Museo del Acero Renacer de un Gigante

Lleva el acero fundido en las venas, no tiene nada muerto; en su interior muestra el origen de la vida moderna de Monterrey.
Museo del Acero  (Foto: )
Armando Carranco

“¿Cómo será adentro?”, se preguntaba Job Elí Zambrano Benavides cuando acompañaba a su padre y a su abuelo a las puertas la desaparecida Compañía Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey, donde laboraban.
“Nada más oía los ruidos, los pitos, el mover de las locomotoras arrastrando mineral o producto terminado —relata el extrabajador de la Fundidora—. Cuando ingresé, fue una sorpresa, ese día se me pasó muy rápido, ya quería estar al día siguiente para conocer más”.

El sentimiento de Job Elí Zambrano Benavides, ex-trabajador de la fundidora es común entre muchos de los regiomontanos, pues la historia, la vida cotidiana, así como el paisaje urbano y el crecimiento de la urbe no se explican sin la presencia de las estructuras de los hornos altos de la planta productora de acero que fue el eje central de la vida regiomontana durante gran parte del siglo XX.

“Ha de ser una broma…”
La Compañía Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey fue fundada en 1900 durante los esfuerzos por industrializar al país, propios del porfiriato. En ese entonces el consumo per cápita de acero en México llegaba apenas a seis kilogramos por año. Junto con la Cervecería Cuauhtémoc, fueron los dos grandes protagonistas de la industrialización de la ciudad y catalizadores de un espectacular crecimiento urbano, ya que a principios del siglo XX Monterrey contaba con tan sólo 35,000 habitantes y para 1930 llegaba a 135,000. Hoy se cuentan poco más de 3.5 millones en su área metropolitana.
Sin embargo, después de una prolífica historia, el 8 de mayo de 1986 el silbato que marcó el ritmo de vida de toda una ciudad enmudeció y la llama que emanaba de lo alto del horno se apagó para siempre.

“El último día del horno alto me tocó trabajarlo. En el turno de la noche se apagó. Taponamos las toberas, porque se vació el horno.
— ¿A qué se debe? —preguntamos.
— Parece que hay una reparación…
— ¿Reparación?, pero de qué, si hace poco se hizo una.
—    No, pos que una reparación—. Fue todo lo que se dijo.

A la mañana siguiente, con el horno apagado, ya todo taponado, Job Elí se fue a su casa a dormir. A media mañana lo despertó su esposa: “Oyes, están diciendo que cerraron Fundidora”, y él, incrédulo, le respondió: “No, hombre, ha de ser una broma, pos yo acabo de venir de allá y no sé nada”.

Nunca pasó por su mente que eso pudiera suceder. “Todavía de noche agarré mi lonche, me fui a trabajar y que voy viendo ahí las patrullas: ‘No pueden pasar porque la empresa quebró. Si quieren alguna explicación vayan a su sindicato’ nos dijeron”, recuerda el ex trabajador.

“Fue un golpe muy doloroso, no sólo para mí, sino para todo el personal, los obreros. ¡Tan sólo el año anterior habíamos roto récord de producción!”, recuerda lloroso Ramiro Martínez García, otro de los 2,000 trabajadores de Fundidora que ese día perdieron su empleo.

Despierta el gigante dormido
Después de un periodo de abandono, en 1988 se creó el fideicomiso que administraría lo que hoy es Parque Fundidora, un organismo público descentralizado administrador de un espacio para esparcimiento, diversión y cultura en las instalaciones de lo que fuera la gran siderúrgica.

Años más tarde, en febrero de 2001, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) nombró Sitio de Arqueología Industrial al Parque Fundidora. Con esta designación se adquirió la responsabilidad de restaurar, mantener y preservar las instalaciones existentes. Fue entonces que los industriales del acero en Monterrey decidieron participar proponiéndole al gobierno estatal la creación de un centro de ciencia y tecnología como homenaje a la antigua industria acerera, aprovechando la estructura de lo que sobrevivía del Alto Horno No. 3.

