OPINIÓN: El amor puede alterarnos tanto como una droga psicoactiva

Estar enamorado o bajo los efectos de una droga psicoactiva, afecta el cerebro de la misma manera, y también las decisiones que tomamos
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Por: Roberto Marmolejo Guarneros
Autor: Roberto Marmolejo Guarneros | Otra fuente: 1
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Nota del editor: Roberto Marmolejo Guarneros es editor adjunto de la revista Balance, del Grupo Expansión.

(CNNMéxico) — Mi psicoterapeuta fue contundente: “El peor momento para asentarse en pareja es cuando estás enamorado”. Y es que, como los científicos han descubierto, esta euforia física y emocional altera nuestro cerebro de la misma manera que estar bajo los efectos de las drogas.

“Se te nubla la razón y hacemos elecciones erráticas”, me decía mientras yo ponía cara de angustia. 

Pero aclaremos: ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? La doctora Helen Fisher, antropóloga, profesora e investigadora de la Universidad Rutgers y autora de Por qué amamos y El primer sexo (ambos publicados en español por Editorial Taurus), me explica: “Hay tres variantes del ‘amor’, aunque usemos la mis palabra para ellas. Cada una activa diferentes estructuras del cerebro y químicos cerebrales específicos, conocidos como neurotransmisores, que generan diferentes formas de relación entre los seres humanos. Estas variantes son el sexo; el amor romántico y el cariño o lazos emocionales”.

Eso que los griegos definieron tan bien como “la locura de los dioses” y que nosotros hemos llamado también pasión o estar locamente enamorados, es un impulso que incluso puede resultar más poderoso que el sexo.

Fisher reconoce que “si alguien que deseamos sexualmente nos dice 'no, gracias', no nos morimos y mucho menos matamos, pero mucha gente sufre o comete crímenes pasionales por el amor no correspondido”. Es más, ese impulso es el que ha generado la mayoría de las novelas, películas, canciones o poemas que tanto disfrutamos: de sor Juana Inés de la Cruz a Corín Tellado; de Crepúsculo a Triste San Valentín y de Madame Bovary a Los enamoramientos.

En sus investigaciones, Helen Fisher y su equipo encontraron que durante el “enamoramiento”, se activa un grupo de células que se halla en la base del cerebro y son conocidas como área ventral tegmental. Allí se produce la dopamina, un neurotransmisor asociado con las sensaciones de felicidad, pero también con la depresión (su ausencia causa un bajón anímico) y con el placer que genera consumir ciertas sustancias, como las drogas psicoactivas. “En esa zona se siente el 'subidón' de la cocaína, por ejemplo. Lo que demuestra que el amor romántico es como una adicción: una maravillosa adicción cuando es correspondido; una muy atormentada cuando somos rechazados”.

Y peor: la dopamina estimula la producción de testosterona, la hormona que prende el deseo sexual en hombres y mujeres. Y aunque no siempre este deseo desemboca en romance, Fisher advierte (y bajo advertencia, no hay engaño): “La química del amor romántico puede desencadenar la química del deseo sexual y el combustible que alimenta el deseo sexual, puede a su vez generar el combustible del romance. Ésta es la razón por la que es peligroso tener una relación sexual con alguien con quien no quieres comprometerte. Aunque tu intención sea el sexo esporádico, puede resultar que al final te enamores.”

“¿Y entonces qué hago, Andrés, si sólo enamorado se me ocurre tener pareja?”, le pregunto a mi terapeuta. Él no duda: “Como quiera es la única manera de emparejarse. Pero es un albur. Te puede ir muy bien o acabar muy mal, como si fueras adicto a las drogas.”

Lo malo es que no conozco clínicas de rehabilitación de enamorados.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Roberto Marmolejo Guarneros.

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