Economía: Balance positivo

Perspectiva
Carlos Palencia

Se puede decir que en los últimos seis años la economía funcionó razonablemente bien, a pesar de la crisis de diciembre miento de 2001, gracias a que se mantuvo la estrategia y dirección: Aproximarse a la dinámica económica de nuestros vecinos del norte.

En la década de los 90 la economía se comportó de una forma razonablemente benévola debido a las reformas instrumentadas. Algunas fueron atinadas, pero otras tuvieron altibajos con el paso del tiempo. Unas demostraron ser consistentes y se convirtieron en punta de crecimiento, mientras que otras significaron un alto costo para el país en su conjunto y para las finanzas públicas en particular. Pero más allá de las reformas específicas, lo que hizo posible un cambio paulatino en una importante parte de la economía fue el sentido de dirección que se le dio, permitiendo que todas las partes involucradas en los procesos económicos supieran integrarse al cambio.

En otras palabras, no a todos los involucrados en la actividad económica les gustaron las reformas o se beneficiaron de ellas, pero todos sabían a qué atenerse. Más allá de la estabilidad macroeconómica, la mayor carencia en los últimos siete años ha sido la incapacidad para transmitir un sentido aceptable de orientación.

Dichas reformas permitieron romper el círculo vicioso en que había caído la economía del país y, al constituirse en una directriz, ofrecieron a todos los actores en el plano económico una gran claridad de rumbo. Se sabía que el tiempo para ver beneficios era extenso y que el escenario global sería prácticamente estático.

Sin embargo, en materia económica hemos perdido la dirección. Hasta hace unos cuantos años, el crecimiento económico, si bien insuficiente para resolver los problemas del país, permitió, al menos, avanzar en aspectos tan diversos como el de forjar nuevas empresas, fuentes de riqueza, empleos e ingresos gubernamentales para atender la extensa agenda social. Desafortunadamente, ese crecimiento no ha sido sostenido. Hay muchas propuestas, pero escasa acción; muchos objetivos, pero nulas estrategias concretas para lograrlos; muchas ideas, pero poco realismo; muchos intentos de reforma, pero sólo eso, intentos.

Nuestra más reciente desaceleración lleva poco menos de dos años, mientras que la de Estados Unidos (EU) pasa del semestre. Bajo este escenario es conveniente hacer la siguiente pregunta: ¿Por qué continuamos estancados, si EU muestra signos de recuperación? Aunque si existe correlación entre los ciclos económicos de México y EU, no es suficiente para justificar el estancamiento de nuestra economía. Una de las explicaciones es que aún sigue anémica la producción industrial de ese país y ese es el sector que más nos impacta. Que la economía de los EU se encuentre en recuperación, no significa que vivamos un crecimiento explosivo, pues la persistencia de un elevado nivel de desempleo da la impresión de que todavía hay estancamiento, por lo que no será hasta que se recupere la producción industrial y disminuya considerablemente la tasa de desempleo cuando se pueda hablar de una expansión.

Adicionalmente, no hemos percibido el aumento en la productividad que explica el crecimiento norteamericano y ha sido por falta de visión empresarial en México, por la sobregulación gubernamental y por una desarticulada política económica.

GRAN INCÓGNITA
¿La economía mexicana no puede crecer 5 o 6% al año durante un sexenio? Ya lo hicimos una vez, y de manera razonablemente sana en los años del llamado desarrollo estabilizador (1954-1970). Por otra parte, Corea del Sur ha venido creciendo en las últimas décadas (con excepción de la crisis de 1997) a un ritmo de 6% al año. China lo está haciendo a una tasa anual de 9% e India también está sobresaliendo, desde 2001, por su crecimiento superior a 7%.

Debemos tener presente que el petróleo, en el cual se basa parte de nuestra estrategia comercial, pero del cual depende todavía el ingreso del erario público, está acabándose como fuente natural de riqueza nacional. Debe avanzarse en las reformas fiscal, energética, comercial y laboral, entre otras, para que volvamos por el sendero de la competitividad.

México no mejorará su situación si no tomamos medidas para transformar la economía, si seguimos posponiendo las reformas —fundamentales unas, complementarias otras— que requerimos como nación para competir en el contexto internacional. Varios países han hecho los cambios a tiempo y retomado el rumbo del desarrollo.

Por definición, una reforma implica modificar lo existente. En consecuencia, toda transformación conlleva la afectación de algún interés particular. Si no fuera así, las reformas serían innecesarias. Aquellas de fin de siglo modificaron el orden vigente en la economía nacional: La apertura a las importaciones definitivas o temporales, por ejemplo, representó un cambio impresionante no sólo en la forma de operar de las empresas y en su entorno, sino sobre todo en la relación con los consumidores.

Por décadas, la economía se había inclinado en favor de los productores: El gobierno desarrolló una casi hermética estructura proteccionista para los empresarios nacionales, basada en apoyos, subsidios y otros beneficios, siempre en detrimento del consumidor, quien debía aceptar precios elevados, mala calidad y carencia de opciones. La apertura obligó a esos productores a competir de manera audaz con productores de todo el mundo. Hoy en día, ya no es posible referirnos a producción para el mercado de exportación y para el mercado doméstico, pues los éstandares de calidad y precio son similares.

A CONSIDERACIÓN
En lo que se refiere al sector empresarial y siguiendo la idea inicialmente expuesta de que la estabilidad macroeconómica no es suficiente, se deben considerar otros elementos del entorno internacional que afectan nuestra dinámica nacional y, por ende, la competitividad y los negocios:

Resurgimiento de la presión en el desempeño de la economía norteamericana, que en los consumidores ocasionaría reconsiderar sus esquemas de compra.

El no repunte del mercado inmobiliario en los EU, que es el impulsor de un importante número de actividades, materiales y productos demandados desde México.

El hecho de que China mantenga su ritmo de crecimiento y la penetración de sus productos en mercados en los que el productor mexicano está familiarizado.

Un aumento generalizado en los salarios reales incrementa el poder de compra de la población, lo que fortalece la economía interna. Sin embargo, si el aumento es por encima de la productividad, disminuye la competitividad de las empresas, desalienta la inversión y, a la larga, perjudica las posibilidades de crear empleo. Por lo mismo, es importante incrementar la productividad de los trabajadores para aumentar los salarios reales y el poder de compra de la población en forma permanente y sostenida.

En cuanto al mercado interno, su fortalecimiento implica, en primer lugar, crecimiento del consumo privado y, en segundo, un aumento de la inversión privada. El problema que puede presentarse es que continúe deprimido este factor, pues de acuerdo con lo que puede percibirse entre empresarios, banqueros y representantes de empresas, con dificultad podrá haber recuperación consistente en el corto plazo.

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