Un maíz, dos mundos

-
John Moody / Verónica García de León

Hace menos de un año, pensar en 2008 les causaba insomnio a los agricultores mexicanos. La apertura total a la importación de maíz estadounidense iba a provocar una avalancha de grano barato. ¿Quién iba a comprarles el suyo?

Basta de dramas. El precio internacional del maíz subió 60% en el último año por al menos tres causas: que EU planea sustituir con etanol los combustibles derivados del petróleo, el cambio climático y la creciente demanda de China.

El sinaloense Arnoldo Godoy está listo para aprovechar el momento. Con sus 11 tractores, cinco trilladoras y una amplia extensión de terreno, lleva meses preparándose obsesivamente para reducir la distancia que separa los surcos donde siembra su maíz. Así espera aumentar 10% su productividad. Una mentalidad empresarial rara entre los casi tres millones de familias que viven del campo en México.

Godoy empezó con 50 hectáreas en 1963 y ahora su familia dedica 800 al maíz y 100 al frijol. “Lo que hemos hecho ha sido con puro sacrificio y con la voluntad de Dios”, dice. Está satisfecho: produce más de 10 toneladas de maíz por hectárea, muy por encima del promedio nacional e incluso superior al promedio estadounidense.

A 3,000 kilómetros de distancia, en Illinois, el segundo estado productor de maíz en Estados Unidos, Ron Gray cultiva 500 hectáreas de maíz y soya donde su familia ha vivido y trabajado la tierra durante más de un siglo. A los 55 años y pese a las perspectivas con el etanol, asegura que él y su hermano serán los últimos miembros de la familia que trabajarán la tierra, mientras sus cuatro hijas siguen sus carreras por su cuenta. Comparado con el promedio del pequeño productor en México, a Ron le va bien aunque su productividad, de siete toneladas por hectárea, es menor que la de Godoy. Gray recibe parte de los 45,000 millones de dólares en subsidios anuales a la agricultura que reparte EU (en México apenas suman 5,500 millones); puede emplear semillas genéticamente modificadas, que las protegen de plagas y aumentan la productividad; tiene beneficio en infraestructura de transporte y el apoyo de una economía desarrollada, así como el privilegio de estar sobre una de las tierras de cultivo más ricas de la Tierra.

A Godoy y a Gray les espera un mercado al alza y lleno de oportunidades que, según los analistas del banco de inversión Merrill Lynch, durará al menos dos años. El presidente de EU, George W. Bush, anunció el año pasado sus planes de incrementar la producción de etanol de 5,400 millones a 35,000 millones de galones anuales para 2017. El creciente consumo de ese combustible verde podría duplicar el precio promedio del maíz de los últimos cinco años, señala Bob Wisner, profesor de la Universidad Estatal de Iowa.

“Estados Unidos exportará menos maíz, y con la mayor demanda de proteínas de las ciudades en China, se abre una oportunidad para los países que quieran vendérselo”, menciona José Rasco, analista de Inversión Estratégica Global en Merril Lynch.

Ganadores y perdedores
Los productores mexicanos de maíz, y también de sorgo, soya y trigo (que dejarán de sembrar los estadounidenses y que ya subieron 30%), tendrán una oportunidad de invertir y modernizar sus operaciones.

Sin embargo, factores como la calidad de la tierra en el sur, la falta de agua en el norte y la diversidad de microclimas (sólo entre la Ciudad de México y Veracruz, por ejemplo hay cuatro) limita esta oportunidad, dice Ken Scwedel, director de Análisis Agroindustrial de Rabobank. Los agricultores de Sinaloa y Jalisco serán los principales beneficiarios.

Muchos ya están actuando. La producción mexicana de maíz puede crecer el próximo año y reducir el déficit comercial con EU, que hoy supera cinco millones de toneladas.

“Queremos abrir dos millones de hectáreas al cultivo del maíz, ante la oportunidad”, señaló Ernesto Ladrón de Guevara, presidente de la Unión Nacional de Organizaciones Regionales Campesinas Autónomas, que representa a 200,000 productores en 27 estados.

