Ley de EU, una lección para Banamex

La Sarbanes-Oxley impuso a los bancos controles férreos antifraudes, dice Jack Ciesielski; esta vigilancia habría ayudado a la filial de Citi a detectar la presunta estafa de Oceanografía.
banamex  (Foto: Getty)
Jack T. Ciesielski

Puedes decir lo que quieras acerca de la Ley Sarbanes-Oxley -y es raro escuchar que se diga algo positivo acerca de ella-, pero desde que fue promulgada en 2002 la incidencia rutinaria de fraudes corporativos ha disminuido.

Con una frecuencia casi semanal durante la década de 2000, empresas monolíticas como WorldCom y Enron, junto con decenas de firmas menores, demostraron ser ensueños construidos sobre humo. Esos días salvajes y locos han desaparecido de los recuerdos de los inversores desde hace mucho.

¿Acaso la ley Sarbanes-Oxley proscribió el fraude e imbuyó a las empresas estadounidenses de una honestidad iluminada? Por supuesto que no. Para todos los participantes en el campo de la información financiera, la ley simplemente elevó las sanciones por actuar mal. Exigió cambios a los auditores que volvieron más difícil su supervisión al colocarlos bajo el control de la Public Company Accounting Oversight Board.

Además, requirió a las empresas instalar controles básicos de contabilidad que permitieron la detección temprana de conductas aberrantes e hicieron la vida más difícil a los estafadores: en resumen, exigió el tipo de infraestructura de la que nadie se preocupa realmente cuando está absorto por la emoción de construir una empresa acuerdo tras acuerdo.

Los riesgos se elevaron de manera dolorosa para los presidentes ejecutivos y directores financieros, que ahora tienen que certificar en los estados financieros que son los responsables de establecer y mantener esos controles, y que esas medidas aseguran que la información relevante sobre la empresa y sus subsidiarias llega a los ejecutivos adecuados.

Probablemente no hay un solo presidente ejecutivo o director financiero en Estados Unidos que no haya vacilado al menos una vez al firmar esa certificación; y ese requisito probablemente está haciendo que el presidente ejecutivo de Citigroup, Michael Corbat, rechine los dientes hasta las encías.

La reemisión de la declaración de ingresos después de impuestos de Citigroup en el cuarto trimestre a 235 millones de dólares no importó mucho, de acuerdo con el mercado: las acciones cerraron con una baja de apenas seis centavos el viernes, cuando se supo la noticia del escándalo en la filial mexicana del banco, Banamex. Sin embargo, el anuncio contenía un par de peculiaridades, una relacionada con la ley Sarbanes-Oxley, y una que muestra cómo las empresas necesitan ir más allá de los requisitos de esa ley.

Fraude Oceanografía

Hasta el momento, Citi ha determinado que el fraude ascendía a 400 millones de dólares en cuentas por cobrar falsas financiadas por su filial Banamex a Oceanografía S.A., una empresa mexicana de servicios petroleros, aparentemente para ayudar a acelerar el flujo de efectivo proveniente del cliente de Oceanografía, Pemex, la petrolera estatal. Este programa de financiamiento en cuentas por cobrar se llevó a cabo durante varios años, pero Citigroup aparentemente comenzó a sospechar cuando se enteró de la suspensión de Oceanografía para hacer ofertas por nuevos contratos de Pemex.

Si hubieran sido impuestos controles internos estilo Sarbox para asegurar que la información relevante de la empresa llegara a los ejecutivos adecuados, ¿realmente habrían tardado años en descubrir que 400 millones de dólares en cuentas por cobrar carecían de valor?

Sarbanes-Oxley proporcionó desincentivos para que los administradores se comporten mal, pero hay un problema de incentivos en operación en el episodio de Citi que contrarresta los buenos controles internos. El comunicado de prensa de la empresa señala que, aunque los préstamos falsos de Banamex ascendieron a 400 millones de dólares, el cargo antes de impuestos fue reducido por “una contrapartida a los gastos de compensación de aproximadamente 40 millones de dólares asociados con el plan de compensación variable de Banamex”.

En otras palabras, algunos empleados de Banamex podían ganar una bonificación del 10% por conceder préstamos mediocres y mantenerlos en los libros o incluso a través de préstamos creados de la nada. Evidentemente, había un incentivo en operación para presentar información financiera falsa, y no suficientes desincentivos para prevenir el mal comportamiento.

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Sin duda, Corbat expondrá como ejemplo a los gerentes que permitieron que esto sucediera. Sin embargo, es difícil no esperar que este tipo de cosas surjan de nuevo, tal vez en Citi, tal vez en otro banco gigante. Estos bancos presionan los límites del alcance del control que los directivos realmente pueden manejar. No solo son demasiado grandes para quebrar; sino que también podrían ser demasiado grandes como para ser gestionados.

*Jack T. Ciesielski es presidente de R.G. Associates, Inc., una firma de gestión de activos e investigación en Baltimore que publica The Analyst's Accounting Observer, un servicio de investigación para inversores institucionales.

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