Ladrillo sobre ladrillo

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Gardenia Mendoza Aguilar

El viento frío y la arenisca roja, que hace remolinos en los inviernos de Arizona, formaban grietas en la cara de una niña mexicana que pintaba los techos de las casas de los vecinos en Tucson, a principios de los 60. Elizabeth Gallagher tenía motivos para resistir: con sus ganancias le ayudaba a su madre, que limpiaba casas en la misma ciudad.

Su capacidad de trabajo la llevó a emprender negocios propios en la publicidad y los viajes, hasta que cuajó algo más grande, en la industria de la construcción. Actualmente, Gallagher es dueña de Savi Construction, una constructora de Las Vegas, que gana más de 10 millones de dólares anuales.

Detrás hay un largo y árido camino. Su familia emigró a EU luego de que el padre, un escritor irlandés que colaboraba en guiones para películas mexicanas, muriera en un accidente. Los cuatro hijos y la viuda, que era ama de casa, se vieron en aprietos y con sólo una propiedad: un pequeño departamento en la Zona Rosa de la Ciudad de México.

La madre dejó a los niños con unos parientes y se fue a Tucson con una amiga de la infancia. Allá, ahorró hasta que pudo llevarse a sus pequeños. Después de casó con un militar estadounidense que tenía tres niños y con quien tuvo gemelos. La familia creció a 11 miembros. “No había suficiente para mantener a todos”, relata Gallagher, de 52 años y cuya imagen, sobria pero elegante, es muy diferente a la de aquella niña de ocho años que trabajaba con pantalones de mezclilla embarrados de pintura.

En sus primeros años en Tucson, Elizabeth era pintora de ‘brocha gorda’ y auxiliar de enfermería, en un hospital para niños recién nacidos destinados a la adopción. “Era muy agotador, pero me acostumbré”, comenta. “Luego, mi madre y mi padrastro decidieron mudarse a Las Vegas”. Cuando estudiaba la secundaria, un profesor de fotografía la contrató como modelo en su compañía de publicidad. A sus 14 años su piel blanca, cabello castaño y ojos verdes, la hacían parecer más a su papá que a su madre, una mexicana morena de quien sí heredó el carácter alegre y jovial.

Posaba esporádicamente para prensa y televisión. A los 15 se presentaba los fines de semana con un grupo de rock en hoteles del centro de Las Vegas. Disfrutaba lo que hacía, pero le quitaba tiempo y le dejaba poco dinero: dos inconvenientes que un inmigrante no puede perdonar. “Con el tiempo ganarás más”, le prometió el profesor. “No soy rica para esperar”, concluyó Gallagher.

Buscó un empleo estable y lo encontró como auxiliar de un ortodoncista prestigiado. En el consultorio, conoció a un paciente quien al paso del tiempo se convirtió en su marido y con quien estuvo casada 14 años. Él la llevó de nuevo al mundo de la mercadotecnia, pero esta vez como promotora. El marido, que era propietario de Air Nevada, empresa de vuelos ejecutivos de Las Vegas al Gran Cañón, había fracasado varias veces en el intento de ampliar sus rutas al carecer de buenas campañas publicitarias.

Ella le ofreció promover la aerolínea. Iba con un paquete de bajos precios y buen humor por todas las ciudades de Estados Unidos y el extranjero. Se entrevistó con funcionarios de gobierno, banqueros, ejecutivos y viajeros hasta que la aerolínea incrementó su clientela y abrió 46 oficinas en todo el mundo.

En 1987, Air Nevada se vendió y ella se divorció. Con su parte del capital emprendió su primer negocio propio, Gallagher Agency, donde usó su fama como exitosa publicista de Air Nevada para atraer a otras compañías. De un tirón, 12 empresas requirieron sus servicios, entre ellas Savi Construction, que tenía cinco años trabajando para el gobierno erigiendo hospitales, y quería expandirse al sector privado.

En dos meses, Gallagher Agency consiguió que Savi tuviera tres clientes. Deslumbrado por la eficiencia, el dueño de la constructora quiso contratar a la empresaria para que le hiciera mercadotecnia en exclusiva. “No trabajo subordinada”, le dijo Elizabeth. “Pero le propongo comprarle 52% de Savi Construction”. El hombre la rechazó y se retiró. Dos meses después regresó con los papeles para la venta.

Fue un caso de justicia poética: ella volvió a sus actividades de infancia en la construcción y a los servicios de salud. Obtuvo contratos para edificar centros de atención médica especializada como la Unidad de Cuidados Cardiacos del Hospital Desert Springs y el Centro Latino de Excelencia Médica, al sur de Nevada. Allí, convenció a las autoridades sobre la importancia de contratar intérpretes para traducir a los pacientes que no hablaban inglés o necesitaban ayuda psicológica. “Es triste cuando estás enfermo, sin familia y en otro país que no entiende tu idioma”, explica.

Inclusive, ella misma dio consultas gratuitas como técnico ortodoncista una vez por semana a pacientes sin seguro social. Sus experiencias como migrante la marcaron, al punto de llevarla a defender los derechos de los ilegales. Una causa que, además, resultó ser un negocio para su empresa porque el trabajo filantrópico la acercó más a los hispanos. “La ventaja que tengo es que domino el inglés y el español y conozco las dos culturas”, comenta.

En la construcción y en la publicidad, conocer la idiosincrasia del otro es vital. El mexicano, por ejemplo, se aferra a hacer negocios informales, como solía hacerlo en su terruño. Recuerda que hace dos años un matrimonio poblano insistía en construir al lado de su casa un local para una farmacia.

Gallagher les explicó que necesitaban permisos especiales del Departamento de Salud. Pero, como no se los otorgaban con la rapidez que quería, la pareja abrió de todos modos el negocio… por cuatro horas porque las autoridades de la ciudad lo cerraron.

Otro caso fue el de una familia de Tlaxcala que pretendía pintar su casa nueva de color morado y rosa y poner una virgen de Guadalupe en un altar de la entrada. “Les dije que su idea sería perfecta para un pueblo de México, pero en Las Vegas nadie compraría luego una propiedad que no corresponda con la arquitectura de la zona”. Y resume: “Muchos paisanos no conocen las leyes y construyen donde sea, como sea y al precio que sea. Ahí entro en acción y explico, casi maternalmente, qué hacer para que no lastimen su patrimonio”.

Pero, más allá de obras de caridad y asesorías legales, Elizabeth busca que sus compatriotas sigan su ejemplo de valerse por sí mismos en los negocios, aunque a veces les auxilia un poco a través de Gallagher Agency: hace publicidad gratuita para empresarios que no tienen los suficientes recursos para promoverse.

Por eso se acercó a la Cámara Hispana de Comercio de EU, organización creada en 1979 para promover e impulsar los negocios de la comunidad hispana. Hoy, es una de las principales directivas. Promueve entre los socios la actividad empresarial, exhortándolos a ser ‘cómplices’ y revelar los secretos de sus éxitos entre sí.

Éste es el tipo de sociedades que Elizabeth Gallagher, la constructora, sabe hacer mejor.

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