No sólo aumentarán la superficie sembrada. “Los precios fueron demasiado bajos (en la última década), lo que causó la descapitalización de las empresas”, comenta Rita Schwentesius, economista agraria de la Universidad Autónoma Chapingo. En Sinaloa se invertirá en sistemas de riego; en Sonora, en maquinaria y nuevas instalaciones; en el Bajío, en sistemas de agua, afirma Schwentesius. “También los productores podrían invertir más dinero en la inocuidad de sus productos”, dice, lo que les permitirá cumplir la ley contra el bioterrorismo estadounidense.

El efecto cascada llegará a otros jugadores. Las importadoras de maquinaria agraria, las sociedades financieras de objeto limitado o múltiple (sofoles y sofomes), las empresas de semillas como Monsanto, Dow o DuPont, y las compañías químicas fabricantes de fertilizantes esperan ventas históricas.

Los perdedores serán los productores pecuarios, Bachoco, Viz o Pilgram, que ven crecer el costo del forraje, o los productores de lácteos, como Grupo Lala o Alpura. Las productoras de harina de maíz Maseca o Minsa sufrirán en sus márgenes.

Surco a surco
¿Y cómo ganar dinero con un producto de precio tan volátil? Godoy, un productor medio, desmenuza los gastos de una cosecha de alto rendimiento. En Sinaloa la renta de la tierra le cuesta 6,000 pesos por hectárea; el agua, otros 1,000 pesos; las semillas, 2,000 pesos, lo mismo que el fertilizante. Paga de mano de obra otros 2,500 pesos por hectárea y el flete del campo a la bodega unos 800. “Con administración, gasolina, etcétera, se van unos 16,000 pesos (por ciclo)”, cuenta.

Cuando logra una producción de 10 toneladas, “te quedan 3,000 pesos por hectárea”, explica Godoy, en un pago de 1,900 pesos por tonelada. Mejorar la técnica y aumentar la producción por hectárea es el primer paso para ganar más dinero.

Es probable que el avance más significativo es aumentar los rendimientos a través de intensificar el riego. Gracias a esto, el Estado de Sinaloa, donde vive Godoy, pudo incrementar su productividad en los últimos 25 años, hasta alcanzar a muchos productores en EU.

En todo el país el maíz cultivado con sistemas de riego aumentó de 21 hasta 47% entre 1994 y 2004. Esto a pesar de que sólo un millón de hectáreas se siembran con ese método, mientras que seis millones son de temporal. Estas últimas tienen rendimientos de apenas dos o tres toneladas por hectárea, comercializan poco y autoconsumen la mayor parte de su cosecha. Son 2.5 millones de productores que tienen pocas posibilidades de beneficiarse del mercado en auge.

El resto se enfrenta a muchos retos, que no dependen de ellos, para igualar las condiciones de producción de las que disfruta Gray en Illinois. “El costo de traer maíz ha aumentado 82%”, explica José Cacho Riveiro, director general de Minsa y presidente de la Cámara de Productores de Maíz Industrializado. “Por costos de logística y administración somos 15% más caros que nuestros competidores”, afirma Jaime Yesaki, presidente del Consejo Nacional Agropecuario, vinculado al sector pecuario. Faltan almacenadoras, ferrocarriles y buenas vías de transporte.

El tamaño sí importa
Un freno es la limitación a la propiedad de la tierra. Arnoldo Godoy está restringido a 100 hectáreas ‘por la Constitución’, recita (las empresas pueden tener 25 veces más), y se expandió a 900 poniendo los diferentes lotes a nombre de sus familiares.

Hay una fuerte correlación entre el tamaño de una granja y su rentabilidad, pero políticamente, el ejido y la idea de que los campesinos posean su propio terreno, por pequeño que sea, es una herencia casi sagrada de la Revolución.

Esto ha llevado a una situación en la que 96% de los productores tiene menos de 10 hectáreas, y 85% menos de cinco. Es casi imposible competir contra superficies de 500 hectáreas o más en Estados Unidos.

Desde 1992, cuando se modificó la Constitución para que los ejidatarios fueran libres de vender sus parcelas, sólo se ha privatizado (vendido) menos de 1% del total de la superficie de tierra ejidal.

“Sólo compramos una vez en un ejido y decidimos no volver a hacerlo”, afirma Javier Díaz Calvo, director de Operaciones de Proteak, una maderera que ya tiene 1,000 hectáreas  cultivadas con teca. “Es demasiado complicado”.

