Juan Soriano Espacio y volumen

El “niño de mil años” —como lo llamara Elena Poniatowska— juega con los materiales
Ángel Mendoza Cruz

En las últimas décadas de su vida Juan Soriano (1920-2005) moldea esculturas monumentales que conviven con obras de diversos arquitectos y dotan de significado al espacio. Para el artista jalisciense —de nombre Juan Francisco Rodríguez Montoya— crear esculturas es más fácil que pintar cuadros. “La escultura todo el tiempo está cambiando de formas… te invita a caminar alrededor de ella y si la pones al aire libre, sobre ella se refleja el día”, dice en el documental Juan Soriano visto por Arturo Ripstein (2001).

Abierta al público, la exposición Juan Soriano. Escultura Monumental reúne 10 piezas, exhibidas hasta el 28 de mayo en el Atrio del Templo de San Francisco, primer convento fundado en la Nueva España. Ahí pájaros, máquinas y una familia habitarán temporalmente junto a la Torre Latinoamericana, que fuera el edificio más grande de la Ciudad de México, creación de Manuel de la Colina y Augusto H. Álvarez.

Anterior es el vínculo entre arquitectura y escultura monumental. De pequeño moldea con bolitas de masa; a los 12 años visita la casa de “Chucho” Reyes, donde conoce a su paisano Luis Barragán. A los 13 pinta bajo la guía de Francisco Rodríguez. A los 14 vive su primera exposición.

A los 60, entusiasmado como niño, mezcla yeso con agua, imagina con bronce y barro, contempla el fuego de la fundición.

En 2005 una parvada de pájaros gigantes se posa en el Palacio de Bellas Artes. En 2006, a la nueva Secretaría de Relaciones Exteriores, de Ricardo Legorreta, arriba otra parvada de la que aún hoy dos piezas anidan ahí: Pato y Pájaros dos caras.

A petición de Legorreta, realiza, en 1989, la negra Paloma para el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey. Otra paloma es su última invención, develada en 2006 en Puerto Vallarta, Jalisco. En su estado natal habitan, desde 2004, piezas en la Plaza Juan Soriano, dentro de las instalaciones de José Cuervo, en Tequila.

En el parque Tomás Garrido, de Villa­hermosa se halla Toro, fechado en 1987. Ese mismo año entrega dos piezas más: Ola para el World Trade Center de Guadalajara y El caracol para el Museo Amparo de Puebla. De 1993 es La Luna, símbolo del renovado Auditorio Nacional, en el que suman talento Teodoro González de León y Abraham Zabludovsky.

La Sirena sale del mar de fuego en 1994 para colocarse en Plaza Loreto. Entre 1995 y 1996 emerge Dafne para el edificio Arcos-Bosques, de González de León; además, Mano ve la luz en la sede de Grupo Hérdez, pensada por Javier Sordo Madaleno.

Su enorme imaginación en bronce ha estado temporalmente en la Ciudad Universitaria, en el Centro Nacional de las Artes, en el Parque Fundidora de Monterrey, y en la Plaza de la Constitución, entre otros espacios.

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