CU, patrimonio mundial

Ciudad Universitaria a punto de ingresar por méritos sobresalientes al cuadro de honor...
Alejandro Ochoa Vega

La importancia de la Ciudad Universitaria de la UNAM como cúspide de la modernidad arquitectónica mexicana y emblema de ese país que transitaba de ser fundamentalmente rural a urbano, es ahora resaltada ante la posibilidad de ser declarada Patrimonio de la Humanidad, según noticias recientes de la prensa internacional y del previo reconocimiento mexicano.

No hay mucho que agregar sobre este conjunto urbano arquitectónico además de los referentes más significativos como el texto de Jorge Alberto Manrique —que consideraría de los mejores— incluido en el libro de Fernando González Gortázar sobre la arquitectura mexicana del siglo XX, (CONACULTA, 1994). Entonces, la idea es apenas destacar alguno de los valores de CU y, por supuesto, celebrar que otro icono de nuestra modernidad, tal como la casa de Barragán, sea reconocido internacionalmente.

A nivel de diseño urbano, el campus combina tanto la escala de un centro ceremonial prehispánico —por sus dimensiones desmedidas y generosas—, además del respeto a la topografía natural, como la respuesta racionalista del sistema vial Harrey, que permitió una circulación continua tanto de autos como de peatones salvada por puentes y pasos a desnivel que comunican los distintos espacios.

Del proyecto de los edificios se puede decir que toda la Escuela Nacional de Arquitectura se volcó en su desarrollo: profesores, alumnos e incluso profesionales independientes. Coordinar a más de sesenta autores, desde la gerencia con Carlos Lazo y la dirección del proyecto con Mario Pani y Enrique del Moral a la cabeza, debió ser una tarea colosal.

La combinación de proyectistas que resolvieron facultades, institutos o cualquier instalación, de experiencia amplia, mediana y a veces mínima, significó una variedad de propuestas que, aunque integradas a una idea de conjunto, imprimieron dinamismo y personalidad a cada proyecto. Desde la grandilocuencia y presencia simbólica de los edificios de Rectoría y la Biblioteca Central, hasta el funcionalismo ortodoxo de las torres de Ciencias y Humanidades, el encuentro más o menos armónico entre el nacionalismo y la modernidad del proyecto de Ciudad Universitaria, lo convierten en una de las experiencias vivas de la arquitectura moderna más apasionantes.

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