Cruzada por el Anáhuac perdido

En el Valle de México se dispara la alarma para recuperar las áreas naturales que todavía quedan; la metrópolis se dirige al siglo XXII tratando de salvarse de sí misma.
Anáhuac perdido  (Foto: Cecilia Falcón)
Eugenia García Velarde y Vladimir Cachón

El vocablo en lengua náhuatl está casi tan extinto como el sitio al que identifica. La "tierra rodeada por las aguas", literalmente desaparece: se seca, se agrieta, se hunde, se nos va de las manos y se sigue poblando. Perdemos el Anáhuac; la llamada Región más transparente colapsa a paso veloz.

La historia ecológica de la Cuenca de México es, sin duda, la crónica de uno de los mayores desastres ambientales causados por el hombre. Lo que era una meseta endorreica (sin desagüe al mar) ocupada por cinco cuerpos de agua y diversos ríos -que lindaban al norte hasta el actual estado de Hidalgo-, rodeada por montañas con encinares y bosques de pino y de oyamel, ahora soporta una de las manchas urbanas de mayor extensión y población en el mundo.

Desde el municipio de Huehuetoca, en el Estado de México, hasta la delegación Milpa Alta, en el Distrito Federal (DF), los casi extintos lagos de Zumpango, Xaltocan, Texcoco, Xochimilco y Chalco son hoy destinos impermeables dentro de una plancha de concreto caliente y sin fin, muy lejos de aquel paisaje que le dio al Valle su nombre original.

Déficit mayúsculo
Si el impacto de las urbes al medio ambiente es inevitable, ¿puede convivir la naturaleza con las ciudades? Y por ende, ¿podría pronosticarse que la existencia de pulmones verdes será el vehículo para hacer sustentable y ecológica la capital del próximo siglo?

La ciudad en sí cuenta sólo con 7,049 hectáreas de espacios públicos, de los cuales 67% son áreas verdes públicas y 33% plazas y otro tipo de espacios. El promedio de área verde que corresponde a cada habitante es de 5.40 m2, lo cual no cumple con los parámetros internacionales que sugieren entre nueve y 16.

No llegar a la cuota se debe, en gran medida, a la formación de asentamientos humanos irregulares sobre suelo de conservación (oficialmente 58% del territorio capitalino), una de las principales causas de degradación ambiental, en particular por la pérdida de la cobertura forestal.

La lucha se está perdiendo: se estima que la tasa de deforestación anual en el DF es de 240 hectáreas, mientras que la Dirección de Reforestación Urbana, Parques y Ciclovías de la Secretaría del Medio Ambiente del DF (SMA), calcula que en 2008 apenas fueron reforestadas unas 75 y se naturaron 6,000 m2 de azoteas en edificios públicos.

Es materia cotidiana el constante asedio por invasiones y cambios de suelo que dañan las áreas vírgenes, indispensables para mantener el ecosistema de la Cuenca. No sólo cercenan su valor paisajístico e intrínseco, sino también comprometen la regulación del clima, la retención del suelo y, sobre todo, la superficie arbolada donde se recargan los acuíferos que surten la mayor parte del agua para la ciudad: más de 500 millones de metros cúbicos anuales se extraen del subsuelo.

Sin embargo, la dependencia capitalina admite, mediante el documento Información General de Áreas Verdes 2008, que se desconoce cuál fue el incremento de parques y jardines en las diversas demarcaciones durante ese año y que es necesario actualizar el inventario de 2002 para determinar un nuevo índice. "El dato es complicado obtenerlo, sin embargo, tenemos contemplado para este año actualizar el inventario de áreas verdes", coincide el biólogo Horacio Medina Sánchez, subdirector de Reforestación y Podas de la SMA.

Por su cuenta, el Plan Estatal de Desarrollo Urbano 2008 del Estado de México contempla la restauración de las tres cuencas hidrológicas del estado, a conseguirse principalmente mediante reforestación que permita la recarga natural de los mantos subterráneos.

Y ahora, ¿qué hacemos?
Las ciudades no son sustentables en el estricto sentido ecológico del término, ya que la propia lógica de lo urbano implica una alta concentración poblacional en un espacio reducido caracterizado por una elevada artificialidad sobre la naturaleza que las hace altamente dependientes de insumos externos, principalmente en términos de recursos naturales y energía. Sin embargo, también es posible que las ciudades adquieran importantes atributos de una sustentabilidad relativa.

