El interiorismo marca la diferencia

La casa con diseño se distingue no sólo porque suele estar en un lugar privilegiado o por su estilo; una construcción sobresale porque establece una coherencia entre espacio y modo de vida.
Bruno Cruz Petit  (Foto: Enrique Orvaña)
Bruno Cruz Petit

El diseño de interiores va más allá de la acumulación o la yuxtaposición de objetos bellos, de la combinación de muebles o de la elección de los colores, su objetivo primordial es lograr una coherencia en la composición que permita crear el concepto que se tiene en mente.

Lograr una coherencia ‘de concepto' sólo puede darse con una cuidadosa planificación al inicio de una obra y con un conocimiento profundo de los que ofrecen los elementos interiores para transmitir un estilo de vida. Ésta es labor y el encanto del diseño de interiores; es también el componente que facilita la personalización de la vivienda a partir de una obra ‘integral'.

Al planificar instalaciones y requerimientos funcionales que al mismo tiempo son decorativos, no sólo se evitan mayores obras, gastos e incomodidades posteriores sino que se abre la posibilidad de plantearse problemáticas de acomodo de variables físicas, psicosociales (la propia biografía) y estéticas, configurando un discurso, con su grado de complejidad y una narrativa que da sentido al proyecto arquitectónico.

Desde hace tiempo, quizás desde la llegada masiva de los productos fabricados en serie, el mercado ofrece muchos modos de mostrar la propia personalidad a través del consumo de objetos. Ya es común poder escoger entre una amplia gama de artículos que funcionan como signos y combinarlos entre sí.

Sin embargo, a medida que se extiende esta tendencia, también disminuye su ‘rentabilidad distintiva', como dicen algunos sociólogos.

La adquisición y la acumulación de objetos dentro de la casa moderna ya no proporciona la distinción del mismo modo que lo hacía en la casa victoriana, repleta de muebles, jarrones, candelabros, cortinas, cuadros, alfombras... Sólo hay que ver la aceptación de un estilo como el minimalismo para comprobarlo.

El objeto mantiene el prestigio de antaño en la medida en que está incluido en un contexto especial, en un ambiente propicio para una experiencia sensorial que se despliega en el tiempo. Una experiencia, la del espacio, que no excluye al objeto pero que lo incorpora como parte de un consumo de mayor nivel.

El espacio, como bien cada vez más escaso y difícil de obtener, se erige así como el nuevo protagonista de la batalla simbólica por la distinción.

Sabemos por Bourdieu que cada tipo de consumo o práctica cultural tiene su lógica y moviliza distintos tipos de capital. El consumo de arquitectura es un lujo que requiere abundantes dosis de capital económico pero también se puede participar en este campo sin inversiones grandiosas, con imaginación y buen gusto, algo que denota una posesión de capital cultural muy valorada socialmente. Además no basta adquirir el espacio, sino que hay que saber aprovecharlo, darle forma, personalizarlo y embellecerlo.

De ahí la importancia del diseño interior, esa disciplina híbrida que ha tenido etapas de esplendor como la que encarnó Jean François Blondel en la Francia del siglo XVIII.

Para este creador de uno de los primeros estilos principalmente enfocados al interior, el rococó, la gracia de una casa "se encuentra en la riqueza de los materiales, la magnificencia de los muebles, de la escultura, de la pintura, de los bronces, de los espejos, distribuidos con tanto gusto e inteligencia que parece que estos palacios sean lugares encantados, construidos para la opulencia de la casa por la gracia y la voluptuosidad". También grandes arquitectos como Wright y Alto dieron al diseño interior su lugar, como parte de su idea de que el diseño debía abarcarlo todo, desde la ciudades hasta los muebles y las tazas de café.

La casa con design se diferencia por ser un factor de distinción social, no sólo por el costo que supone acceder a ella, o porque suele estar en un lugar privilegiado, tener amplitud de espacios, o por la elección de un estilo a su máximo nivel (mobiliario de firma, materiales originales,..), sino por poder establecer una coherencia entre espacio y modo de vida.

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Más allá del factor distintivo que supone adquirir un espacio privilegiado, está el poder expresarse arquitectónicamente ante uno mismo y ante los demás, algo sólo al alcance de aquellos que, además de recursos, disponen de gusto, conocimiento y asesoría adecuada.

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