De esta manera, el Consejo del Parque Fundidora entregó en comodato las instalaciones por 50 años al patronato creado para el proyecto, así como un capital inicial de cinco millones de dólares para la restauración. El plan comenzó a tomar forma paulatinamente. El Patronato Museo del Acero AC, presidido por el Ing. Raúl M. Gutiérrez convocó a participar a los principales empresarios del acero de Monterrey.

El concepto final estaba definido. No sería sólo un museo conmemorativo del sitio, sino que aprovechando que en la producción de acero intervienen procesos físicos, químicos, mecánicos, eléctricos, etc., se pensó en construir un centro de ciencia y tecnología donde se abordaran estos temas de manera lúdica e interactiva, dirigido sobre todo a la población infantil y juvenil.

Así, al explicar los procesos de fabricación del acero, los niños aprenderían diversas materias científicas, complementadas con un espacio para la historia de la siderúrgica, que abordaría la historia de la industrialización de Monterrey y de México en los últimos 100 años.

En entrevista para Obras, el Ing. Luis López Pérez, director general del Museo del Acero, nos explica los objetivos de la empresa: “Quisimos rescatar la importancia del acero en nuestra vida cotidiana y lo que detonó esta actividad en la industria mexicana y en nuestra ciudad de Monterrey en particular. Es una forma de honrar a los líderes fundadores de la industria acerera en México”.

El reto no era menor. Se estimó en 36 millones de dólares la inversión total, de los cuales cerca de 12 fueron aportados por el gobierno estatal, otro tanto proveyeron los principales grupos acereros de Monterrey y el resto serían aportaciones de distribuidores, derivadores, transformadores y donadores en general.

A la fecha, la campaña de procuración de fondos va muy adelantada y sólo falta el último 15% para llegar a la meta establecida, que continuará en los primeros meses de operación del Museo. “Hicimos un estudio de mercado que abarca desde el costo del boleto de entrada, hasta nuestro costo de operación, los ingresos por taquilla, souvenirs, restaurante, etc. Tenemos 2,000 m² de renta de espacios para eventos y exhibiciones temporales que ofrecemos a empresas y particulares. Seremos autosuficientes todo el tiempo”, agrega López.

Vaciado de talento
El Museo fue resultado de un concurso internacional donde fueron convocados por invitación 12 de los principales despachos de arquitectura del mundo. El ganador fue el arquitecto británico Nicholas Grimshaw, quien asociado con el despacho regiomontano Oficina de Arquitectura, de Carlos Estrada, desarrolló el diseño final del edificio. El prestigiado despacho canadiense AldrichPears Associates se encargó de la museografía y el guión temático, liderando a un grupo de empresas internacionales de primer nivel para el desarrollo de las 150 exhibiciones interactivas permanentes.

Los espacios para los temas se repartieron en las distintas áreas y se agregó un pequeño y discreto edificio como acceso, claramente diferenciado de las estructuras originales. El programa contempla cuatro espacios principales correspondientes a los cuatro atractivos del Museo: La Galería de Historia, ubicada en el antiguo cuarto de ingreso de carros torpedos y ferrocarril; La Galería del Acero, un nuevo edificio sobre el durísimo suelo del patio de escoria de acero, con una atractiva cubierta a base de placas plegadas formando una planta circular de compleja geometría. El resto de la cubierta se trató con jardines en forma de talud.

En la Casa de Vaciados, frente a la boca del horno, se rinde un gran homenaje con el impresionante Show del Horno, una exhibición multimedia que, apoyada en sofisticados efectos especiales, recrea la producción de acero, sincronizada con una proyección de video con filmaciones reales de aquellos años.

Finalmente, el cuarto atractivo es la recuperación del elevador inclinado que subía los materiales a más de 40 metros para su vaciado, pero en esta ocasión servirá para transportar a los visitantes a la Cima del Horno, donde se aprecian vistas espectaculares de la ciudad.

El programa se complementa con la conversión del cuarto de malacates en oficinas administrativas, mientras que el cuarto de controles es ahora un moderno Café. En las áreas exteriores se mantuvieron todos los elementos y plataformas originales.

