Latinomérica en Harvard

Inversionistas y algunos ex presidentes debaten sobre las fortalezas de la región ante la crisi
Hernán Iglesias Illa / Nueva York

Los seminarios internacionales sobre negocios en América Latina, que a principios de la década parecían convenciones funerarias –por la crisis de Argentina, la lentitud de los otros países y la popularidad de Hugo Chávez–, se han convertido en ejercicios de felicitaciones mutuas y eternas sesiones de palmadas en la espalda: la región no sólo atraviesa su mejor periodo de crecimiento de los últimos 35 años, sino que, además, en un hecho inédito en la historia económica reciente, es posible que salga ilesa de una crisis financiera global y del probable enfriamiento de la economía estadounidense.

Además, compañías regionales como Cemex y la minera brasileña Vale Do Rio Doce están comprando rivales de países más ricos, dando vuelta el tablero tradicional sobre dónde están los compradores y dónde los vendedores. Eso sí: habrá que seguir rezándole a ‘Santa Soya, San Petróleo y San Cobre’, como graficó hace unos días un asistente al seminario Nuevos Horizontes para Oportunidades, organizado por la Harvard Business School (HBS) en Boston, en referencia a los altísimos precios recientes de las materias primas. América Latina tiene méritos propios, decían todos, pero los commodities han sido un maná.

Por los atriles de Harvard pasaron ex presidentes latinoamericanos (Carlos Salinas de Gortari, de México, y el hondureño Rafael Maduro), presidentes de organismos internacionales (como el colombiano Luis Alberto Moreno, del BID), empresarios exitosos (el agroproductor argentino Gustavo Grobocopatel) y diversos ejecutivos y emprendedores latinoamericanos, algunos de ellos ex alumnos de HBS, la escuela de negocios de la Universidad de Harvard.

Por momentos, parecía que el objetivo de los conferencistas era convencer a los alumnos latinoamericanos de la escuela de que volvieran a sus países: “Los necesitamos de regreso en casa”, dijo en un momento, con tono melodramático, Carlos Salinas de Gortari, y se ganó el aplauso de las más de 1,000 personas que tenía enfrente.

Cuando al mexicano Arturo Aguilar, ex alumno de la escuela y cofundador de un fondo de capital semilla en México, le preguntaron cuándo era el momento ideal para volver a América Latina, respondió: “Ya mismo”.

El regreso o no de estas jóvenes estrellas de los negocios a sus países de origen se convirtió, con el correr del día, en uno de los temas principales de la conferencia. Cada año egresan unos 900 alumnos del Master of Business Administration (MBA) de Harvard, de los cuales, algo más de 60 son latinoamericanos, y uno de cada cuatro suelen ser mexicanos. Como el curso de dos años requiere una inversión de alrededor de 100,000 dólares –que unos pocos alumnos financian con becas o fondos familiares y, muchos, con abultados préstamos bancarios–, la respuesta no es fácil: a casi todos les gustaría volver, triunfar en sus países y ayudar a mejorar sus instituciones económicas e, incluso, democráticas –para ser un templo de los negocios, la HBS es un lugar sorprendentemente idealista–, pero los salarios que se pueden conseguir en São Paulo, Buenos Aires o la Ciudad de México casi nunca alcanzan para pagar los intereses de las deudas contraídas.

Es por eso que la mayoría se queda trabajando un par de años en EU (en lo posible, en Wall Street), donde están los mejores bonos de fin de año y después deciden si quedarse –acostumbrados a la vida excitante y sin problemas de los países desarrollados– o volver al barro de la burocracia eterna, pero llena de posibilidades inexploradas, de las ciudades que los vieron crecer.

Eclipse de buenas
Entre los panelistas, a lo largo de los días, la lista de países favoritos era casi siempre igual, hablara quien hablara: Brasil, México y Chile primero; Perú y Colombia después; una nebulosa de países pequeños o poco definidos en el medio; Argentina, Ecuador y Bolivia en el borde de la desconfianza, y Venezuela a la cola.

