El prestigio del pesimismo

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Raúl Ferro

A principios de este mes me tocó participar en un foro eurolatinoamericano de comunicación en Montevideo. Un compañero de panel, economista en jefe para América Latina de un conglomerado financiero español, deslizó en su presentación una idea sugestiva: El prestigio intelectual del pesimismo.

Su tesis no dejaba de tener un punto fuerte. América Latina vive una bonanza como pocas veces en su historia, pero los participantes en el Foro, en su mayoría editores y periodistas, más algún ex presidente y unos cuantos ex ministros, no hacíamos más que insistir en el lado negro de la realidad: que si la pobreza, que si la desigualdad, que si la dependencia de las materias primas, que la corrupción…

Es cierto. En cifras, América Latina está mejor que nunca. Altas tasas de crecimiento, baja inflación, superávit fiscales y de balanza de pagos, elecciones democráticas en todos los países, excepto Cuba... Las estadísticas apuntan a que la bonanza se mantendrá el año entrante y muestran, además, una ligera reducción de la pobreza en varios países.

¿Será verdad, entonces, que los periodistas insistimos por deformación profesional en ver el lado malo de las cosas? ¿Será correcta la hipótesis que dice que ser pesimista es equivalente a demostrar inteligencia? ¿Es esta una profesión en la para ser cool hay que ser cínico en extremo?

Es cierto que, por naturaleza, los periodistas somos cínicos y desconfiados. Es parte de la profesión. Nuestra misión es hacer las preguntas incómodas que la opinión pública no puede hacer directamente; ser la conciencia crítica de la sociedad frente a los poderes, especialmente los políticos y económicos. Por eso ponemos tanto énfasis en buscar el lado menos amable del mundo. A esto se suma aquel viejo adagio que dice que las malas noticias venden más que las buenas noticias. Así que el reino del pesimismo también se puede entender desde la lógica de la mercadotecnia.

La pregunta es si, debido a la naturaleza de la profesión y del negocio, no estaremos pintando un panorama más negro que el de la realidad, contribuyendo artificialmente a los altos grados de frustración que muestra la población de prácticamente todos los países latinoamericanos. Si no estaremos, como dice el refrán anglosajón, disparándonos en el pie.

Como en casi todo en la vida, creo que la verdad se ubica más cerca del centro que de los extremos. La visión pesimista de los medios de comunicación puede estar algo exagerada, pero es más síntoma que causa. Refleja la impaciencia de una sociedad que no termina de sentir los beneficios de tanto éxito macroeconómico y de tanto número alegre. No se trata sólo de prestigio intelectual, aunque algo de eso hay.

Se trata también de transmitir el sentimiento de la gente de a pie y de contrastar unas brillantes cifras macroeconómicas con cifras microeconómicas que, aunque mejoran marginalmente, reflejan situaciones dramáticas en muchos casos.

Por otro lado, la visión optimista de gente como mi compañero el banquero también tiene su razón de ser. Y muy fuerte. Sin crecimiento, ninguna política de combate a la pobreza o para redistribuir la riqueza tendrá éxito. Como me comentó hace un año CK Prahalad, profesor en la Universidad de Michigan, famoso por sus estudios sobre negocios y pobreza, a él le preocupa mucho más un país igualitario pero pobre, que socialmente desigual pero en crecimiento.

Quizá los periodistas debamos preocuparnos por explicar de forma más coherente estas dos caras de la misma moneda. En lugar de desacreditar el éxito macroeconómico de la región contrastándolo con el fracaso social, debemos ponerlo como parte de un contexto único. Celebrar el crecimiento económico, pero recordar las tareas desagradables, como la escandalosamente baja recaudación de México.

Y es que, al final, a los periodistas no se nos paga para ser simpáticos.

El autor es periodista económico y consultor privado.
Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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