Tres figuras áureas

Auditorio Nacional
Marcos G. Betanzos Correa

A finales de 2006 eran visibles algunos trabajos que se realizaban en la escalinata del Auditorio Nacional; básicamente una extensión que mantenía la condición de mimetizarse a su objeto arquitectónico. Ya se ha revelado la finalidad de esta discreta modificación: un pedestal urbano que exalta la última obra escultórica de Teodoro González de León. Tres figuras áureas, se une con su metálica presencia a las esculturas que se encuentran en el recinto: La Luna, de Juan Soriano; Escenario 750, de Vicente Rojo; el mural escultórico Teorema Inmóvil, de Manuel Felguérez, y el telón con reproducciones de sandías de Tamayo.

Estos cuerpos escultóricos reafirman la vocación del recinto como articulador entre arquitectura y artes plásticas, y ocupan una plataforma que se prolonga desde el descanso de la gran escalinata del Auditorio. Esta base tiene una altura de 1.62 m, apenas 2 mm más que cada una de las esculturas. “Con ello, el espectador las encuentra desde la parte alta a la altura de su vista. La peculiaridad de esta abstracción de prismas metálicos es que todos tienen 1.618 m de altura, que es la relación áurea respecto a 1 m; tienen escala humana, no son impositivas ni monumentales y, cosa extraña, tienen el mismo trazo en planta y en elevación. Fue un ejercicio de precisión y un accidente inspirado por una roca tallada por el mar, en la costa de Baja California”, indicó el autor.

Dejando de lado cualquier explicación geométrica, formal o conceptual que se pueda generar al observar el agregado escultórico, en buen grado esta obra tiene una carga mayor de simbolismo personal (celebra el cumpleaños 80 de su artífice) y al mismo tiempo le deja una satisfacción intelectual, ya que asegura que la sección áurea, con su complejidad geométrica y matemática, “no produce arte; sólo es un juego sorprendente de combinaciones que no se repiten, pero difícilmente son visibles”.

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