Primer museo neoyorquino del siglo XXI

El New Museum of Contemporary Art es el primer museo de NY que abre sus puertas en el siglo XXI sus seis cajas tienen 43 metros de altura y 16 millones de ojos que ven a su ciudad transformar
Justo en la confluencia de Prince y Bowery la estiba metálic
Marcos G. Betanzos Correa
NUEVA YORK -

Un viento frío recorre la sugerente retícula urbana que, extendida, parece sostener el cielo aceptando que éste es su último límite. Frente a mí, la densa presencia de Manhattan. Recorrer esta ciudad sin sorprenderse es imposible; emprender esta pequeña travesía, inevitable. El primer museo construido este siglo en la ciudad ha abierto sus puertas, y habrá que llegar a él iniciando con una breve caminata a través del barrio de Astoria, en Queens.

Rumbo al SoHo
La aparente calma del vecindario se rompe al llegar a la Calle 31. Las iglesias con rasgos neoclásicos, las fachadas de ladrillo rojo pertenecientes a las colonias italo-griegas —en su mayoría— ceden el paso a una postal colmada de farmacias, restaurantes, licorerías de aspecto sombrío y el estruendo del tren llegando a la estación 30th Avenue. Estudio las indicaciones recibidas la noche anterior. Me han advertido que de ser observador, las sorpresas no faltarán. Y no se han equivocado. Después de subir por unas escaleras hostiles, me bastan unos segundos para posicionarme en la plataforma del subterráneo y tomar asiento en un vagón que indica no permanecer en éste ante alguna anomalía. En Nueva York todo puede suceder.

Comienzo el recorrido visualizando el horizonte plagado de grafitis (uno sentencia Paisa proud is here); tanques de agua de la zona industrial y obras en construcción por todas partes. La vibración del tren y una voz electrónica marcan la pauta de mi avance. Tras cuatro estaciones, me encuentro en las profundidades del Midtown East envuelto en aroma de café y lenguajes híbridos. Resulta imperceptible el cambio de dirección hacia el Downtown de Manhattan. Es evidente que esta vez no viajaré acompañado; la línea N del subterráneo que me llevará hasta Prince Station, resulta más que solitaria, fantasmal. Al salir me encuentro con el ambiente bohemio de SoHo en la Calle Broadway. Ahí puede divisarse la mítica tienda Prada de Koolhaas y poco más allá el edificio de Jean Nouvel, flamante Pritzker, en Mercer Street. Debo dirigirme al Este, hacia el centro del Lower East Side.

Dentro de esta zona de moda, barrio de inmigrantes judíos, polacos y ucranianos, enriquecido por los cosmopolitas alumnos de los colegios locales, me siento en una auténtica babel del nuevo siglo. Mi objetivo está a la vista; me separan seis calles repletas de escaleras metálicas que marcan el ritmo de restaurantes, hoteles boutique e infinidad de tiendas que ofertan objetos poseedores de tiempo e historias no contadas.

Hell, Yes!
Poco a poco se acentúa mi destino marcado con el número 235 de Bowery Street. Las banquetas de esta calle, saturadas de equipos de cocina y las múltiples alturas de sus edificaciones, se ven coronadas por un acomodo llamativo y arrítmico de enormes cajas metálicas que sólo puede entenderse al observar el indiferente perfil de los edificios aledaños, todos ellos más pequeños, oscuros y pesados que esta nueva sede pero no menos importantes: ellos finalmente son los referentes de un edificio que obliga a voltear en la misma dirección los mapas, las cámaras y a un público atónito que pretende capturar su gélida apariencia. En una ciudad donde los hitos verticales no faltan, éste, no obstante su altura relativamente baja, sin duda marca pautas sorprendentes. No soy el único que lo detecta y la obra polícroma de Ugo Rondinone suspendida en la fachada principal resulta elocuente: Hell, Yes!

El nuevo de la cuadra
De entre más de 30 proyectos provenientes de todo el mundo, el comité del New Museum of Contemporary Art que encabezaron Joan Lázaro, los arquitectos Richard Gluckman y James Stewart Polshek, seleccionó en abril de 2003 la aportación de SANAA (Sejima and Nishizawa and Associates) al contexto neoyorkino. Su vocación es exponer lo mejor del arte contemporáneo en un edificio que sustituye al original del distrito de Chelsea construido en 1977 y superado por las necesidades espaciales desde 2001.

Este conjunto de cajas vacilantes reemplaza a un viejo estacionamiento y motiva la explotación cultural del bajo Manhattan. Es también el primer museo construido debajo de la línea virtual que marca la Calle 14, hogar exclusivo del arte
contemporáneo.