Para atraer a la mayoría de los 200 ejidatarios a una asamblea donde se decidiría si cuatro de ellos podían o no vender su terreno, en Nayarit, Proteak rifó un televisor y un refrigerador. El proceso exigió tres asambleas (previa localización de los emigrados), para lograr la mitad más uno que validara. Cuatro años después, dice Díaz Calvo, Proteak no tiene aún los papeles de propiedad. Ampliar una explotación agrícola en zona ejidal lo tiene muy, muy difícil.

Mientras, Gray, como cualquier granjero estadounidense, puede comprar terrenos y ampliar su propiedad lo que quiera para aprovechar las economías de escala que permite el maíz. Justo lo que busca hoy Proteak: pequeñas propiedades privadas, que negocian de tú a tú sin farragosos procesos.

La siembra del crédito
Para alcanzar un sector agrícola moderno, el financiamiento es clave. En la última década la política gubernamental ha dirigido el crédito hacia agricultores capaces de invertir en productividad de manera que el dinero no se use, como en el pasado, para sobrevivir de una cosecha a la siguiente.

El FIRA, fideicomiso de financiamiento rural, provee ahora crédito a 138,000 productores, un cambio de fondo respecto a los 656,000 a los que prestaba hace una década.

Hay también nuevas sofoles agrícolas que trabajan con los agricultores para mejorar su modo de vida. Una de ellas es Agrofinanzas, dirigida por Pedro Tabares. Su estrategia es aproximarse a los ejidatarios o grupos de granjeros y ofrecer crédito así como encontrarles un cliente para su cosecha.

Han prestado dinero a un grupo de productores de Veracruz, les buscaron un cliente en la industria porcina para la cosecha y proveyeron asistencia técnica, todo como parte del mismo paquete.

“El agricultor pequeño esta muy desorganizado”, comenta Tabares. “La agroindustria se ha visto de alto riesgo y el agricultor no esta tecnificado”.

Agrofinanzas hasta ofrece seguros contra el mal clima, sacando al productor de la preocupación constante, y así evita que no pague sus créditos.

Es un esquema que podría levantar a muchos, pero todavía falta, comenta Tabares. “Las sofoles agropecuarias sólo tienen tres años, nosotros estamos en nuestro segundo año de vida”. Y los bancos no quieren dar créditos hasta que tengan por lo menos cinco años de buen desempeño.

Para los agricultores más desarrollados la historia es otra y da esperanza. “Trabajamos con créditos bancarios. Hemos ido creciendo. La mayoría depende de los subsidios y si se atrasan tienen que pedir fiado. Me sobra el crédito porque siempre he quedado bien”, relata Godoy, dándole importancia a la historia crediticia. “En esta colonia de 2,000 hectáreas muchos empezaron a quedar mal y el banco les quitó el crédito. En lugar de venderlos a otro lado, nos lo fiaban a nosotros”, dice.

Sin embargo, para los granjeros pequeños, no todo es tan sencillo. “Si no hay crédito, no hay aseguramiento de los cultivos y, por ende, no se animan a comprar fertilizante, y si no lo utilizan no comprarán un híbrido que necesita un mínimo nivel de fertilizante. Entran en un círculo vicioso”, señala Pedro Aquino, investigador del Centro Internacional de Mejoramiento del Maíz y Trigo.

Tampoco ayuda que la agricultura por contrato entre la industria y los productores, que daría un horizonte de certidumbre a los precios, no cuaja.

“Si quieres tener agricultura por contrato firme, amarrar precios de compra y venta sólo se puede hacer con seguros de cobertura”, afirma Enrique de la Madrid, director de la institución gubernamental Financiera Rural. “Y hoy no se están utilizando”, dice. En cambio, el granjero Gray, de Illinois, tiene acceso tasas preferenciales de crédito y todo un microcosmos de instituciones financieras que le permiten invertir y moderar la incertidumbre.

Subsidios mal enfocados
Durante los periodos 1992-1994, 1998-2000 y 2001-2003, el maíz “fue el cultivo más apoyado de la agricultura mexicana, a niveles sistemáticamente superiores a los prevalecientes en Estados Unidos y Canadá”, afirma el analista Andrés Rozensweig en un estudio de 2005 de la Comisión Económica Para América Latina (CEPAL). Los subsidios al campo de México y Estados Unidos representan 20% de los ingresos agrícolas, apuntan datos de junio pasado de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).

