Un espacio de oración habitable

Con la austeridad que caracteriza a los templos franciscanos del sureste mexicano.
La capilla tiene capacidad para albergar a 450

Las tres puertas de la capilla del Seminario Menor de San Felipe de Jesús aguardan a los seminaristas con un carácter firme e inequívoco. Son el umbral entre dos mundos divisibles pero coexistentes: el exterior y el interior, lo que tiene un significado directo al separar la llanura silvestre del espacio cubierto, así como una intención más profunda al representar la redención del individuo en busca de la divinidad.

El proyecto se remonta a cerca de una década, cuando el entonces arzobispo de Yucatán, Manuel Castro Ruiz, hizo patente la solicitud del Vaticano de construir un seminario para bachilleres.

Originalmente, la capilla estaría integrada al conjunto de manera discreta. Se inició la obra y este cuerpo quedó sin construir. Hace tres años la idea resurgió en voz del nuevo arzobispo, Emilio Berlie, quien apostó porque esta vez destacara decididamente.

Como relata para Obras el arquitecto Mario Peniche López, autor y constructor asociado, “el concepto fue hacer un edificio abierto donde pudiéramos estar adentro y a la vez en contacto con el exterior, por lo que la cercanía con la naturaleza era fundamental”.

En esta obra, los elementos del canon son determinantes al cumplir la doble función de ser estructurales y al mismo tiempo didácticos para los jóvenes seminaristas, ya que muestran la simbología religiosa con toda claridad.

Reminiscencias
Ubicada al oriente de Mérida, la capilla del Seminario Menor fue consagrada por el nuncio Giuseppe Bertello el 15 de enero de este año. En ella, Mario Peniche se decidió por una cubierta unitaria retomando la idea de las carpas primitivas al techar con una especie de manto, “que no sólo tuviera la función de cobijar a la asamblea, sino que enfatizara la idea de la trascendencia acudiendo a algunos conceptos de las iglesias del siglo XII que apuntan hacia el cielo”. La luz se abre paso mediante una ranura que forma la base de la cruz y a través de troneras que, a manera de emplomados medievales, capturan el sol. Su estructura es aparente y no hay decoraciones ni revestimientos salvo en el ábside que ha sido acabado en cantera blanca.

El perfil ligero y pulcro de la nave denota su modernidad, descollando la estilizada cubierta cuyas aristas terminan en punta dibujando una especie de medialuna.

Un déjà vu sutil recoge la imagen de Notre Dame du Haut, en Ronchamp, obra icónica de Le Corbusier. El comentario merece la atención de Mario Peniche, quien considera que “en el subconsciente hemos visto muchas cosas que disfrutamos y repetimos. La idea original del manto sin principio ni fin acentúa la trascendencia que parece no terminar. La cubierta rememora algo de Ronchamp; sería un gusto si resultara así”.

Función, forma y estructura
Para el arquitecto Peniche, esta triple relación se cumple en la capilla de manera necesaria. Los espacios son determinantes al inducir la unidad plástica por medio de una estructura creada y sometida especialmente para conseguir la propuesta arquitectónica.

De 24 metros de claro libre, la estructura prefabricada de concreto armado fue diseñada en conjunto con el ingeniero Enrique Escalante Galaz, de Predecón. La cubierta es una sucesión de costillas que describen una curva partiendo de un peralte mínimo en los extremos y convergiendo hacia una trabe mayor al centro. Éstas se apoyan en las columnas laterales en forma rítmica mediante una secuencia de marcos cerrados con cartelas. La suave parábola tiene su cúspide en el extremo oriental y se extiende 672 m2 alojando 450 personas sentadas.

En su parte superior, los intercolumnios se entrecierran con ventilas, permitiendo el flujo del aire que se complementa con las perforaciones de la parte baja de los cerramientos.

Una escalinata enmarca el atrio imponiendo cierta solemnidad en el ascenso, no obstante la breve diferencia de niveles. Una vez arriba se está ya dentro del templo que se incorpora al espacio cubierto mediante cuatro estelas que simbolizan a los evangelistas. Las celebraciones pueden así extenderse a unos 800 feligreses.

El canon
El proyecto debía contener la simbología de la liturgia católica. Del Alfa al Omega se transcurre a través del atrio; el nártex (vestíbulo formado con la portada saliente); la nave; el presbiterio, donde el altar, el ambón (atril) y la sede (asiento del sacerdote) están presentes y, finalmente el ábside, donde se encuentra el sagrario.

Si bien las tres puertas y el atrio son catedralicios, no existen pila bautismal ni campanario dado que no existe una comunidad que convocar.Las 12 columnas que flanquean el altar conmemoran a los apóstoles, siendo el oficiante quien completa la simbología al evocar la última cena en cada celebración.

Ventana hacia Dios
Mario Peniche señala que “esta iglesia abierta no es como esos espacios místicos, oscuros y cerrados que pretenden aislarnos del exterior para entrar en contacto con el Creador; aquí el planteamiento aprovecha las condiciones del sitio y se abre leyendo a Dios que está en todas partes. En Yucatán se vive mucho afuera, en el solar. Por lo común, se habla de la casa maya donde ocurrían pocas cosas, mientras que en el solar ocurría la vida”.

La experiencia de participar en esta obra representa un privilegio especial para Peniche. En casi 30 años de carrera, el arquitecto ha diseñado multitud de residencias, pero “en esta casa el cliente es Jesús, y la comunidad son los futuros sacerdotes de la diócesis de Yucatán, por lo que conlleva una importancia superior”.

Para el proyectista, una mezcla personal entre lo que se es y aquello en lo que se cree, prevalece al final.

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