La malla entretejida de aluminio envuelve siete cubos que alcanzan 54 metros de altura. La trama sólo es interrumpida en el basamento acristalado donde se localiza el acceso principal y el de servicios. El espacio público es sutilmente introducido a través de la carpeta de concreto que se fusiona en el vestíbulo.

La amplitud y configuración delatan el sistema estructural integrado por marcos rígidos de acero (reforzados por contraventeos diagonales). Éstos pierden en cada nivel el centroide de las losas ortogonales al desplazarse entre dos y cinco metros hacia las cuatro direcciones e introducir por medio de lucernarios la iluminación cenital a cada una de las galerías revestidas con laminados texturizados de zinc. El sistema apoyado en zapatas aisladas de concreto armado requirió un lento proceso debido a la condición rocosa del suelo de Manhattan y a las restricciones actuales para el uso de explosivos en excavaciones cercanas a estaciones de tren, según confirma Keith Gray, director de Medios del museo.

De pronto pienso que la luminosidad y flexibilidad programática podrían definir este edificio. La tienda, contenida en un bastidor curvo de malla metálica, equilibra el bullicio de la cafetería y la fila constante de la taquilla o quienes esperan entrar por la minúscula circulación vertical, o a los ascensores color verde.

Boleto en mano, y con una palpable idea de lo que puedo esperar me pregunto por dónde empezar. Puedo elegir una variedad de vías hacia arriba o hacia abajo.

Sumergido dentro de unas discretas escaleras, miro el neón que me recibe con esta sentencia: Silence = Death. Al final, esperan los sanitarios poseedores de un ambiente profuso en motivos de cerezos de mosaico veneciano. En el mismo nivel es posible localizar el Peter Jay Sharp Theater con capacidad para 182 espectadores. Su sencillez sorprende. Detrás de él, todo el centro de comando: red de instalaciones eléctricas, controles de seguridad, backstage, bodegas, taller de mantenimiento, y toda la parafernalia de la mecánica teatral. Llega el momento de recorrer las galerías.

Los creadores aseguran que sus dimensiones varían de los 3.5 a los 10 metros para alojar sin complicaciones la diversidad de formatos de la obra contemporánea: “Si el Arte ha cambiado, el contenedor debe cambiar también”, sostienen. Cada galería mantiene el prometido carácter versátil: no hay obstáculo visual para recorrer las aristas de cada planta y, desde el primer piso (la galería Joan and Charles Lazany) es posible visualizar que la viguería de acero corre paralela a los luminarios aparentes, mientras que el núcleo central delata las silenciosas grietas en el piso de concreto pulido.

Camino por la galería Eugenio López en el primer piso y luego el segundo (Maja Hoffmann/Luma Foundation). Me inquieta subir la estrecha y elevada escalera que conecta directo con la siguiente planta: Dakis and Lietta Joannou que es la más pequeña y dramática. Su altura permite dimensionar el arte objeto que se presenta; no hay distractores posibles, el punto focal es el artista a través de su pieza recibiendo el resplandor de la luz reflejada en los muros blancos. El cuarto piso alberga el centro educativo Pauline Constantine Karpidas, un espacio con aulas, una sala de edición de video, una biblioteca y zona de cómputo.

Intermitentes aparecen las diagonales de acero pintadas en color blanco; en las lumbreras el reflejo del policarbonato, los rociadores, el material ignífugo y el cristal serigrafiado que controla la incidencia solar a través de un patrón adherido que funciona como reflectante. Así, he llegado al quinto nivel donde sorprende el carácter hermético de las oficinas de personal, servicios y salas de juntas. Paneles de policarbonato montados en rieles de aluminio sujetos a piso brindan toda la privacidad que se requiere entre un espacio y otro.

Con un poco más de suerte arribo al Toby Devan Lewis Skyroom, en el piso número seis, un espacio amplio para eventos. Sus escasos 3.50 metros de altura y una vista panorámica de la ciudad en su terraza al aire libre que vigila a Oriente y Sur, me dejan por un momento atónito: me percato que estoy literalmente dentro del escenario que contemplo; es seductor descubrir su cualidad experimental cifrada en las mejores proezas de la humanidad y en sus peores catástrofes.

En la cima
Los últimos pisos de la ópera prima de SANAA en Nueva York coronan con las casas de máquinas. No hay remate que pretenda emular una cúspide quizá justificable, digno gesto de diferenciación con sus símiles urbanos. Me llevo a casa conclusiones e ideas. Son tantas que me sorprende que algo elegantemente sencillo haya provocado un caos de croquis en mi libreta. ¿Tendrá razón Sejima al afirmar que el nuevo habitante de Bowery motiva la reflexión, el cuestionamiento y el sentimiento de libertad? Mis apuntes para Obras pretenden revelar la respuesta.

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