La diferencia es que en México gran parte del subsidio va a cubrir el diferencial de productividad con EU. “Lo que nos da el gobierno es la utilidad que nos queda. Cuando no lo da a tiempo, hay agricultores que tienen que pedir fiado para poder sembrar”, dice Godoy. Los subsidios del programa Procampo de la Secretaría de Agricultura se orientaron desde finales de los años 80 a los productores preparados para la comercialización, como Godoy.

Los economistas piden que los subsidios que otorga la secretaría de Agricultura se enfoquen a la productividad, como sucede en Europa y Estados Unidos.

Genética vs técnica
Las acciones bursátiles de los productores de semillas Monsanto, Dupont y Dow se dispararon con el anuncio del plan Bush para el etanol. En México, varias voces reclaman que se legalice el uso de transgénicos del maíz y otras semillas modificadas genéticamente para ser más productivas. “Podemos más que duplicar el promedio de productividad nacional por hectárea si usáramos la biotecnología”, dice Yesaki, del Consejo Nacional Agropecuario (CNA).

Varias organizaciones no gubernamentales se oponen a la autorización de productos transgénicos (legales en Estados Unidos, Argentina y España, entre otros países) por considerar que estas semillas polinizarían las plantas mexicanas. El gobierno de Vicente Fox optó por autorizar tres pruebas de siembra experimental de maíz modificado genéticamente, en Sinaloa.

“Si hablamos de productividad, tenemos que hablar de biotecnología”, asegura De la Madrid, de Financiera Rural. “No tiene sentido tirar selvas y bosques para aumentar la productividad por hectárea, si ya podemos hacerlo con las tierras que ya tenemos”, dice.

El acceso a los transgénicos es una de las razones de la alta productividad del campo estadounidense y lo que hasta este momento le ha permitido exportar.

Tecnificación
Sin embargo, en una granja de pequeño tamaño puede hacerse mucho. En Francia, un país con altos subsidios, muchas plantaciones sobrevivieron mediante la modernización, el giro a la agricultura orgánica y especializándose.

El secreto del éxito de Godoy ha sido técnico. Compró su primer tractor en 1963 “y ahora tenemos 12 tractores y cinco trilladoras”. Y comenta que “se tiran de 250-300 kilos de fertilizantes por hectárea”.

Juan Cristóbal Pérez, director general de Productores Unidos del Río Petatlán, en Sinaloa, dice que los avances de productividad de 4% al año se logran “con tecnificación, con uso de semilla mejorada, fertilizantes, el uso de suelos propios para el cultivo, el uso de terrenos de riego. Tenemos una de las estructuras más amplias en el país”.

La ausencia de estos avances explican por qué México tiene un déficit de maíz, pese a que tiene siete millones de hectáreas sembradas. En el país se producen en promedio alrededor de dos toneladas de maíz por hectárea. En Estados Unidos, la cifra es de 5.7 toneladas, y en China es de 4.9 toneladas.

Para no cosechar tempestades
Sembrar ‘a lo loco’ para aprovechar los altos precios no solucionará los problemas estructurales. Los productores podrían quedarse con las manos vacías debido a que su cosecha estará lista para cuando probablemente el precio vuelva a bajar, se reacomode la industria y deban esperar que otro ciclo alcista regrese. “Quién invierte debe saber que es un negocio de largo plazo, que hay años buenos y malos, es buen negocio; éste especialmente será un año difícil, que no quiere decir no interesante”, comenta Ken Shwedel, director de Análisis Agroindustrial de Rabobank en México. “Todo indica que los precios internacionales de los granos llegarán a un nuevo nivel de equilibrio de niveles más altos”, menciona.

Godoy, estrechando la distancia entre surcos, está preparado para hacer lo necesario y obtener la mayor productividad de sus hectáreas. Si pudiera tener más tierra, la tendría. Si le dejaran sembrar transgénicos, lo haría. Si la refinería de etanol que se está instalando en Sinaloa paga bien, les venderá su producción. Como Gray, que vive a 3,000 km de distancia pero con muchos más obstáculos.

Ahora ve
No te pierdas