Oro gris: la esencia de Lorenzo Zambrano

El empresario fue tímido, pero de una inteligencia aguda, dice Rossana Fuentes Berain; la vicepresidenta editorial de Grupo Expansión relata cómo escribió su libro sobre el empresario.
zambrano  (Foto: Getty)
Rossana Fuentes Berain*
CIUDAD DE MÉXICO (CNNExpansión) -

"Shy and sharp", así era Lorenzo Zambrano: tímido y de una inteligencia aguda. Hoy su familia y México han perdido a un gran empresario que convirtió una industria cementera regional: piedras, arena, agua y calor, en una industria global que hacía cemento, sí, pero cuya fuerza innovadora radicaba en sus servicios tecnológicos y financieros.

El ingeniero era un contreras, un hombre de la generación de los sesenta, que en su amado Tecnológico de Monterrey y en la escuela de negocios de Stanford se familiarizó con las computadoras de Silicon Valley cuando todavía no se había puesto de moda hablar de procesadores y manejo de datos.

Por eso, él y sus entrañables colaboradores, entre otros Héctor Medina y Gelacio Iñiguez, inventaron el Cemex Way, la forma de optimizar la producción de cemento primero en las plantas del norte de México, en Torreón, donde pasó 18 años preparándose para ser CEO de la empresa familiar y luego en Monterrey, de donde no quiso salir nunca; es más, públicamente condenó a quienes lo hicieron huyendo de la inseguridad y después en el resto del mundo donde compró empresas y las hizo enormemente productivas.

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Un dólar invertido en Cemex, cuando Zambrano tomó la dirección, se multiplicó 60 veces hasta antes de la fatídica depresión de 2008, que lo pilló mal colocado con la compra de Rinker, una australiana que tenía muchas plantas en Estados Unidos precisamente en los mercados deprimidos por la crisis de las hipotecas “subprime”.

Cuando escribí en 2006 el libro “Oro gris: Zambrano, gesta de CEMEX y la globalización en México” con mi editora de entonces, Julia de la Fuente, mandé, como era el acuerdo para tener acceso a entrevistas directas con él, el texto final al mismo tiempo que se entregaba a la imprenta.

No fue un libro por comisión y en el inicio se advirtió que lo escribiría “with or without him”. Por supuesto que prefería el acceso, pero de todas maneras mi intención era usar a Cemex como hilo narrativo de una historia que yo quería contar, y que para mí comenzaba en 1985: la del cambio de rumbo, la de la apertura económica de México.

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Lorenzo H. Zambrano decidió, a pesar, lo sé, de la recomendación de algunos de su asesores, darme acceso y generosamente sentarse conmigo cada quince días, tres semanas, a platicar sin un cuestionario preacordado. Las pláticas iban del material para mi libro hasta los otros libros y artículos que cada uno de nosotros había leído desde la última vez que nos habíamos visto.

Nerviosa cuando por fin acabé el mío -la peor inversión de mi vida, la mejor inversión de mi vida- mandé el libro impreso por paquetería a Monterrey. Lorenzo estaba en España donde este lunes falleció, hasta donde se sabe, de un paro cardíaco a los 70 años.

La primera respuesta llegó  por el amoroso hilo conductor de su inseparable hermana Nina:

—No le va a gustar, Rossana —me dijo.

—¿Qué parte? —le pregunté.

—Desde la segunda palabra.

Lorenzo Hormistas Zambrano Treviño empezaba el relato, develando el significado de la H, como la de un nombre sacado de una figura del santoral, de la que nadie hasta entonces sabía.

Tampoco le encantó mi acercamiento a sus problemas con la Comisión Federal de Competencia cuando un barco fletado por exempleados de Cemex intentó introducir cemento por Tamaulipas, según me enteré después. “Contrabando”, lo llamó Zambrano; yo describí a jóvenes que si bien no estaba claro para quien trabajaban y sus métodos no eran los más ortodoxos, se aprovechaban de un diferencial de precios real.

Como hombre inteligente que fue, finalmente cuando nos sentamos él y yo solos a hablar del texto se rió y precisó uno o dos errores factuales míos, que corregí en la segunda edición, pero no más. La línea oficial fue que no se comentaría sobre el texto y cumplieron.

El libro se convirtió para los estándares mexicanos en un best seller. Editorial Aguilar vendió 18,000 ejemplares, y en un momento dado en la lista de Gandhi solo estuve atrás de ‘El secreto’, el texto de autoayuda que ha vendido cientos de miles de ejemplares.

Pasada la novedad editorial, las visitas se espaciaron, pero nunca se interrumpieron… nunca. Cuando llegué a trabajar a Grupo Expansión, desde la revista se hizo una larga historia de cómo Cemex había enfrentado la crisis y había logrado la renegociación de la deuda cuando algunos apostaban cínicamente a su caída personal y profesional.

Infografía: Lorenzo Zambrano, el arquitecto de Cemex

En ese momento, hace unos 4 o 5 años, Zambrano por supuesto que estaba tocado, yo diría que hasta algo deprimido, por que se enfrentaba a una pérdida de valor en la empresa que tanto amaba. Sistemático y estratégico, como siempre lo fue, eventualmente, le dio la vuelta al tema del apalancamiento y hoy Cemex está con niveles de deuda manejables.

En estos años alguna vez me preguntó si había releído ‘Oro gris’. Yo le dije que no completo, que de repente algún pasaje que usaba en conferencias o charlas, como la que daré el próximo enero en la sociedad de historiadores de Estados Unidos, él me compartió que en alguna noche de insomnio lo había hecho y que seguía sin estar de acuerdo conmigo en la tipología de la escuela de negocios de Harvard que le adjudicaba: la del narcisista productivo, pero que como el tiempo pasaba y nadie nos ponemos más jóvenes, si que empezaría a pensar en el tema con el que concluía el capítulo: preparar la sucesión.

Desconozco si lo hizo. En todo caso ya sabemos que las empresas siguen y siguen y siguen y  alguien llegará a Cemex y ocupará su despacho desde donde se ve el Cerro de la Silla, pero para mí ese espacio estará siempre lleno de la voz, de la carraspera que lo caracterizaba, de la risa, si nos reíamos mucho juntos, de ese despacho que será siempre del empresario Lorenzo H. Zambrano, hombre de primera. Que en Paz Descanse Lorenzo el Magnífico.

*La autora es vicepresidenta editorial de Grupo Expansión.

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