El sexenio de Fox

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Jonathan Heath

Sin lugar a dudas, debemos considerar al sexenio de Vicente Fox como una transición entre el autoritarismo del viejo sistema priísta y una nueva democracia, que día a día se define. En el terreno político, parece haber sido un retroceso en el cual se perdió el respeto a las instituciones y se debilitó la gobernabilidad. ¿Pero qué podemos decir del terreno económico?

Para evaluar el desempeño de un presidente, los dos primeros indicadores a tener en cuenta son casi siempre el crecimiento de la economía y la generación de empleos. Si suponemos que el crecimiento del PIB en 2006 llegue a 4.8% (una proyección optimista), el promedio del sexenio habrá sido 2.3%. En la época moderna, únicamente el de Miguel de la Madrid fue más bajo (0.3%). Para encontrar un desempeño peor, tendríamos que remontarnos a los años de Emilio Portes Gil y Pascual Ortiz Rubio, que fueron conocidos como la ‘gran depresión’. Con todo y la caída de 6.2% en el primer año de Ernesto Zedillo, su promedio de 1995 a 2000 fue de 3.5%. Lo que pasó es que los últimos cinco años de Zedillo realmente fueron muy buenos, de un promedio de 5.5%.

Si suponemos que la creación de empleos (registrados vía el Seguro Social) llegó a un millón de plazas en noviembre, entonces hubo un aumento de casi 1,221,000 en los seis años de Fox. Esto significa un promedio de casi 204,000 al año. Aunque las cifras no son estrictamente comparables, el empleo registrado en el Seguro Social aumentó 290,000 en el sexenio de De la Madrid, 408,000 en el de Salinas y 566,000 en el de Zedillo.

Prácticamente en todos los sexenios hubo crisis económica que impidió mayor crecimiento y limitó la creación de empleos. Sin embargo, existe una diferencia fundamental con el de Fox: anteriormente, las crisis siempre habían sido producto de errores internos, de devaluaciones bruscas y traumáticas, que llevaban a un desplome en el poder adquisitivo y un retroceso en la lucha contra la pobreza. Fox no heredó desequilibrios económicos y llevó a cabo una política económica aceptable. A diferencia de sus antecesores, empezó su periodo al mismo tiempo que la recesión en Estados Unidos. En su caso, fueron factores externos los que produjeron sus malos resultados.

Fox no solamente enfrentó la recesión estadounidense de 2001, sino una serie de acontecimientos externos que afectaron significativamente a la economía mexicana. Cuando la producción industrial en EU estaba por recuperarse, vinieron los escándalos corporativos de Enron y Worldcom, que prolongaron el estancamiento industrial. La apertura comercial nos hizo más vulnerables a la demanda externa proveniente de la manufactura de Estados Unidos, por lo que la economía mexicana también permaneció estancada.

En adición al ciclo económico estadounidense adverso, Fox también enfrentó la mala suerte de vivir los efectos negativos de la revolución industrial actual.

Los avances tecnológicos de los últimos 20 años han aumentado enormemente la productividad manufacturera, lo que significa que ahora producimos mucho más con mucho menos empleo. Por lo mismo, el futuro de la creación de empleo radica más en el sector servicios y ya no en manufactura.

Lo que Fox necesitaba y no consiguió, fueron las reformas que le deberían brindar más flexibilidad a la economía, para adaptarse a los cambios tan drásticos en las ventajas comparativas del país.

A pesar de la mala suerte, Fox logró consolidar la estabilidad macroeconómica. Una buena parte de esta labor fue gracias a la autonomía del Banco de México, que heredamos de Carlos Salinas, y a los avances que dejó Ernesto Zedillo sobre la mesa. Sin embargo, Fox le deja a Calderón una estructura sólida, y aprovecharla será la tarea de la nueva administración.

El autor es director de Estudios Económicos de HSBC México.
Comentarios: jonathan.heath@expansion.com.mx

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