Martín Werner, ex subsecretario de Hacienda y Crédito Público durante el gobierno de Ernesto Zedillo, es en la actualidad el banquero máximo para América Latina de Goldman Sachs, el banco de inversión más prestigioso de Wall Street. El también hermano de Alejandro Werner, actual subsecretario de Hacienda y Crédito Público, redactó en buena parte el plan de reforma fiscal presentado en marzo por el presidente Felipe Calderón.

En su conferencia, Werner felicitó a los países latinoamericanos por mantenerse inmunes a la crisis provocada por el desastre de las hipotecas subprime: el viejo axioma de ‘cuando Estados Unidos estornuda, América Latina sufre pulmonía’ esta vez, por fin, no se está cumpliendo. “Los inversionistas están mirando ahora a América Latina de una manera distinta a como lo hacían hace 10 años. Ahora, la región, Brasil y México en particular, se ha convertido en destinos permanentes de inversiones, donde se puede comprometer capital a largo plazo”, dijo Werner.

En la década pasada, muchos inversionistas compraban deuda o acciones latinoamericanas con un objetivo táctico, de corto plazo, para vender sus títulos apenas pudieran hacer una diferencia. Esa mentalidad de rebaño agregaba volatilidad a los mercados de la región y contribuía a acelerar sus crisis financieras.

Hoy, esos mismos fondos incluyen títulos latinoamericanos en sus portafolios de largo plazo, algo que ha ayudado a la estabilidad de los últimos años. Una muestra de ello es que la sobretasa que pagan México, Brasil o Perú para endeudarse –de alrededor de 200 puntos básicos (o 2 puntos porcentuales), sobre un bono equivalente del Tesoro de EU– es similar a la que pagan ahora, después de la crisis, Goldman Sachs, J.P. Morgan y los principales bancos de Wall Street. Es decir, que los inversionistas, ahora, creen que México es una inversión igual de riesgosa que Goldman Sachs, una de las entidades menos golpeadas por la crisis subprime. En los años 90 eso habría sido imposible.

En este clima de sorpresas y récords, los conferencistas elogiaron el ‘nuevo consenso’ de ortodoxia macroeconómica dominante en la región –solidez macroeconómica, baja inflación, ¡superávits gemelos, comercial y fiscal!–, al que atribuyeron buena parte del mérito de la bonanza reciente.

Mucho menos énfasis pusieron, en cambio, en admitir que este crecimiento de América Latina (5% anual desde 2003, casi 6% el año pasado) coincidió con la mejor racha de la economía mundial desde principios de los años 60 y que buena parte del impulso lo dio el inesperado y nunca visto auge de las materias primas.

Moreno, el presidente del BID, un colombiano bajito y gracioso, que con cada dato entrega un chiste (algo siempre bien recibido por el público –aun en Harvard, a todo el mundo le gusta reírse–), compartió el espíritu general de celebración: “Los índices de pobreza son los más bajos desde 1980”, apuntó, pero le insistió al sector privado, algunos de cuyos representantes escuchaban hundidos en sus butacas, que era hora de ocuparse de los pobres. No de salvarlos, pero sí al menos de venderles.

Durante décadas, dijo Moreno, las empresas latinoamericanas se han dedicado a ofrecerle sus productos al 30% más afortunado de la población o a exportar, sin prestarle demasiada atención al otro 70%, que obtenía sus alimentos y necesidades de una enorme e ineficiente red de pequeños comercios o del Estado. “La oportunidad de atender a estos 360 millones de consumidores puede desaparecer en 10 años”, advirtió Moreno. “Vamos a ver quién se atreve a descifrar el código de la base de la pirámide”, agregó, usando el concepto popularizado por el economista indio C.K. Prahalad. “Hace 50 años, Alemania y Japón también tenían buena parte de su población fuera del mercado”. La única excepción mencionada aquí fue México, al que se le reconoció su ‘creciente clase media’, acompañada de una renovación empresarial acorde, según varios panelistas.

El regreso
Otro de los temas estrella del día fueron las remesas, y la posibilidad de que este año, por primera vez, baje su monto a causa del enfriamiento de la economía estadounidense.

En 2007, los envíos de dinero de los emigrantes a sus países de origen en América Latina sumaron 63,000 millones de dólares, de los cuales, alrededor de un tercio llegó a México. De acuerdo con Luis Alberto Moreno, del BID, “las remesas son hoy la mejor manera de redistribuir la riqueza en América Latina”.