Cabe destacar que el acero se expresa en cada espacio del conjunto en todas sus manifestaciones arquitectónicas y estructurales posibles: tensores, perfiles, soleras, barandales, parteluces, herrajes y, principalmente, la bellísima escalera helicoidal con peldaños en cantiliver para acceder a la planta alta. Todo un catálogo de aplicaciones.

Huesos de acero
La obra inició en octubre de 2005 con los trabajos a cargo de la doctora en Restauración Elisa Ruvalcaba Cobo: “El proyecto de restauración se trabajó en conjunto con el proyecto arquitectónico, con una idea básica: ser respetuosos de las estructuras originales. Mantener al máximo las estructuras, los ladrillos refractarios, y otros, combinando los nuevos elementos con especificaciones muy altas. Desde el principio el INAH revisó y dio el visto bueno, tanto del proyecto arquitectónico como de las decisiones referentes a la restauración, y desde entonces tenemos reuniones mensuales de seguimiento”.

Uno de los aspectos más importantes que se cuidaron en esta etapa fue la evidencia de la restauración industrial frente al elemento original. El tono de la pátina fue un factor fundamental: “Lo más difícil fue conservar la pátina que produjo el tiempo. No quisimos imitar ni simular los acabados originales, pero el proceso tampoco debería ser agresivo, sobre todo con los elementos más deteriorados”.

Aunque originalmente se pensó en limpiar las estructuras metálicas mediante ‘sandblasteado’ (lavado a base de expulsión de arena a presión), se prefirió un sistema mucho más lento, pero muy minucioso, que además no dejaría rastro de la intervención.

El primer paso sería una fina limpieza manual con carda de alambre, que dejaría superficies de muy buena calidad para recibir un proceso de desengrasado y, posteriormente, luego de un lavado a presión con agua, las superficies se prepararían con un fosfatizante para recibir su acabado final. Comex aplicó un sistema de poliuretano que consiste en cubrir con Amershield transparente semimate —uno de sus mejores productos para la industria— para conservar la apariencia oxidada de los hornos y a la vez proteger la estructura contra la corrosión futura, pero sin que se note que ésta cuenta con un recubrimiento.

Las estructuras nuevas propias de las instalaciones del Museo se pintaron con esmalte negro para diferenciarse de sus antepasados oxidados.

La etapa intensa de restauración terminó en marzo de 2006 a cargo de la empresa Aceros y Diseños, y a partir de este momento sólo se hicieron trabajos menores faltantes. Hoy, la restauración del Horno 3 es uno de los tres ejemplos de salvaguarda del Patrimonio Arqueológico Industrial que se están llevando a cabo en México. Los otros dos son el rescate de las minas de Real del Monte, en Hidalgo, y la recuperación del Ferrocarril de Aguascalientes y Puebla.

¡Manos al horno!
En la parte final del proceso de restauración se iniciaron los concursos para adjudicar los contratos de construcción. El despacho neoyorkino Davis Langdon hizo la evaluación económica inicial con la consigna: “vamos a salir abajo del presupuesto inicial”. En conjunto con la oficina de Grimshaw, con sede también en la Gran Manzana, iniciaron la revisión del proyecto.

Se optó por un sistema fase-track, donde el plano modificado se autorizaba e inmediatamente salía para presupuesto y construcción, ya que para entonces, el tiempo era el enemigo a vencer. El Ing. Enrique Lozano Lee, gerente de Ingeniería y Construcción del conjunto explica: “Fue en esta etapa cuando nos dimos cuenta de que era preferible una fuerte inversión inicial, pero con un bajo costo de mantenimiento”.

Se concursaron cerca de 50 contratos con empresas nacionales e internacionales. En esta fase, la administración del proyecto fue fundamental. Los contratos, planos, especificaciones y los diferentes documentos de la obra se hicieron de manera muy detallada para construir y revivir al gigante regiomontano en un tiempo récord: de marzo de 2006 a agosto de 2007.

Una nueva vida
El legado histórico que dejó la antigua Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey ha sido vasto y fructífero; generaciones completas se forjaron en la cultura de trabajo del acero. Hoy, el gigante renovado formará nuevas generaciones interesadas en la ciencia y la tecnología, rindiendo tributo a un ejemplar testigo de la historia de la industrialización en México.

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