Agricultores marfileños, los olvidados de la industria cacaotera

La industria del cacao en el occidente de África se enfrenta a los problemas del trabajo infantil y el bajo precio de sus productos
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Autor: Matt Percival
(Reuters) -

Es temporada de cacao en la región sur de Costa de Marfil. Los frutos están maduros; algunos cambian de color verde a amarillo, como si fueran plátanos.

Estos árboles no se parecen a nada que hayas visto; son un capricho de la evolución y quedarían muy bien en la Narnia que imaginó C.S. Lewis o en la Tierra Media de Tolkien; su producto precioso no solo nace de las ramas, sino directamente del tronco.

Es octubre, una época crucial del año en las comunidades rurales pobres que venden las semillas del cacao; también lo es para los amantes del chocolate, ya que este pequeño país ecuatorial en el occidente de África produce más de una tercera parte del cacao a nivel mundial. A lo largo de Costa de Marfil, el cacao crece en plantaciones familiares que usualmente no abarcan más de unas cuantas hectáreas. Las pequeñas parcelas se pasan de generación en generación; cada hijo lucha por salir adelante, al igual que su padre.

Jean heredó dos hectáreas de tierra cuando su padre murió hace siete años. En ese entonces tenía solo 11 años. Ahora tiene 18, pero el aspecto de un hombre resignado a llevar una vida difícil. 

Las semillas son lo único que tiene: un saco lleno, atado descuidadamente a la parte trasera de su bicicleta oxidada. La demanda mundial de cacao supera fácilmente a la oferta, por lo que las semillas de Jean son cada vez más valiosas para las grandes empresas chocolateras; pero si tomamos en cuenta la inflación, su valor monetario se ha reducido en las últimas décadas.

"Es duro", nos dice Jean. "Soy valiente, pero también necesito ayuda"; reconoce que es difícil que el dinero le alcance.

Jean está en el fondo de una pirámide mundial de muchos niveles en la que el cacao se transforma de semillas a barras de chocolate. Los comerciantes, procesadores, exportadores y fabricantes exigen su ganancia, y para que todos la obtengan, el sistema dicta que Jean —quien tiene poco o ningún poder de negociación— recibirá lo mínimo por su saco de semillas.

En un país en el que unos tres millones y medio de personas viven directamente del cacao, el PIB per cápita anual no supera los mil dólares.

Los frutos del cacao se abren con machetes, la herramienta básica del campo. Es un trabajo que requiere poca tecnología, es peligroso y laborioso. Desafortunadamente, en esta parte del mundo hay muchas manitas que hacen trabajos nada fáciles.

El tema del trabajo infantil ha asolado a la industria chocolatera desde hace décadas; a pesar de que ha llamado la atención de la comunidad internacional en los últimos 10 años, es un problema que no cede. Es inherente a la cultura; está profundamente arraigado y se origina en la pobreza desoladora que aflige a las comunidades rurales: los agricultores no pueden darse el lujo de pagar jornaleros adultos, así que usan niños.

La pequeña aldea de Zibouyaokro recibe de buen grado a la "realeza" del chocolate: un equipo de Nestlé, la mayor empresa de alimentos del mundo, visitará una de las 23 escuelas que reciben financiamiento del programa de sostenibilidad de la compañía.

Se considera que el poner un alto al trabajo infantil e incrementar el acceso a la educación es el mejor método a largo plazo para que estas aldeas prosperen.

José Lopez, director de operaciones mundiales de Nestlé, dice que la empresa pretende "mejorar los estándares de vida de las comunidades productoras de cacao y al hacerlo, crearemos una fuente sostenible de suministros para una industria que crece y que seguirá creciendo".

Los críticos de la industria del cacao han argumentado desde hace mucho que las empresas como Nestlé no se han hecho responsables de mejorar la vida de los agricultores que cultivan su cacao.

Antonie Fountain, de Voice Network, insinúa que las empresas por fin se enfrentan a estos problemas, aunque  sea por puro interés.

"Cuando escuchas que una empresa habla de sostenibilidad, de lo que hablan en realidad es de la sostenibilidad de poder seguir comprando cacao de aquí en adelante", dice.

Sin embargo, reconoce que se han logrado avances. "Tengo la impresión de que las medidas que se están tomando son mucho más significativas que lo que habíamos visto antes".

François Ekra posee una plantación de siete hectáreas en la ciudad de Gagnoa. También preside la cooperativa agrícola de su localidad, que produce unas 1,200 toneladas de semillas de cacao al año. François describe un panorama preocupante del futuro de la industria del chocolate: el precio del cacao que el gobierno fija es demasiado bajo; los árboles están viejos y enfermos; las cooperativas como la suya no pueden conseguir recursos para invertir para el futuro.

"Hemos invertido demasiado esfuerzo para la forma en la que nos compensan", dice a CNN. "Así que, poco a poco, si pagan mejor el caucho dejaremos el cacao, porque los productores de cacao no trabajamos por nada".

Sabe que hay agricultores que están dándole la espalda al cacao. Ahora surgen plantaciones de caucho en donde alguna vez hubo árboles de cacao; son más lucrativas y producen todo el año.

Además, al igual que en muchos países africanos, las comunidades rurales se alejan de sus raíces y buscan una vida mejor al unirse a la masa que se dirige a la capital, Abidjan. A final de cuentas, son los comerciantes o los intermediarios que trabajan para los procesadores industriales y los exportadores quienes compran las semillas de los agricultores.

El gigante estadounidense de la alimentación, Cargill, compra el 20% de las semillas que se producen en Costa de Marfil y las exporta sin procesar o las muele para producir licor, manteca o polvo de cacao, productos que a su vez se venden a los fabricantes para hacer chocolate.

En esta etapa del proceso, el cacao adquiere su valor agregado; claro que para este momento los agricultores ya quedaron fuera de la cadena, así que no reciben su parte.

En aldeas como Kouadio-Yaokro, la profunda pobreza es un recordatorio sombrío de la brecha que existe entre el chocolate que consumimos y los agricultores que cultivan el cacao.

Doscientos habitantes de la localidad se reunieron para contarnos sobre su vida tan dependiente de los ingresos que genera el cacao. Al lugar nunca ha ido alguien de alguna empresa chocolatera. Lo más extraordinario sea tal vez que ni uno solo de los aldeanos haya probado el chocolate. Muchos ni siquiera sabían lo que era hasta que se los mostramos.

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Un anciano de la aldea fue el elegido para tomar un trozo de KitKat (uno de las barras de chocolate más populares del mundo; su fabricante, Nestlé, señala que se comen 150 barras cada segundo). Su rostro se transformó ante la dulzura… y tal vez ante el descubrimiento de que esto es el resultado de los afanes de su vida.

Bryony Jones contribuyó con este artículo.

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