Kleen Energy, negocio fatal

El dueño del negocio de gas natural previó y logró gran éxito, aunque haya muertes de por medio; aprovechando vacíos legales, la planta pasó de controles multimillonarios a un trío limitado.
Gas, industrial, fábrica, guantes, seguridad, obrero  (Foto: Photos to go)
Katie Benner

Cuando se encendió el gas natural, causó una explosión tan poderosa que gente a 50 kilómetros de distancia pensó que había ocurrido un terremoto. Dentro de la casi terminada planta en Middletown, Connecticut, alrededor de las 11:15 de la mañana del 7 de febrero pasado, la explosión derribó la estructura, aplastó camiones constructores y envió una densa pared de humo negro a cientos de metros de altura. Seis hombres murieron, y otros 50 resultaros lesionados, algunos de ellos de gravedad.

Todos trabajaban en la plata de Kleen Energy ese domingo del Super Bowl, trabajando a marchas forzadas para terminar la construcción antes de lo planeado para que el contratista líder pudiera cobrar 14 millones de dólares en bonos por su rápido trabajo.

La causa del desastre se identificó casi de inmediato: una "explosión de gas" que salió mal. En teoría es un procedimiento simple: nitrógeno a gran presión, vapor, aire o gas natural salen de un propulsor dentro de unas tuberías para limpiar desechos. El gas natural es la alternativa más peligrosa. La seguridad depende de la dispersión del gas de forma eficiente y de evitar la chispa más diminuta.

En la planta de Kleen, largas cantidades de gas entraban a una zona parcialmente cerrada que tenía una puerta que salía hacia un espacio donde los abastecedores de pipas usaban antorchas y calentadores con flamas para mantenerse calientes ese frío día de inverno.

En retrospectiva, no fue ninguna sorpresa que algo haya salido mal. Esa mañana no hubo junta de seguridad; los trabajadores se quejaron del fuerte olor a gas, según las declaraciones, pero les dijeron que siguieran trabajando. "Estás en una planta de gas, ¿a qué quieres que huela?", respondió un supervisor, según las declaraciones juradas, momentos antes de perder la vida por la explosión.

Las autoridades federales llegaron a conclusiones fuertes. La Dirección de Seguridad y Salud Ocupacional (OSHA, por sus siglas en inglés) dijo en agosto que las compañías constructoras "ignoraron deliberadamente los procedimientos industriales conocidos y aceptados". La OSHA citó 370 violaciones e impuso una multa de 16.6 millones de dólares, la segunda más alta (superada sólo por las penalidad de la explosión de la refinería de Texas City de BP).

La Junta de Seguridad de Químicos consideró que el accidente Kleen pudo ser "prevenible". Las investigaciones penales siguen en curso, y ya comenzó la inevitable ola de litigios civiles.

Habrá una riña interminable sobre quién fue responsable de la calamidad. Pero eso no resuelve el principal misterio: cómo es que esta planta de energía, de las que están fuertemente reguladas con ingenierías multimillonarias, terminó en manos de un trío limitado: una constructora de Connecticut, un ex edil de la ciudad y una empresa de transporte de basura liderada por un hombre de 70 años de edad.

Tampoco es una pregunta histórica: la misma compañía reparó la planta, reinició la construcción y espera abrir las operaciones el año entrante. Es una historia de un trío que navegó ligeramente sobre las políticas locales, aprovechó las legislaturas y manejó estratégicamente una compañía de Fortune 500 para ganar un premio enorme.

Pero su entendimiento de poder (del tipo político) superó su entendimiento de poder (del tipo energético).

No hay Kleen sin Armetta

Si eres dueño del conjunto, puedes entrar de la forma que quieras. Phil Armetta me llevó a visitar las cercanías de Kleen Energy. Él no ve necesidad de usar la entrada principal, sino que llevó su Lexus al final del camino y entramos por una puerta que no tenía señales de seguridad. Llegamos a una extensa zona sin pavimentar llena de piedras del tamaño de pelotas de béisbol, antes de entrar a un camino en construcción. "Yo manejaba un taxi en Nueva York", dijo mientras yo me estremecía. "Todo va a estar bien".

No habría Kleen Energy sin Phil Armetta, quien compró el terreno y se le ocurrió la idea de colocar una planta de energía. Es miembro del memorable Dainty Rubbish y la gente y la prensa local lo conocen como el "magnate de la basura". A sus 79 años, el nativo de Brooklyn está lleno de energía, encanto y amabilidad.

Armetta me mostró una carpeta llena de detalles de media docena de negocios actuales y pasados, su biografía, recortes de periódicos y una colección de sus mayores logros. La biografía cita la frase "mi primera visita al incinerador", algo que inspiró su carrera en la basura. "Haces tu dinero al comprar, no al vender", me dijo. "Lo dice el libro".

Como lo ve Armetta, Kleen es una historia de renovación. El sitio está saqueado por décadas de minería de feldespato. Era un sitio de congregación de matones, y también era un tiradero clandestino, pero Armetta le encontró potencial y en 2000 compró los 137 acres a la orilla del río Connecticut por apenas 300,000 dólares.

Más allá del arrepentimiento por las vidas perdidas en la explosión ("estas muertes siempre son trágicas"), Armetta responde preguntas sobre temas sensibles diciendo una y otra vez: "sólo soy un tipo que abandonó la preparatoria", y diciéndome que mejor debería hablar con sus socios. A pesar de la tragedia, Armetta afirma que la planta será productiva.

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Connecticut depende de las antiguas plantas de carbón, y Kleen impulsará las turbinas de gas que proveen energía eléctrica a una quinta parte de las viviendas del estado al mismo tiempo que emite muchos menos contaminantes que el carbón. Dice que la planta ahorrará a los consumidores 1,250 millones de dólares en 15 años.

"A todos nos beneficia", dice. "Nosotros bajamos los precios y eso ayuda a los consumidores. Nosotros generamos cientos de empleos, y como es una planta más limpia, será más fácil de vender".

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