‘Millennials’, explotados en Wall Street

Los jóvenes que inician su carrera no encuentran una vida como la de ‘El Lobo de Wall Street’; largas jornadas laborales, depresión, crisis de conciencia y dudas existenciales son los retos.
wallstreet  (Foto: Getty)
Emily Jane Fox
NUEVA YORK -

Por décadas los jóvenes han soñado con su primer trabajo en Wall Street, su cheque de seis cifras en el primer año, el prestigio, y el acceso a los vestíbulos de algunos de los bancos más aclamados.

Pero la realidad es mucho menos glamorosa, de acuerdo con “Young Money”, un nuevo libro escrito por el periodista Kevin Roose que recoge las vidas de los analistas que comienzan su carrera en Wall Street, en sus dos primeros años en Goldman Sachs, Bank of America, JPMorgan Chase y Credit Suisse.

La verdad, descubrió Roose, es que la vida de estos veinteañeros no consiste tanto en salidas nocturnas y lujosos estilos de vida, sino en jornadas semanales de 100 horas, jefes inseguros, angustiosas presiones y crisis de conciencia.

“Muchas de las personas, cuando se imaginan a Wall Street, tienen la imagen de ‘El Lobo de Wall Street’, gente que gana mucho dinero, que conduce autos veloces, que consume cocaína”, dijo el periodista a CNNMoney. “Los jóvenes no viven para nada así”.

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Es cierto que a los analistas se les paga más de 100,000 dólares apenas salir de la universidad para trabajar en algunos de los bancos más prestigiosos del mundo. Y también es cierto que estos puestos de trabajo les dan entrada a las mejores escuelas de negocios, firmas de capital riesgo y fondos de cobertura.

Pero todo ese dinero y esas oportunidades tienen un precio: no ver la luz del día durante jornadas y jornadas, quedarse en el trabajo toda la noche solo para revisar 30 o 40 veces un proyecto, que te griten en público por una coma fuera de lugar o una hoja de cálculo que no tiene el formato correcto.

Pesadillas bursátiles

Roose narra en su libro que un analista de Goldman sopesó la posibilidad de escapar al trabajo si lo atropellaba un auto, y si ese respiro valía un par de costillas rotas.

Otro tenía en su dormitorio un reloj de cuenta regresiva que marcaba el número de días, minutos y segundos que faltaban para terminar sus dos años en el banco.

Un analista de Citigroup le contó a Roose que cuando fue diagnosticado con una enfermedad autoinmune que le obligaba a tomar tiempo del trabajo para recibir tratamiento, le preocupaba ser “penalizado por su debilidad”.

Dos estrategas de Goldman incluso comenzaron a planear un “éxodo masivo de los analistas del primer año”, bautizándolo como Wall Street Drop Day -algo así como el Día de la Renuncia- en el que todo el mundo anunciaría su dimisión el mismo día, para luego inundar Internet con sus “historias de horror”. Incluso reservaron el nombre de dominio wallstdropday.com en caso de que su plan llegara a realizarse.

“Su entusiasmo inicial por laborar en el banco más respetado de Wall Street se había evaporado rápidamente, y una depresión devastadora había echado raíces”, escribió el periodista.

Conciencia crítica

Las largas jornadas y la presión de los de arriba no era lo único que mortificaba a los analistas. Roose descubrió que a algunos les costaba mucho lidiar con la idea de trabajar en Wall Street justo después de una crisis financiera mundial provocada por las acciones de las mismas firmas en las que trabajaban.

Lo que les punzaba especialmente era el movimiento Occupy Wall Street, que comenzó en Zuccotti Park, en el corazón del distrito financiero de Nueva York. Cientos de jóvenes graduados universitarios se habían unido al movimiento para protestar contra un sistema en el que las grandes corporaciones, sobre todo las empresas financieras, tienen el poder de escribir reglas que benefician desproporcionadamente a una minoría rica.

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“Los jóvenes cuyas vidas seguí pasaban una enorme cantidad de tiempo dudando y cuestionando lo que les habían enseñado, y cuestionando si querían estar en el medio financiero”, nos dijo Roose. “Muchos de ellos veían a los manifestantes de Occupy Wall Street, que eran de su misma edad, al otro lado de la ventana de su oficina, y lo pasaban mal cuando pensaban que ellos estaban del lado opuesto”.

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