Una espía en Wall Street

Jami Miscik, ex jefe de analistas de la CIA, predice lo que sucederá en el mercado de valores; los inversionistas de Lehman Brothers dependen de ella para decidir dónde apostar millones.
Jami Miscik, ex jefe de analistas de la CIA, ahora asesora

Cada lunes por la mañana, una docena de ejecutivos de Lehman Brothers se reúne en las oficinas centrales de Manhattan para escuchar al oráculo. Es la reunión semanal de mercados de capitales, y los banqueros hablan sobre la situación del mundo donde invierten sus millones.

El CEO Dick Fuld no dirige la conversación, la verdadera protagonista es una recién llegada a Wall Street, una mujer de 49 años que pocos empresarios conocen.

Se trata de Jami Miscik, mitad analista y mitad vidente, pues pronostica a partir de los datos confusos que llegan sobre la crisis en el Medio Oriente, los disturbios en Tailandia o las próximas elecciones en Rusia.

El pasado otoño, cuando las pruebas nucleares de Corea del Norte hicieron ruido en los mercados globales, en Lehman estaban muy tranquilos, pues Miscik los había prevenido.

En diciembre, cuando la retórica reeleccionista del presidente venezolano Hugo Chávez fue considerada mera fanfarronería,  Miscik explicó en la reunión semanal lo que Chávez realmente haría y predijo una aceleración de su programa de nacionalización de las industrias. 

Miscik ha estado considerando la posible caída del presidente de Paquistán Pervez Musharraf y una confluencia de problemas en el Medio Oriente: “Preveo elevados niveles de preocupación este otoño,” vaticina.

Habla con la seguridad de un gurú. Sin embargo, la seriedad con la que hoy escuchan sus predicciones en Wall Street debe conciliarse con lo que pasó en su trabajo anterior, donde hubo desatinos colosales que afectaron el curso de la historia.

Antes de unirse a Lehman en 2005, Miscik dirigía la división de análisis en la Agencia Central de Inteligencia (CIA) bajo la supervisión de George Tenet. Sus análisis contribuyeron al juicio erróneo que llevó, en el 2002, a la creencia de que Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva, una conclusión que derivó en la aprobación del Congreso para iniciar la guerra en Irak.

Tan sólo un año antes, el desempeño de Miscik en la Agencia tampoco fue afortunado, pues a pesar de haber reconocido las señales que alertaban un ataque como el del 9/11, falló en proporcionar suficiente información para hacer reaccionar a las autoridades.

La historia de cómo Miscik palió sus deficiencias en los días de la CIA, cómo aprendió a responder ante la política agresiva de la administración Bush, y luego se las arregló para merecer absoluta credibilidad en Wall Street es una historia de intriga y redención.

La división de análisis de riesgos que esta mujer dirige es fundamental para Wall Street, sobre todo cuando las decisiones se toman dentro de un complejo entorno competitivo, donde los mercados emergentes son cada vez más atractivos y las amenazas –desde el terrorismo a la gripe aviar- son cada vez más globales.

En Lehman, sus reportes sobre 34 países clave son considerados como la última palabra al identificar conflictos. Su sexto sentido en la geopolítica promovió la confianza para reiniciar negocios en Rusia tras la crisis nacional que padeció en 1998.   

Miscik, la mujer que ascendió más rápidamente en los puestos de la CIA y que alguna vez dirigió a más de mil analistas en la Agencia, reconoce su responsabilidad en la conclusión del reporte sobre Irak, aquél que sostenía que el país tenía armas de destrucción masiva. También admite haber fallado en la prevención de lo inevitable, el ataque terrorista del 9/11.

En su trabajo actual Miscik está atenta a todo, desde golpes de estado a devaluaciones monetarias. Pero además de vigilar amenazas, está a la caza de oportunidades. “En el gobierno, el riesgo geopolítico es malo. Aquí, en Lehman, la gente toma riesgos constantemente. Ellos quieren entender la situación y el riesgo inteligente que conlleva, porque es allí donde están las oportunidades,” afirma.

Nieta de inmigrantes lituanos, Jami Miscik asistió a la Universidad Pepperdine de Malibú, graduándose en Ciencias políticas y económicas, luego realizó una maestría en la Escuela de Estudios Internacionales de la Universidad de Denver, alma mater de Condoleezza Rice. Quería entrar a Washington, pero fue rechazada en su intento por realizar sus prácticas en la CIA. Luego decidió intentarlo otra vez, simplemente abrió el directorio y llamó al número de la CIA. Nueve meses después, tras largas examinaciones, fue contratada como analista económica.

Mientras la división de operaciones en la CIA contrata a agentes tipo James Bond, la unidad de inteligencia está más bien conformada por gente como Miscik, mentes que redactan los reportes que van a parar a las manos de los altos funcionarios, incluido el Presidente. Es un trabajo difícil, los analistas se basan en imágenes satelitales imprecisas e información de segunda mano, con frecuencia contradictoria, que obtienen de fuentes parciales.

Miscik ha dirigido un complejo programa basado en 25 indicadores para pronosticar la inestabilidad política de 40 países. Los indicadores –tales como manifestaciones en las calles, reacciones de los militares contra la autoridad, y los costos del transporte público- le ayudan a correlacionar el deterioro y la inestabilidad política con la precisión de un economista.

Tras trabajar a destajo para el Consejo Nacional de Seguridad, instruyendo a miembros de la Casa Blanca en la administración Clinton, fue fichada por Tenet para ser su asistente ejecutiva, un puesto comparable a jefe de personal.  

Para el verano del 2001, Miscik era la número 2 en la unidad de inteligencia, donde las tensiones aumentaban. “Estábamos convencidos de que algo sucedería. Podía pasar aquí o contra los intereses estadounidenses en el extranjero,” recuerda.

