OPINIÓN: Bill Clinton, el as bajo la manga en la convención demócrata

El discurso del expresidente fue magistral y enamoró a la audiencia, pero ¿de qué le servirá al candidato Barack Obama?
Obama ha vivido el sueño americano: Michelle
David Rothkopf
Autor: David Rothkopf | Otra fuente: 1
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Nota del Editor: David Rothkopf es Director General y editor del Grupo FP, editores de Foreign Policy Magazine, e investigador invitado en el Camegie Endowment for International Peace.

(CNN) — Mientras Bill Clinton aparecía en el escenario de la Convención Nacional Demócrata, se percibía amor en el ambiente. Las cámaras de televisión escanearon los rostros del público y era como si cada hombre y cada mujer, sin importar su edad o lugar de origen, veía una vez más a la primera persona que les robó el corazón. Pero tanto el afecto como la pasión se veían igualados por el amor con el que el orador se dirigía a la gente, por la atención que atraía una vez más. 

A lo largo del discurso de 49 minutos de Bill Clinton, con un tono magistral como sinuoso, la intensidad del romance creció. A veces era demasiado bueno para ser verdad. Una mujer en la que las cámaras se detuvieron un momento estaba tan cercana a un desmayo que pensé que en algún punto caería, esa experiencia será única y nunca verá a su esposo o a su amante del mismo modo. Siempre quedarán en segundo lugar.

En ese momento era fácil imaginar que Barack Obama se estaría preguntando si él también viviría un destino similar, mientras observaba a Clinton desde abajo del escenario. 

Para estar seguro, en el inter en que caminaba hacia Clinton para felicitarlo por su discurso, Obama, su equipo y sus fervientes seguidores presentes en la arena de Charlotte parecían encantados por el trabajo del expresidente al apoyar la causa del actual presidente.

Pero, como lo dijo David Gergen en CNN poco después del discurso, “Clinton contó la historia de Obama mejor que Obama”. Eso significa algo, claro: Obama es un orador excelente. A veces hasta se eleva. Pero hasta él mismo lo notó cuando le preguntaron acerca de sus debilidades en su primer periodo, falló en comunicar efectivamente el porqué la gente debería apoyar sus políticas en momentos críticos.

Reconocer esto es sin duda la respuesta de Obama sobre por qué eligió a Clinton para tener un rol central dentro de la convención, cuando al principio de su carrera no quería consultar con él nada relacionado a su presidencia. Pero había un riesgo. Pagaría un precio. Violaría una de las primeras reglas del mundo del espectáculo: Entre más cerca estés de un actor alto más pequeño te verás.

Con su discurso de anoche, su postpresidencia, sus éxitos con la Global Clinton Iniciative (GOI), el ascenso de su esposa como senadora y después como una excepcional Secretaria de Estado, y gracias a la postura que tiene con ella hoy en día, encabeza las encuestas como uno de los políticos más populares en el Partido Demócrata. Clinton ganó el título de la figura política estadounidense más dominante en las dos décadas pasadas. Con arrugas y todo, es para su generación lo que Franklin Roosevelt fue para la suya.

Para un hombre tan orgulloso como Obama, esto debe de ser irritante. Claro que el presidente está indudablemente agradecido por el fulgor con el que Clinton defendió sus políticas y la habilidad con la que rebanó a Mitt Romney con un rastrillo afinado y una alabanza cuidadosamente forjada para sus predecesores republicanos.

Obama, como todos los demás espectadores, debieron sorprenderse sobre cómo Clinton podía hablar de los mismos problemas que los dividen en las encuestas y los que las ennoblecen. “Estar todos juntos es una mejor filosofía que estar solo”, funcionó. Su retórica de “la democracia no tiene que ser un deporte violento. Puede ser una empresa honorable que se acerca al interés público” fue tan oportuno como trascendental. Parte oratoria. Parte plegaria.

Barack Obama debió de preguntarse, “¿He destapado al antagonista de Clint Eastwood? ¿Un tipo que me elogiará no con unas payasadas mal concebidas pero con genialidad?” Pero eventualmente, tras haber pronuncidado el discurso más largo incluso que de la convención de 1988 y universalmente criticado por su verbosidad, Clinton terminó. Y cuando Obama caminó hacia él para abrazarlo y enviarlo a la sala, el hombre más joven preparó el escenario para su quizás última oportunidad de cambiar la narrativa centrada en Clinton que había sido la política demócrata desde 1992.

Esta noche en su discurso a los delegados en Charlotte y a los espectadores de todo Estados Unidos, Obama tendrá la oportunidad de dar un paso al frente y verdaderamente convertirse en el sucesor de Clinton, en lugar de solo apoyar a un jugador que vive en su época, en su sombra. El discurso de Bill Clinton fue supremo incluso descontrolado. Pero no hizo lo que solo Obama puede hacer. No describió la visión del actual presidente hacia el futuro. No ofreció nuevas soluciones a los nuevos problemas que nos enfrentamos como país. Clinton pudo decir forzadamente que estamos mejor ahora que hace cuatro años, pero Obama puede y debe decir cómo estaremos en los próximos cuatro años y cómo posicionará mejor a Estados Unidos para el crecimiento.

Clinton no hizo eso y como un ex presidente, no pudo. (Y no funcionará imitar las políticas de la época de Clinton porque muchas de ellas están caducas y francamente unas, como la desregulación financiera, probaron ser erróneas). Romney tampoco lo ha hecho, el discurso de su convención ofreció algunas ideas, ninguna nueva ni específica.

El país se encuentra ahora en un momento crucial. Solo tiene un presidente a la vez y ese hombre actualmente es Barack Obama. Comenzando por el discurso de esta noche y seguido de su campaña y en el próximo periodo, si es que lo consigue, por un esfuerzo creativo y una visión o la falta de, Obama demostrará que es una nueva fuerza y no un jugador secundario en la historia moderna.

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El discurso de Bill Clinton nos recordó su lugar en la historia. Barack Obama ayudará a determinar la de él.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a David Rothkopf.

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