La redimensión del derrame de BP

Exagerar la crisis en el Golfo por la fuga de petróleo puede ser contraproducente, dice Allan Sloan; una lluvia de regulaciones orillará a EU a depender más de las importaciones de gas y petróleo.
BP tortuga petroleo fauna animal derrame BP  (Foto: CNN)
Allan Sloan

Voy a ofrecerte otra razón para odiar a la petrolera BP y desconfiar de Washington: no, no me refiero a la fauna muerta, las playas contaminadas o los innumerables perjuicios causados a millones de estadounidenses por la incompetencia de BP (posible gracias a la inopia de las autoridades). Me refiero a la excesiva forma en que Estados Unidos reaccionará al desastre de la plataforma Deepwater Horizon. Esta respuesta exagerada ocasionará más daño que el mismo derrame, pues se importará más petróleo que antes y producirá menos por nuestra cuenta.

La influencia de la economía estadounidense ya es reducida porque se importa una enorme cantidad de capital para cubrir nuestros déficits presupuestales y comerciales, mientras que exportamos al resto del mundo enormes cantidades de empleos en el sector manufactura. Lo último que se necesita es aumentar la dependencia en el petróleo importado y ser cada vez más vulnerables al precio y a las presiones políticas de los países productores de crudo que no comparten los principios democráticos occidentales.

Puede ser que me vaya al extremo, pero no puedo evitar recordar el daño que Estados Unidos se auto infligió cuando ocurrió el accidente nuclear en la planta Three Mile Island, cerca de Harrisburg, Pensilvania, en 1979. Fue un incidente aterrador, pero al final las afectaciones al ambiente fueron mínimas y probablemente ninguna para los ciudadanos locales.

El único daño económico de trascendencia lo sufrió el propietario de la planta, General Public Utilities. Pero el país se resintió de un enorme daño colateral: la lluvia radioactiva de regulaciones que le siguieron al accidente nuclear dejaron sin nuevas plantas nucleares durante casi 30 años a Estados Unidos. 

Entretanto, creció la dependencia al carbón, al petróleo y al gas natural para generar electricidad. Ahora sabemos que las plantas de carbón, con ingentes emisiones de dióxido de carbono, no eran buena opción, y que usar petróleo y gas en lugar de transitar hacia la energía nuclear tampoco fue una buena decisión. El trauma de Three Mile Island nos retrasó una generación del resto del mundo industrializado en la construcción y operación de centrales nucleares.

Sólo puedo imaginar, bajo este contexto, lo que provocará la reacción exagerada ante el incidente Deepwater Horizon (éste sí es un desastre económico y ambiental). Ya existe una moratoria contra más exploraciones petroleras. ¿Cuántos funcionarios arriesgarán sus carreras al aprobar futuras perforaciones en aguas profundas o en áreas ambientalmente frágiles como Alaska? Se requerirá de gran valor y juicio para que los líderes políticos interesados en medidas a largo plazo lleven al país a explorar y desarrollar su propio petróleo y gas.

Con ello no quiero decir que se debería dejar sin regular a la industria. Los libres mercados, cuando son dejados a su propia suerte tienden a los excesos, que terminan en colapsos. Así se llegó a la crisis financiera de 2007-2008 y a la Gran Recesión. Pero no podemos dirigir un país de manera reactiva, reaccionando con exageración a incidentes como el accidente nuclear y el derrame petrolero, eso nos cuesta muy caro. ¿Cuántas posibilidades existen de que veamos una segunda explosión de un pozo en aguas profundas y se fuguen cientos de millones de galones de crudo? ¿Cuánto nos costaría tratar de prevenirlo?

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En un mundo ideal, BP indemnizaría a todos por el daño causado, sus directivos serían despedidos por no cumplir con sus funciones como supervisores, y los accionistas de la empresa serían liquidados de una forma ordenada, en una bancarrota controlada que no creara caos mundial. Eso demostraría de una forma dramática los costos de meter la pata, y haría menos probable otras meteduras de pata en el futuro. Se adoptarían nuevas regulaciones razonables, incrementaríamos las penalizaciones financieras para operadores que provoquen otro incidente, y seguiríamos con nuestras vidas, sabiendo que no hay acción realista y asequible que elimine completamente el riesgo.

¿Quieres seguir odiando a BP? Por mí encantado, pero no castigues al resto del mundo en el proceso.

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