Muertos por balas perdidas, víctimas olvidadas de la violencia en México

En México no existe una cifra oficial sobre cuántas personas mueren a causa de balas perdidas en enfrentamientos violentos
5 federales mueren en un enfrentamiento en Jalisco
| Otra fuente: AFP

Desde debajo de un automóvil, un mecánico vio de reojo una docena de camionetas circulando cerca de su taller. Absorto, siguió trabajando sin imaginar que poco después una bala perdida le atravesaría el corazón y lo convertiría en otra víctima invisible de la violencia en México.

Este episodio ocurrió en la comunidad de Ocotlán, Jalisco, cuando el 19 de marzo sicarios del cártel Jalisco Nueva Generación emboscaron a un convoy de la Gendarmería matando a cinco agentes.

Antes de que se desatara la balacera que acabaría con su vida, el mecánico Jorge Gerardo Herrera, observando las camionetas, alcanzó a lanzar una ironía: "El diablo anda suelto", relató el dueño del pequeño taller de autos, Felipe de Jesús Ramírez.

En la refriega, que duró casi dos horas, murieron en total 11 personas. Tres eran habitantes de Ocotlán que fallecieron por balas perdidas, entre ellos Jorge Gerardo y un adolescente que regresaba de hacer tarea escolar en la casa de un compañero.

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"Oíamos como zumbaban los balazos", narró Ramírez, quien al escuchar los disparos corrió hacia dentro del taller con una señora y cinco niñas que pasaban por allí.

Antes de cerrar la cortina vio que Jorge Gerardo subió "el pie sobre la banqueta y de repente cayó muerto, totalmente fulminado".

El balazo le "dio en el pecho, fue su muerte instantánea, le atravesó el corazón", recuerda Ramírez, que aclara que el disparo llegó sin que nadie se hubiera dirigido a ellos ni les amenazara.

Sin protección legal

En México, más de 80,000 personas han muerto en el marco de la violencia desatada desde que, a finales de 2006, el gobierno lanzara una estrategia militarizada contra los carteles del narcotráfico que arreció las pugnas entre esos grupos y los enfrentamientos con fuerzas de seguridad.

Sin embargo, no existe una cifra oficial sobre cuántos ciudadanos han muerto por balas perdidas en estos enfrentamientos, coinciden especialistas.

Hubo víctimas de este tipo incluso en el estremecedor ataque de policías de Iguala, Guerrero, contra estudiantes de la escuela normal de Ayotzinapa en septiembre, en el que desaparecieron 43 alumnos.

Aquella noche también murieron seis personas, entre ellas una mujer que tuvo la mala fortuna de pasar en un taxi cuando los estudiantes eran baleados por policías coludidos con narcotraficantes.

Las muertes por balas perdidas se han inscrito en ese saldo obligado de guerras y conflictos armados al que las autoridades dan el frío término de "bajas colaterales".

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Los continuos enfrentamientos en ciudades mexicanas han dejado incontables casos como estos, un tipo de víctimas para las que ni siquiera existe una legislación que regule quién tiene que pagar el daño y cómo deben ser tratados los familiares, según afirmó Gerardo Rodríguez Sánchez Lara, experto en seguridad nacional.

"En México el tema es complejo, es muy nuevo" porque la indemnización en tiempos de guerra corresponde a los que pierden, a un Estado, señala el especialista.

Pero en un país como éste donde no hubo una declaración formal de guerra y "hay actores extrajudiciales que asesinan a civiles, el tema de indemnización es más complejo", apunta.

El experto considera que "igual que a los policías muertos en combate, (el Estado) tiene que garantizarles una indemnización económica, a los familiares de un civil que haya muerto en un enfrentamiento" también se le deberían otorgar los mismos beneficios

"Bendito Dios, aquí solo 9mm"

En Ocotlán, una comunidad de 90,000 habitantes, un altar con flores marchitas y velas derretidas permanece en el lugar donde murió el estudiante de secundaria, a apenas 400 metros de donde falleció el mecánico, y las fachadas de las casas aún están tapizadas de marcas de balazos.

La lluvia de disparos fue tal que una vecina, ya familiarizada con el armamento usado en estos enfrentamientos, se dijo agradecida de la suerte que corrieron ella y su hijo, con el que se escondió en un baño.

En el interior de su tienda, "bendito Dios, solo quedaron casquillos de pistolas 9 milímetros" y no de fusiles AR-15 o AK-47, como los que entraron a otras viviendas atravesando muros, se consuela.

La vida de Jorge Gerardo, el mecánico de 25 años que estaba a punto de casarse, sí se interrumpió súbitamente, como la de muchas personas ajenas a esta guerra de baja intensidad que se libra en México de las que nadie habla.

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