¿Generación de empleos?

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El primero es el neoliberal: aquel que prometió que la sola competencia haría que pequeñas empresas, trabajadores y campesinos reaccionarían como campeones ante sus competidores. Mucho logró la apertura salinista… pero eso no.

Un grupo de tecnócratas compró la idea de que el laissez-faire funcionaría de maravilla en el trópico. El libre mercado asignaría eficientemente los recursos escasos y se daría un desarrollo masivo. Olvidaron que se trataba de un juego con ganadores y perdedores, y que nuestros agentes económicos estaban mal preparados por décadas de proteccionismo.

El laissez-faire terminó por ser un laissez-mourir. De ahí el desencanto con el modelo económico. Lo peor es que nos metimos al juego de la globalización con enorme ingenuidad, sin estrategia de competitividad, a diferencia de los chinos, coreanos o chilenos. Se apostó todo a la mera estabilidad económica, necesaria pero insuficiente, y ahí está el resultado.

El segundo camino es el populista, aún más mentiroso. Éste recorre (incluso hoy) los países pobres, promete que la riqueza empieza por su distribución, y no por su creación. Y para repartirla de manera igualitaria (que no justa ni equitativa), nadie mejor que un gobierno lleno de discursos. Suponen que los políticos, excelentes manipulando masas, resultan igual de buenos para manipular máquinas y mercados.

Están convencidos de que el gobierno es responsable de crear empleos; si la economía (que somos todos) no es capaz de competir con éxito para crear trabajos bien pagados, entonces que el Estado meta la mano al cochinito para ponernos a chambear. El resultado es crecimiento efímero e inflacionario, con deuda y más pobreza. Eso ya lo conocemos.

El tercer camino es difícil, pero el único que puede funcionar. Reconoce que la sociedad libre es más eficiente que el gobierno. Cree en el mercado como mecanismo para llevar los recursos a donde más valor produce. Está convencido de que la estabilidad macroeconómica es esencial para que el terreno competitivo sea parejo. Pero no es ingenuo. No supone que se vale competir sin apoyo, en contra de países con gobiernos que tienen una política industrial diseñada para ganarle mercado a sus adversarios. No se equivoca pensando que la simple apertura o el mero flujo de inversiones significa que la gente común abandonará el marasmo y la marginación a la que fue sometida por décadas de malos gobiernos. Menos aún se permite moralmente que sus mayorías sean las grandes perdedoras en la globalización.

Por el contrario, este camino supone un gobierno que apoya a sus agentes económicos para ganar en la competencia; los ayuda en lo que necesitan, no en lo que se le ocurre a un iluminado burócrata. Exige un gobierno que articule sus programas de desarrollo (llamémosle política industrial) para integrar una oferta ad hoc a lo que la gente y las empresas necesitan.

México cuenta con muchos instrumentos de apoyo. Gasta mucho, pero no bien. Existen casos, como el de la banca de desarrollo, que aún no halla la fórmula para integrar a los sectores más vulnerables a la formalidad financiera moderna, dejándolos a merced de la usura en el circuito de las migajas. Ahí está también el caso del Conacyt, convertido en ventanilla de atención a la comunidad científica, en vez de instrumento central de la política industrial (como en países exitosos) para que nadie se quede sin acceso a nuevas tecnologías por no saber de su existencia, o de facilidades para su absorción. Estos apenas son dos ejemplos.

¿Acaso no valdrá la pena poner en juego estos instrumentos con una visión flexible y coordinada entre las dependencias de gobierno, para que nuestras empresas y trabajadores salgan adelante? ¿O aún tendremos tiempo qué perder, peleándonos, mientras el país desperdicia seis años más tratando de vender estabilidad a título de progreso, o populismo en lugar de justicia?

El autor es consultor en Política Industrial y Negociación.
Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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