Es el poder, estúpido

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Raúl Ferro

El anuncio del presidente venezolano Hugo Chávez el pasado 8 de enero sobre su intención de nacionalizar la mayor empresa de telecomunicaciones de Venezuela, Cantv –en la que América Móvil y Telmex estaban a punto de comprar una participación de manos de Verizon–, y de Electricidad de Caracas, la eléctrica propiedad de la estadounidense AES que abastece de energía a la capital venezolana, estremeció los mercados. Si bien no hubo un contagio generalizado –los inversionistas internacionales se dieron cuenta por fin que México es muy distinto de Venezuela–, el efecto sobre las acciones de las empresas afectadas fue rotundo. La acción de Cantv se desplomó en Nueva York al día siguiente del anuncio, en 43%, mientras que la Bolsa de Caracas cayó 18%.

Pero más allá de los efectos bursátiles, ¿qué hay detrás de estos anuncios? La tesis oficial del avance hacia el socialismo del siglo XXI no dice mucho. Al cierre de esta columna tampoco era claro cuál sería el modelo de nacionalización.

Más allá de su retórica, Chávez se ha manejado hasta ahora bajo un modelo de laissez faire en sus relaciones con los hombres de negocios, siempre y cuando éstos no se opusieran a su proyecto político. Y muchos de ellos, ante las millonarias oportunidades que ofrece la bonanza petrolera que vive Venezuela, se han hecho de la vista gorda frente a los riesgos inherentes al modelo cada vez más autoritario de Chávez. “No te fijes en lo que digo, sino en lo que hago”, ha sido una frase escuchada varias veces en el Palacio de Miraflores. Sus relaciones amor-odio con algunos poderosos grupos locales (como el encabezado por el magnate de las comunicaciones Gustavo Cisneros o el conglomerado de bebidas y alimentos Grupo Polar, de Lorenzo Mendoza) no hacen más que confirmar esta visión.

La razón que llevó a Chávez a dejar espacio a las empresas privadas a lo largo de los últimos años es simple: mantener la economía venezolana en crecimiento, maximizando los miles de millones de dólares llegados gracias al petróleo para así crear, en conjunto con un generoso aumento del gasto público, una creciente percepción de bienestar. Y con esto, aumentar la base de su poder.

Lo ha logrado. Según la última encuesta de Latinobarómetro, cuyo trabajo de campo se realizó en octubre, los venezolanos son quienes más satisfechos están en toda América Latina con la situación económica de su país: 43% la califica como buena o muy buena, frente a 20% de los mexicanos o 18%, en promedio, de los latinoamericanos. No es de extrañar que Chávez haya alcanzado una abrumadora victoria en las elecciones de diciembre pasado.

El problema que se le presenta ahora al presidente venezolano es el precio del petróleo. Chávez es inteligente y no se engaña a sí mismo: sabe que el precio del crudo puede estar entrando en la parte descendente del ciclo, complicándole las cosas.

En sus perspectivas económicas para 2006-2011, Veneconomía, una de las más influyentes publicaciones especializadas del país, plantea que con la baja del precio del petróleo, la prosperidad venezolana se quedará literalmente sin combustible y el país entraría en una recesión que podría desembocar en violencia y causar eventualmente el colapso del gobierno.

Ante un escenario como éste, los anuncios del 8 de enero (que además de las nacionalizaciones incluyó la intención de acabar con la autonomía del Banco Central) tienen todo el sentido del mundo dentro de la estrategia de Chávez.

Al control del petróleo y de parte de los medios, el presidente venezolano sumaría las reservas internacionales, la electricidad y las telecomunicaciones, poniéndose en una situación de fortaleza para cuando las cosas puedan ir mal.

Parafraseando a James Carville, el brillante estratega de Bill Clinton, la estrategia última de Chávez es clara: “Es el poder, estúpido”.

El autor es periodista económico y consultor privado.
Comentarios: raul.ferro@expansion.com.mx

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