Le preguntaron a Werner si México, para el cual las remesas son su segunda fuente de divisas detrás del petróleo, podría sufrir por culpa de los menores envíos de dinero. “Podría tener un impacto, pero no mucho. Si las remesas caen, por ejemplo 20%, sólo afectaría medio punto de crecimiento del PIB. No es tanto”, contestó el banquero. Nacido en Argentina, al igual que su hermano, y exiliado en México en 1977, a los 13 años de edad, con su familia, que huía de la dictadura en el poder en el país sudamericano. (Es por esa razón, la de no ser mexicanos nativos, que los hermanos Werner no han podido ascender más allá del rango de subsecretario en la escala de la Secretaría de Hacienda.)

En países más pequeños que México, las remesas son aún más importantes: en Honduras, según contó el ex presidente Rafael Maduro, la mitad de los hogares recibe remesas del extranjero, que representan 25% de la economía. Moreno deseó que el dinero, enviado en efectivo y retirado instantáneamente del sistema por sus receptores, se quedara algo más de tiempo dentro de los bancos. “Necesitamos enseñar y aprender más de finanzas”, dijo.

Uno de los éxitos menos conocidos de América Latina en los últimos años es su retorno al mercado de ofertas públicas de acciones, del que a principios de siglo prácticamente había desaparecido. En 2001, según datos presentados por Werner, las compañías latinoamericanas ofrecieron 1,100 millones de dólares en las bolsas de la región. El año pasado, la cifra se multiplicó a 50,000 millones. Las emisiones todavía están concentradas, casi todas, en un solo país: Brasil, que se lleva 70%, México es el segundo, con 13%; los sigue de lejos Colombia, con 5%, y la reciente crisis de crédito en EU ha puesto en suspenso algunas nuevas emisiones. “Justo cuando los demás países estaban a punto de subirse al tren, llegó la crisis”, recordó Werner. El año pasado, alrededor de la mitad de las emisiones públicas de acciones provinieron de empresas basadas en países emergentes, y el 30% de estas últimas tuvieron origen en América Latina.

También fue celebrado en diversos paneles el aparente regreso de los fondos de private equity, o de capital privado, a la región. Después de un balance por demás irregular y conflictivo en sus experiencias de la década pasada y de sus problemas posteriores de credibilidad, hoy los fondos de capital privado –que compran empresas, las reestructuran y después de cinco o siete años, las vuelven a vender– parecen estar pisando en América Latina otra vez con pie firme. Por primera vez, dos fondos con más de 1,000 MDD en capital han aparecido en el mercado, dispuestos a comprar sólo compañías de la región: uno pertenece al grupo brasileño GP Investimentos y otro al fondo bostoniano Advent.

En el panel específico sobre private equity, el argentino Mario Quintana –del fondo Pegasus– apuntó que la tarea más importante de la industria es recuperar la credibilidad, porque todavía hay otros actores del mercado, como algunos bancos, que ven a los fondos como ‘malos dueños’ de empresas.

De todas maneras, los directores de los fondos de capital privado saben, y lo admitieron en sus ponencias, que América Latina todavía es para ellos como la tierra prometida, repleta de empresas de tamaño medio y décadas de gestión familiar, el biotipo ideal para ser saneadas y revendidas a buen precio.

El brasileño Eduardo Mufarej, director del fondo Tarpon Investment, consideró que un obstáculo que había encontrado recientemente era el auge de la Bolsa de São Paulo, porque cualquier empresa mediana prefería salir a Bolsa que ser comprada por un fondo de capital privado.

Al terminar, en uno de los primeros verdaderamente primaverales días, tras el interminable invierno de Boston, los alumnos de la HBS se dispersaron por los senderos arbolados del campus, creyendo, quizás, que América Latina es un lugar excitante para trabajar, donde está todo por hacer y cuyas sociedades los recibirán con los brazos abiertos. O quizás están soñando, y la situación es, en realidad, mucho más complicada y menos prometedora de lo que parece. En ese caso, entonces, mejor no despertarlos.

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