Las décadas perdidas

Hay que ver cómo quedó el sistema nacional de innovación luego de la crisis de los 80.
Leonardo Peralta y Margarita Arteaga

El conglomerado coreano LG tiene 24,000 empleados con nivel de doctorado, mientras en todo México hay 22,000. Nada ejemplifica mejor el atraso del Sistema Nacional de Innovación (SNI), que indica cómo se vinculan las universidades, los centros de investigación y las empresas para generar innovación.

Según los académicos, México es víctima de su propio éxito globalizante, y las paradojas económicas dicen mucho de lo que ha fallado en las últimas décadas. Se ganó en indicadores como empleo, exportaciones y control de la inflación. Pero en el entretejido creativo hay una debacle desde la crisis de los 80.

“La crisis se asoció con una caída en el esfuerzo de investigación y desarrollo de México”, señalan el Consejo de la Competitividad de EU y el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) en el estudio Integración innovadora: Atendiendo los retos de la competitividad en Norteamérica. Dicen que una de las medidas tomadas en ese tiempo para subsanar las finanzas nacionales fue reducir el gasto en investigación y desarrollo (I+D). “México enfrenta retos para estimular el crecimiento a largo plazo, debido a oportunidades perdidas en el pasado”, apunta el análisis.

En el fondo, dice la OCDE, se trata de un asunto de pesos. México invierte sólo 0.41% del Producto Interno Bruto (PIB) en I+D. La cifra equivale a 3,326 millones de dólares menos, que lo que destinan países de nivel económico similar.

La canasta globalizadota
Más que cifras hay hechos. Antes de que el Tratado de Libre Comercio entrara en vigor, Guadalajara era asiento de más de 10 fábricas mexicanas de computadoras. Pero llegó la apertura comercial y, de acuerdo con la Universidad de Berkeley, para 1999, apenas sobrevivían dos armadoras locales.

Lo que pasó, comentan los estudiosos del tema, es que México no se preparó lo suficiente. “El gobierno no preparó esquemas de apoyo a la innovación previos al proceso de apertura económica”, dice Carlos Bazdresch, director del programa de Ciencia y Tecnología del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). El país depositó en empresas foráneas todos los esfuerzos de innovación. “Desde entonces la creciente exposición a los mercados extranjeros afecta los esfuerzos innovadores de las empresas mexicanas”, dice Liliana Meza, de la Universidad Iberoamericana.

Y no es una historia de las empresas malas foráneas contra las pobres locales. Para bien o para mal, muchas de las mejores historias de innovación en México las han escrito firmas como IBM (con su planta de Guadalajara), Tenaris (con su centro de I+D en Veracruz) o Delphi (con su centro de diseño en Ciudad Juárez). Pero las grandes empresas mexicanas, aquellas con el músculo económico para invertir en innovación, se durmieron en los laureles de sus mercados protegidos. “Un problema en la innovación es que el país aún lleva una carga de estructuras económicas y empresariales provenientes del proteccionismo”, comenta Ricardo Zermeño, director general de Select, una firma de investigación.

Sin embargo, las empresas mexicanas no invierten sólo por proteger cotos: ven poco atractivo comercial en la innovación. Prevalece la idea de que el gasto en I+D tiene que ser para proyectos con ganancia asegurada o que ganen un premio mundial. “La política de estímulo a la innovación se dirige a establecer invenciones ‘revolucionarias’”, dice Rebeca de Gortari, del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.

Además, el nulo respeto al derecho del creador es un obstáculo mayor para innovar. “En un país con una pobre protección a la propiedad intelectual, la inversión en I+D pone en desventaja a quien le apuesta pues podría gastar en innovaciones que sus rivales podrían utilizar sin pagar”, señala James A. Lewis, director del Programa de Tecnología y Políticas Públicas del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos (CSIS) en el reporte Política nacional para la innovación y el crecimiento en México, de junio de 2006.

Lo pasado y lo que viene
En 2000, una de las promesas de campaña de Vicente Fox fue que el país entraría en una nueva era innovadora: prometió apoyo a las instituciones nacionales y al SNI. Pero no bastó. Un estudio del actual gobierno dice que la “administración pasada fue incapaz de financiar políticas de impulso a la innovación”, y en él se reconocen también avances, como que a fines de 2000 la inversión en I+D era de 0.37% del PIB y en 2006 de 0.41%. Asimismo, detectó que 30% del gasto en ese rubro en 2000 lo generaba la iniciativa privada, contra 35% en 2006. Gracias a la Ley de Ciencia y Tecnología, aprobada en 2002, que da estímulos a empresas que promueven la innovación, los apoyos pasaron de 496 MDP en 2001 a 4,000 MDP el año pasado. “El proceso está sujeto a un sistema de evaluación para evitar que los créditos se den erróneamente”, asegura Jaime Parada, ex director del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt). La ley estipula que las empresas pueden solicitar créditos de 30% de su inversión en I+D, algo que la Fundación para la Tecnología y la Innovación de EU reconoció: “México da un trato más generoso a esas firmas”.

Aun con un sistema nacional de I+D fragmentado, los involucrados en el tren de la innovación aseguran que estamos a tiempo para revertir lo negativo. No será fácil, pero hay condiciones. Según Lewis, del CSIS, México tiene un buen marco de políticas de innovación y un diagnóstico correcto: la economía tendrá que transitar de una dependencia de la mano de obra barata, a una basada en el conocimiento. “Las políticas necesarias para esta transición ya existen”, dice.

Las recomendaciones implican que México se decida a sacar ventaja de su aparato de innovación. A pesar de la baja inversión en I+D, el país tiene instituciones como la UNAM, una de las mejores universidades del mundo, de acuerdo con el diario británico The Independent, o el Conacyt, que transita de aparato burocrático a un ente promotor de la innovación.

El país también debería sacar ventaja de que, a diferencia de su rival, China, es una democracia. Las empresas que invierten aquí, aun siendo extranjeras, pueden ser dueñas absolutas de sus negocios (con excepción de áreas protegidas como energía, medios electrónicos y telecomunicaciones).

Ya visto el éxito que comienza a notarse por la Ley de Ciencia y Tecnología, el país podría encaminarse a rediseñar una nueva estructura de inversiones en I+D. Una respuesta está en el creciente mercado de consumo. Algunas de las innovaciones que han salido de México tienen que ver en este nicho (las tarjetas de prepago de telefonía celular que inventó Telcel, por ejemplo). “El cambio de paradigma (con el control centrado en el consumidor) hace que el ritmo de la innovación se vuelva más veloz”, apunta Felipe Sánchez, director general de Microsoft México. El directivo cree que la convergencia digital será uno de los vehículos más importantes en la ‘democratización’ de la I+D. “Generará las capacidades para que pueda permear a los estratos más bajos”, dice.

Finalmente, se debe aprovechar lo que la naturaleza le dejó a México: ubicación junto a EU, el mayor mercado de consumo y de innovaciones, y expandirlo con base en iniciativas conjuntas de I+D. Algunos recomiendan reabrir el TLC para incluir los rubros de cooperación en ciencia y tecnología. “El tratado ha beneficiado a los tres países socios. Intentar replicar esto con la creación de un espacio de investigación común podría traer beneficios similares”, dice Lewis. En fin, ideas sobran. Sólo falta que gobierno, empresas y académicos pongan manos y mentes a la obra.

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