Operación manos limpias

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Freakonomics

El año pasado, durante un crucero de lujo por los mares del sur, el urólogo Leon Bender descubrió que los pasajeros que bajaban a tierra no podían retornar a la nave si no se lavaban las manos con jabón Purell. Los tripulantes también ofrecían el jabón a quienes se congregaban para tomar el bufet. ¿Por qué la tripulación del crucero estaba más ansiosa por matar gérmenes que en el Centro Médico Cedars-Sinaí, donde Bender ejerce hace 37 años?

El informe Errar es humano, elaborado en 2000 por el Instituto de Medicina de EU, calculó que por ‘errores’ en hospitales mueren entre 44,000 y 98,000 estadounidenses al año, más decesos que los causadas por accidentes viales o por el cáncer de mama. Uno de los principales ‘errores’ fue la diseminación de infecciones bacteriales.

Nada nuevo. En 1847, el húngaro Ignaz Semmelweis trabajaba en una maternidad de Viena que tenía dos clínicas. En una, los alumbramientos corrían a cargo de médicos; en la otra, de parteras. La tasa de mortalidad era 300% mayor en la de los galenos. ¿La razón? Los médicos con frecuencia iban a la maternidad luego de pasar por la sala de autopsias. Cuando Semmelweis obligó a los médicos a lavarse las manos con una solución antiséptica, la tasa de mortalidad se redujo.

La norma de Semmelweis no se cumple hoy en los hospitales de EU. El personal (y más aún los médicos) se lava o desinfecta menos de 50% de las ocasiones requeridas.

Al regresar del crucero, Bender, ex jefe de personal en Cedars-Sinaí, quiso mejorar la conducta de sus colegas. En especial porque no podía permitir que (por la falta de higiene de los médicos) un hospital con fama mundial recibiera bajas calificaciones de la Comisión Conjunta de Calificación de Organizaciones de Cuidado de la Salud, que visitaría el centro.

Para muchos es un misterio el porqué los médicos no se lavan las manos con frecuencia. Primero, están muy ocupados y no siempre hay cerca un lavabo. Muchos hospitales colocaron en las paredes dispensadores de desinfectante en alcohol, como Purell. Aun así, los médicos no siempre los usan.

También existen razones psicológicas como el déficit de percepción. En un estudio hecho en Australia, los médicos aseguraron que su lavado era de 73%. Cuando se les observó, en realidad fue de 9%.

Otra razón psicológica es la arrogancia. “Cuando los médicos practican durante un tiempo adquieren gran egolatría, piensan que son otros y no ellos los que transportan las bacterias”, explica Paul Silka, jefe de empleados de un hospital.

En muchos hospitales los médicos trabajan por su cuenta y no tienen un incentivo para seguir sus políticas sanitarias.

Tras fracasar con estrategias como mensajes de email, la entrega de botellas de Purell en estacionamientos y la creación de una Patrulla de Higiene que merodeara las salas, el Cedars-Sinaí ideó un incentivo para que los galenos acataran las normas sin ofenderse: contrató un grupo de enfermeras para denunciar subrepticiamente la falta de lavado.

En lugar de capturar a los que no cumplían, se optó por descubrir a los que sí se lavaban. Cada uno recibía una tarjeta de 10 dólares de Starbucks. Las enfermeras espías revelaron que el promedio de lavado tras atender a un paciente pasó de 65 a 80% de los médicos. Pero la Comisión pide un acatamiento de 90%.

Los resultados fueron entregados por la epidemióloga del hospital, Rekha Murthy, a unos 20 médicos que integran el Comité de Asesoramiento del Personal. Tras concluir el almuerzo, Murthy extrajo de los platos usados, muestras de las palmas de las manos de los miembros del comité y las envió al laboratorio. Las imágenes fueron tan desagradables (todas mostraban enormes colonias de bacterias), que la administración mandó ponerla como ‘papel tapiz’ en todas las computadoras. El lavado llegó casi a 100% y, según el hospital, continúa así.

Stephen J. Dubner y Steven D. Levitt son los autores del libro Freakonomics:
A Rogue Economist Explores the Hidden Side of Everything.
Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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