En julio, Tenet solicitó una reunión urgente con Condi Rice, en ese entonces la consejera de Seguridad Nacional, y le advirtió de un ataque inminente. El 6 de agosto, el grupo de Miscik publicó un estudio titulado “Bin Laden decidido a atacar a EEUU”, que citaba reportes de “actividad sospechosa en este país consistente en preparaciones de secuestros aéreos y otros tipos de ataques.” El presidente y otros altos mandos escucharon con atención, pero no se decidieron a actuar.

 Tras el ataque del 9/11 no hubo tiempo para lamentarse ni sentir culpa. La siguiente misión, creyó  Miscik, era destruir a al Qaeda y prevenir otro ataque. Pero en septiembre del 2002, cuando ya había ascendido a jefe de la unidad de inteligencia, el presidente Bush tenía en la mira a un enemigo diferente, Saddam Hussein.

Cuando el Senado solicitó a la CIA que le entregara las valoraciones por escrito de la posesión de Irak de armas de destrucción masiva, la Agencia sólo tuvo tres semanas para organizar el análisis. El resultado, un ensayo de 90 páginas, fue “Juzgamos que Irak ha continuado con sus programas de armas de destrucción masiva… Bagdad posee armas químicas y biológicas.”

Tras la invasión a Irak fue evidente que Saddam no tenía esas armas. Miscik rápidamente instruyó a una docena de los mejores analistas en la división de inteligencia para que invirtieran seis meses examinando los errores de la CIA. La culpa no se hacía sentir desde la Casa Blanca, sino desde los mismos pasillos de la CIA. Hubo varias razones por las cuales fallaron: la falta de información en el tema, basarse en reportes de inspectores de la ONU de más de una década de antigüedad, y creerle a un Saddam que presumía de un poder que no tenía.

Miscik admite que se equivocó, pero también defiende sus ideas cuando cree que está en lo correcto. Durante este desgarrador periodo, Bush insistió en justificar la guerra y presionó a la CIA para que encontrara evidencia de complicidad entre Irak y al Qaeda. No había pruebas significativas de esa relación, concluyó la agencia en repetidas ocasiones. Pero Bush seguía insistiendo y Miscik le ordenó a su equipo de analistas dejar de escribir reportes.

Su momento más crítico llegó el 10 de enero del 2003, cuando se le pidió reunirse con Stephen Hadley, entonces asesor de Seguridad Nacional y Lewis Lobby, jefe del personal del vicepresidente Cheney. Entró a la oficina de Tenet y le dijo “No modificaremos este reporte. Este es nuestra conclusión y se mantiene. Renunciaré si cambiamos una sola palabra de este papel.” Tenet le llamó a Hadley y le dijo “Ella no irá a esa reunión, y no vamos a reescribir este maldito reporte.”

La presión nunca desapareció. Las tensiones con la administración llegaron a un punto álgido en noviembre del 2004. Cuando el vicepresidente Dick Chenney solicitó desclasificar parte del reporte de la CIA sobre la relación entre la guerra de Irak y la guerra terrorista. Miscik consideró que revelar parte del reporte le daría al público una impresión equivocada al contar sólo una pequeña parte de la historia, así que se negó. Y la información se mantuvo clasificada.

Pocas semanas después, justo antes de navidad, el director de la CIA Kyle Foggo le dijo a Miscik que sería sustituida en su puesto como jefe de analistas. Un portavoz dice hoy que “no hubo ninguna relación entre ambos eventos.”

Jami perdió su trabajo pero salvó su reputación. Decidió dejar Washington porque allí viviría siempre bajo la sombra de su trabajo en la CIA, y probó suerte en Nueva York.

Al principio, tuvo que enfrentarse a los escépticos en Lehman que estaban bien informados de su desafortunado papel en el caso de las armas de destrucción masiva, pero entre sus referencias estaba la de Tenet, quien les dijo a los ejecutivos de Lehman que Miscik podía mantenerse entera bajo presión.

 Dave Goldfarb, quien vigila los riesgos y principales inversiones para Lehman, comenta: “Cuando entrevisté a Jami, le pregunté: ¿puedes realizar el mismo trabajo de inteligencia que hacías en la CIA?” Una vez contratada con un salario de seis cifras, más del doble de lo que ganaba en el gobierno, Miscik admite “Tienes que demostrar lo que vales en un tiempo corto.”

Ya no puede recurrir a los reportes de los analistas de la CIA, así que mantiene una red de relaciones que incluyen sus contactos en Washington, funcionarios de gobierno, expertos en organizaciones no gubernamentales, comités de peritos y periodistas que cubren los gobiernos regionales.

 En un día típico, Miscik lee y navega en Internet durante dos horas, consultando la prensa extranjera desde el Bangkok Post al Daily News de Turquía, además visita páginas web donde se discuten temas como el mundo islámico y la situación en zonas como Ucrania y el sur de Asia.

Miscik, en su función de oráculo, prevé un aumento de los disturbios en el Medio Oriente para este otoño. En Irak “presenciaremos elevados niveles de insurgencia pues los iraquíes quieren asegurarse de que abandonemos su país.”

Pero ya no carga con la grave responsabilidad de velar por la seguridad de los norteamericanos, lo que es un alivio. Cualquier error tendrá sólo su impacto en dólares. Sin embargo, su  nuevo puesto no está exento de retos, ha llegado en un momento en que el capital fluye con una fuerza y complejidad sin precedentes, excediendo toda capacidad de comprensión humana. Jami Miscik encontró un tipo de riesgo totalmente diferente.

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