OPINIÓN: La tragedia de Colorado podría cambiar cómo se disfruta el cine

Tras la matanza en la sala de cine en Colorado, los espectadores no volverán a sentirse igual de seguros al ir al cine
Paramédico narra la escena donde ocurrió el tiroteo
Autor: Bob Greene, colaborador de CNN | Otra fuente: 1

Nota del editor: El colaborador de CNN, Bob Greene, es un autor de éxito, entre cuyos 25 libros están 'Late Edition: A Love Story' y 'Once Upon a Town: The Miracle of the North Platte Canteen'.

(CNN) - Es el pacto implícito que cada espectador hace.

Tú compras tu boleto, entras en un auditorio lleno de gente desconocida, miras hacia el frente de la sala, las luces se apagan, y en la oscuridad estás a salvo.

En la pantalla frente ti pueden suceder cosas sorprendentes: tiroteos, choques automovilísticos, amoríos que de pronto se vuelven muy desagradables. Has acordado dejar a un lado la incredulidad. Durante dos horas, te has unido voluntariamente a la historia que amenaza con extenderse frente a tus ojos, dejando de lado el hecho de que uno se encuentra sentado dentro de una sala en la ciudad.

Lo más peligroso puede suceder en la parte delantera de la sala, sin embargo, tú estás protegido y a salvo. Hay una especie de seguridad que ofrece la experiencia de ir al cine, y cada vez que entras a una sala ingresas de nuevo a esa experiencia.

De entre todos los evocadores pensamientos que han acompañado a la tragedia de este fin de semana en Aurora, Colorado, uno de los más difíciles de digerir es el de todas las personas que estaban sentadas en sus asientos —como siempre lo habían hecho en el cine— minutos antes de que las luces se apagaran, mirando hacia el frente, y con la esperanza de que algo bueno saliera de la noche.

Esa palabra, esperanza, es una que siempre está unida al acto de ir al cine.

Roger Ebert, un amigo de 40 años, una vez me dijo que sin importar cuántas películas haya visto, siempre entra en la sala con la esperanza de que en el momento en que salga a la luz del mundo cotidiano algo haya sucedido en la pantalla ubicada al frente de la sala como para ponerlo contento de haber pasado ahí su tiempo. Si no se va a una sala cinematográfica con esa esperanza, entonces no hay razón para hacerlo.

Así que el pensar de aquellos hombres y mujeres en Colorado que salieron de sus casas la noche del jueves, su idea de caminar por el pasillo y seleccionar sus asientos y, a sabiendas de que habría algo agradable, algo memorable, se sentaron y fijaron sus ojos en el pantalla.

El pensar eso resulta desgarrador precisamente porque todos nosotros podemos imaginarlo. Todos hemos estado allí.

La única cosa que jamás se esperaría es que alguien con instinto asesino en su corazón vaya a ver hacia atrás todas las miradas, que se paré en el lugar que se supone nadie se parará, mirando desde lejos la pantalla y en esa sala repleta de rostros llenos de esperanza... es lo que hace casi insoportable pensar lo que ocurrió.

¿Cuál es la frase que todo padre le ha dicho a su nervioso hijo cuando lo que sucede en la pantalla es algo escabroso?

“Es tan solo una película”.

¿Cuál es la variación de la frase de que los estudios de Hollywood han empleado para atraer a las películas de terror a los asistentes al cine?

“Tendrás que decirte a ti mismo: ‘Es solo una película’”

Se supone que nadie va a inmiscuirse en el espacio existente entre el público y la pantalla. Hacerlo sería romper la ilusión.

Fue rota esta semana en Colorado de maneras impensables. Hay una foto de una vieja revista Life tomada para ilustrar la magia del cine, que es tan gloriosa porque muestra la única escena que los asistentes a las salas de cine nunca ven.

El fotógrafo colocó su cámara al frente de una sala de cine y apretó el obturador mientras todas las personas sentadas miraban la historia desplegada en la pantalla. Sus rostros están bañados por la luz de la película. Están en medio de un viaje.

Ir al cine significa desentenderse de uno mismo, renunciar al control, abrirse a cualquier cosa que pueda suceder al frente de la sala.

Y eso es gran parte de la tristeza por lo ocurrido en Colorado. Para las familias de los muertos y lisiados, la mera idea de ir al cine ahora se sentirá para siempre como un puñal en el alma.

Para los demás, los que leímos, escuchamos e informamos el caso, es casi imposible que pronto volvamos a sentir la misma sensación durante esos instantes en el cine justo después de que las luces se apagan.

Es un pacto implícito:

Nos sentamos en la oscuridad, en una sala con personas de las cuales no sabemos nada.

Y luego, cuando las luces vuelven a ser encendidas, todo está en calma y tranquilo. El mundo exterior, el mundo que realmente conocemos, espera nuestro regreso.

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Se supone que una noche en el cine debe cumplir esa promesa, ese final feliz.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Bob Greene.

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