Los CEOs no pagan los platos rotos

La mala gestión de los presidentes en Wall Street es recompensada con finiquitos millonarios; las despidos de Prince y O’Neal no borran su sonrisa... piensan en el dinero que tienen en la b
O’Neal percibió 48 millones de dólares el año pasado.

Abandonar Wall Street no significa renunciar al dinero, esa es una de las lecciones que aprendimos de las caídas de Charles Prince y Stan O’Neal, ambos presidentes cesados por las pérdidas multimillonarias de Citigroup y Merrill Lynch.

A estas dos renuncias seguirán muchos despidos de gente que, si tiene suerte, recibirá alguna indemnización. Los CEOs, en cambio, se marcharán con un buen fardo de billetes verdes en el bolsillo; perderán algo de credibilidad, pero aún así podrán seguir pagando las altas colegiaturas de sus hijos y mantener su lujosa casa, y no necesitarán las pensiones de la Seguridad Social para su retiro.   

Lo curioso es que Citi y Merrill alegan que algunos beneficios registrados en los años anteriores eran artificiales, pues sus valores estaban sobrevaluados. Sin embargo, a Prince y a O’Neal se les pagaba muy  bien: Prince recibió el año pasado 25,600 millones de dólares en efectivo, acciones y opciones, O’Neal percibió 48 millones de dólares, ambas cifras calculadas sobre las ganancias reportadas por City y Merrill.

En un mundo dominado por el capitalismo, Citi y Merrill les pedirían a sus respectivos expresidentes que regresaran la porción de sus ingresos del 2006 correspondiente a esos beneficios exagerados. ¿Ocurrirá? De ninguna manera. Como tampoco los miembros de la junta directiva regresarán parte de sus sueldos –un mínimo de 225,000 dólares al año en Citigroup y 260,000 dólares en Merrill- como una muestra tangible de arrepentimiento por haber presidido un fiasco financiero.

No puede esperarse, desde luego, que los jefes o directivos de Citi y Merrill asuman obligaciones de deuda colaterales cuando sus presidentes se equivocan tan garrafalmente. Pero sí cabe esperar de ellos que asuman algo de responsabilidad, compartan el sacrificio y devuelvan algo de lo que recibieron gracias a las ganancias exageradas (sin querer). No le corresponde al sistema legal exigírselos, sino al líder de cada uno de estos conglomerados financieros, pero no harán nada.

Se trata de la vieja historia de siempre: dejamos que las personas de a pie, la gente que se hipoteca sin saber bien lo que hace, sea la perjudicada. Hablamos de “destrucción creativa” cuando los empleados inferiores son castigados por los errores de sus jefes. Pero cuando se trata de los peces gordos, los que dirigen el mundo y se equivocan… ¿qué sucede? Algo de vergüenza, mala publicidad y una dimisión, pero finalmente conservan la sonrisa cuando piensan en el dinero que tienen en el banco.

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