un modelo que introdujo severos desarreglos en la vida comunitaria y dejó millones de damnificados, como evidencia la expulsión anual de 500,000 paisanos y el ascenso de la economía informal.

El 2 de julio, la alianza Por el Bien de Todos quedó a medio punto porcentual de la Silla del Águila. Fue la mejor elección en su historia: en la Cámara de Diputados incrementó su presencia 300% con respecto a 2003 y 240% sobre 2000; en el Senado creció 150% más que hace seis años.

Pero el partido del sol azteca sufre un mal congénito: el caudillismo. Desde su nacimiento necesitó un liderazgo capaz de mantener la cohesión de las corrientes que concurrieron a su fundación. Primero fue Cuauhtémoc Cárdenas, ‘líder moral’ y candidato ad perpetuam; luego, Andrés Manuel López Obrador, que se apropió del partido y lo manejó a su antojo.

Con la derrota, las cosas comenzaron a modificarse: por un lado, con la formación de la Convención Nacional Democrática (CND) y, casi simultáneamente, del Frente Amplio Progresista (FAP), una alianza del PRD con el PT y Convergencia, que algunos consideran la simiente del partido del ‘presidente legítimo’. Por el otro, la recuperación de la autonomía de corrientes internas, Nueva Izquierda (los ‘Chuchos’).

En la elección de coordinadores parlamentarios fue evidente la reapropiación de espacios de las ‘tribus’: los candidatos de López Obrador fueron derrotados en el Senado (Ricardo Monreal), en la Cámara de Diputados (Miguel Ángel Navarro) y en la ALDF (Agustín Guerrero). En su lugar fueron electos: Carlos Navarrete, Javier González Garza y Víctor Hugo Círigo, respectivamente, quienes representan a un PRD distante de su maximalismo político.

El mea culpa
Aunque López Obrador sigue sin asumir sus errores –su arrogancia ("confíen en mi instinto político"), su descalificación a Fox ("¡cállate, chachalaca!"), su decisión de no asistir al primer debate, entre otros–, poco a poco y con menos timidez, los perredistas pasaron del infantilismo inicial de atribuir la derrota a ‘los otros’ (IFE, Fox, la operación del magisterio, etc.) a las evaluaciones que admiten los errores propios: de las ‘redes ciudadanas’ y los operadores de Andrés Manuel.

Fernando Belaunzarán, secretario de Formación Política, dijo que Octavio Romero, Francisco Yee y Alberto Pérez Mendoza –hombres del ex candidato que crearon la estructura electoral que desplazó al partido– están obligados a rendir cuentas. En febrero, el pleno del Consejo Nacional perredista regresó sobre el tema. Guadalupe Acosta Naranjo, secretario general y miembro de Nueva Izquierda, describió severamente a López Obrador: lo llamó ‘santo patrono’ y lo responsabilizó de imponer, por encima del partido, la candidatura de Ana Rosa Payán en Yucatán y de echarla después: "Quien nos dijo que deberíamos ir con Ana Rosa se llama Andrés Manuel López Obrador, lo digo aquí y no me ando escondiendo. El que nos mandó a decir que siempre no, se llama igual, Andrés Manuel López Obrador".

Los gobernadores del PRD (Amalia García, Zeferino Torreblanca, Lázaro Cárdenas, Jaime Sabines, Narciso Agúndez y Marcelo Ebrard) no compraron el pleito con Calderón. Saben que por esa vía pagarían un alto costo. Con discreción y menor o mayor astucia (no es un riesgo menor, exponerse a la ira del caudillo) construyen una relación productiva con el gobierno federal.

Quizás uno de los problemas mayores del PRD es su falta de liderazgos de relevo: los dirigentes históricos de la izquierda están marginados o son cartuchos quemados, mientras que los de la generación de relevo, como Rosario Robles y Carlos Ímaz, se extraviaron en el camino, no resistieron las tentaciones del poder.

Paradójicamente, el destino del PRD podría depender más de Calderón que de sí mismo. Si hacia finales del sexenio la sociedad experimenta frustración y los resultados de la segunda administración del PAN son lamentables, la mayoría del electorado volverá la vista hacia la izquierda partidista… entonces, una segunda candidatura de López Obrador pondría a temblar a muchos.

El autor es politólogo y director de Grupo Consultor Interdisciplinario.
Comentarios: alfonso.zarate@expansion.com.mx

Ahora ve
No te pierdas