Se le acaba el tiempo al euro

La crisis que Europa vive es de solvencia y no de liquidez, afirma Rafael Ramírez de Alba; el experto apunta que para salir de ella, el bloque deberá replantear su modelo económico.
euro crisis  (Foto: Photos to Go)
Rafael Ramírez de Alba*
CIUDAD DE MÉXICO (CNNExpansión) -

A principios de marzo, el Gobierno griego anunció que procedería con la reestructura forzosa de su deuda con acreedores privados por 206,000 millones de euros, con una reducción del 53.5% del monto adeudado, lo cual constituye el mayor incumplimiento de pago de deuda soberana de la historia.

Otros países de Europa como Italia, España y Portugal, han tenido que llevar a cabo importantes medidas para sanear sus finanzas públicas, ante la posibilidad cercana de no poder hacer frente a sus compromisos de pago de deuda, como le sucedió a Grecia. Al mismo tiempo, se han desatado violentas protestas, desde Atenas hasta Barcelona, provocadas por los altos niveles de desempleo, aumento de impuestos y recortes en el gasto público.

Para ayudar a estos países y calmar a los mercados se establecieron fondos de rescate por 500,000 millones de euros, monto que podría aumentar hasta un billón, como han sugerido algunos líderes europeos y de la OCDE.

Sin embargo, no ha sido suficiente para calmar a los inversionistas, ya que cada vez es más claro que Europa no enfrenta  un problema de liquidez que se pueda arreglar poniendo a disposición de los países suficientes recursos para pagar sus deudas y, al mismo tiempo, obligarlos a tomar medidas de austeridad en sus presupuestos.

En realidad se trata de un problema de solvencia, que llevará tiempo resolver y para lo cual tendrán que hacer cambios estructurales sustanciales a sus modelos económicos.

Ante esta situación, vale la pena preguntarnos qué fue lo que llevó a Europa, hasta hace algunos años considerada un ejemplo de las bondades de un "capitalismo con rostro humano", a enfrentar una de las mayores crisis económicas de su historia. También nos hace cuestionar el futuro del euro, el cual a 10 años de haber entrado en circulación, enfrenta serias dudas sobre su viabilidad.

El caso de Grecia es esclarecedor, pues históricamente ha tenido una economía ineficiente, dependiente de pocas industrias como el turismo, con un mercado laboral poco flexible, una burocracia desproporcionadamente grande, así como empresarios más interesados en conseguir privilegios y protección de parte del Gobierno que en ser competitivos. Esto ha dado como resultado un bajo crecimiento económico con niveles de desempleo crónicamente altos.

Al mismo tiempo, la población goza de acceso a servicios de salud gratuitos, empleos de por vida, generosas pensiones y otros enormes beneficios de seguridad social garantizados por el Gobierno.

Sin embargo, mantener este estado de bienestar es muy costoso y requiere de cada vez mayores niveles de gasto público, inevitablemente acompañados por crecientes impuestos que desincentivan la creación de riqueza por el sector privado.

Adicionalmente, aún con altas tasas impositivas no se recauda lo suficiente para mantener el enorme nivel de gasto, lo que genera grandes déficits estructurales en las finanzas públicas. En el caso de Grecia, el déficit fiscal llegó hasta el 15.4% del PIB en 2009.

Hasta antes de la crisis, estos déficits públicos fueron alegremente financiados por los mercados, sobre todo después de la adopción del euro, que le permitió a Grecia obtener préstamos a casi las mismas tasas que Alemania.

El gasto público fuera de control aunado a la recesión de los últimos años, hizo que la deuda pública alcanzara el 160% del PIB, un nivel insostenible que resultó en el incumplimiento de este año.

El euro fue para el Gobierno griego, más una oportunidad para aumentar el tamaño y el rol del Estado, que para hacer los cambios estructurales necesarios que incrementaran la competitividad y la productividad de su economía. Con sus particularidades, deficiencias estructurales similares aquejan también a los demás países del sur de Europa.

Viendo hacia adelante, es muy probable que antes de realizar cambios estructurales profundos que pueden dar dinamismo a sus economías pero que conllevan un alto costo político, Grecia, Portugal, o incluso España, decidan dejar la moneda común, con la correspondiente devaluación de su nueva moneda.

Esto les permitiría evitar las medidas de austeridad impuestas por la Unión Europea como condición para recibir fondos de rescate, así como promover el crecimiento a través de las exportaciones. Sin embargo, aunque una devaluación beneficiaría a los exportadores, el costo para la mayoría de la población sería muy grande por el aumento en inflación y tasas de interés, con la reducción implícita en los salarios reales.

No hay una solución fácil. Como se ha hecho palpable, no es sostenible tener una integración monetaria sin una integración fiscal y límites reales a los niveles de gasto y endeudamiento de los gobiernos, lo que hace pensar que la salida de algunos países del euro es inevitable.

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Pero más allá de la salida del euro, lo que requieren las economías europeas es replantear su modelo económico e implementar cambios estructurales, dolorosos pero necesarios, que promuevan la competitividad, la productividad y un verdadero desarrollo sostenible.

* Profesor del Área Académica de Entorno Económico en IPADE Business School

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