Para lograr esto, los oasis urbanos desempeñan actualmente -y en el próximo siglo lo harán mucho más- un papel fundamental. En este sentido, en los últimos años ha surgido un renovado interés por las áreas verdes como parte de una nueva ‘conciencia ambiental'. Dentro de la legislación del Gobierno del DF se han diseñado nuevos instrumentos legales para la protección de las áreas verdes. Tal es el caso de los grandes parques urbanos, que han adquirido la categoría de Bosques Urbanos, y de las barrancas y otras extensiones, consideradas ahora como Áreas de Valor Ambiental, lista en la que se incluye el Bosque de Chapultepec, desde 2003. Asimismo, programas gubernamentales como Capital Verde, de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda del DF, han reportado cifras benéficas en el rescate de los espacios públicos que abarcan andadores, camellones, prados, glorietas y ciclovías, a los que forestan y equipan para que el uso ciudadano impida su deterioro.

También con este fin, ante la insuficiencia de espacios recreativos al aire libre, la idea de comunidades verdes sobre las azoteas y los jardines se ha convertido en la esperanza de aportación o reposición del terreno robado por las construcciones.

Bajo esta línea, y entre otras iniciativas, la asociación Efecto Verde ha iniciado un proyecto de regeneración ambiental para la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM), que, con miras a 2020, consiste principalmente en facilitar la creación de terrazas y azoteas vegetadas mediante "una intervención en 40% de la superficie de la ZMVM con vegetación endémica de bajo mantenimiento con un sistema de colocación sencillo y rápido". El plan pretende lograr conjuntos o nodos verdes, de los que surgirán corredores biológicos, que a su vez desencadenen una urbe verde en toda la extensión de la palabra.

El arquitecto José Antonio Flores, titular de este organismo no gubernamental, señala que en esa ciudad del futuro las áreas verdes contribuirán al mejoramiento ambiental, económico, social y urbano, "y justamente por eso pensamos que cada quien debe cultivar esta cultura desde su propia azotea".

Anáhuac, siglo XXII
Sin embargo, a pesar de la acción de estos y otros movimientos y propuestas individuales o colectivos que buscan subsanar la producción de oxígeno y contribuir al ciclo natural de lluvias, es evidente que nunca podrá recuperarse la cuenca lacustre, pero es estimable que sí podría rescatarse, al menos, la naturaleza de la zona en alguna medida.

La pregunta surge: ¿Seremos capaces de revertir el daño hecho al medio ambiente y adoptar una nueva actitud de respeto por el medio físico? La arquitecta paisajista Susana Marín Amaro comenta para Obras sus preocupaciones al respecto. Ella imagina la Ciudad de México en el siglo XXII o bien como una urbe caótica, decadente y consumida por sus propios sistemas desequilibrados y por su sociedad ausente de responsabilidad y conciencia; o bien, como una ciudad en proceso de reformación y transformación en sus relaciones y actitudes con el medio.

Cuestionado sobre el mismo tema, el arquitecto paisajista Adrián Orozco, de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México, narra su visión anticipándose 90 años: "Las vías de comunicación resultarán insuficientes; sin embargo, los autos particulares serán cosa del pasado. Los niveles de contaminación ambiental, la escasez de agua y el elevado costo en los alimentos crecerán a la par que las nuevas tecnologías para protegernos de nuestro propio desastre. El paisaje de ‘Blade Runner' me refiere a la idea de una ciudad con piel tecnológica. El autotransporte será una especie de iPod personalizado que nos hará desplazarnos en el aire, con alguna extraña mascarilla-filtro, para poder respirar sin caer fumigados; el aire tendrá que ser filtrado".

Pero estas prospecciones no tendrían validez si el tiempo no diera cuenta de que la vida transcurre con rapidez. En reciente homenaje fueron celebrados los 50 años de la obra insignia del escritor Carlos Fuentes, quien afirmó: "La ciudad que retraté en La región más transparente ya no existe; ya no podría volver a escribir esta novela".

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Para el ámbito urbano, las palabras del reconocido autor son preocupantes. Aun con todos los esfuerzos paliativos para revertir el cataclismo, al día de hoy sigue construyéndose intensamente en la ZMVM. No existe un plan general que señale los límites de crecimiento urbano, a más de que los pocos establecidos son violados y rebasados cotidianamente. En Iztapalapa, por ejemplo, el agua llega en algunas colonias "de tandeo" solamente uno o días por semana, y el panorama no es mejor para Ixtapaluca y Chalco, donde las crecidas sumergen bajo casi un metro de agua el patrimonio de miles de familias cada año, por lo que se han sugerido reubicaciones masivas.

Por ahora, los síntomas se han convertido en una enorme losa. A donde quiera que miremos, la desaparición del Anáhuac sucede ante nuestros ojos y las iniciativas para hacerle frente parecen no bastar.

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