OPINIÓN: La súplica de un padre, terminar la guerra contra las drogas

El activista mexicano considera que es momento de encontrar la paz juntos, porque de lo contrario, será imposible alcanzarla
La Caravana por la Paz en El Paso, Texas
Javier Sicilia
Autor: Javier Sicilia | Otra fuente: 1
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Nota del editor: Javier Sicilia es un poeta reconocido en México y líder del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. Su hijo, Juan Francisco, fue asesinado el año pasado en su ciudad natal Cuernavaca, Morelos, en México. La Caravana por la Paz cruzó la frontera de San Diego, California, el 12 de agosto del 2012 y arribará  a Washington este 10 de septiembre. Síguela en Twitter @caravanaUSA

(CNN) — ¿Por qué fue asesinado mi hijo? Tenía 24 años y nunca había probado las drogas. Ni siquiera fumaba. Él pagó la mitad de su educación universitaria con una beca deportiva y trabajaba en el equipo administrativo de una clínica en Morelos, México. Entonces, ¿por qué mi hijo fue privado de la vida por sicarios del Cártel del Golfo? ¿Por qué sus seis amigos murieron a su lado también?

La respuesta se podría decir que es obvia. “Porque los traficantes de drogas son malos y tienen que ser detenidos”. La respuesta, sin embargo, no es tan simple. Si así fuera, no encabezaría una Caravana por la Paz a través de Estados Unidos. Planteemos la pregunta de forma diferente. ¿Si el presidente de México, Felipe Calderón hubiera tratado el abuso de drogas como un problema de salud y no de seguridad nacional, sería posible que mi hijo y sus amigos siguieran vivos? ¿Si en lugar de declarar la guerra a los traficantes de drogas hubiera construido una agenda bilateral con Estados Unidos para despenalizar y regular su uso, sería posible que ellos y miles de jóvenes asesinados en los último seis años estarían con nosotros?

Declarar la guerra obliga al enemigo a construir un ataque de defensa. Y si la estrategia principal es acabar con los líderes de las organizaciones criminales. Sí, afecta la estructura de la misma, pero nunca los dejará a la deriva. El presidente Calderón planeó una ofensiva directa contra los “capos” y resultó en una proliferación de pandillas criminales.

Mi hijo Juan Francisco y sus amigos fueron secuestrados, torturados y asesinados por una de esas pandillas, quienes dieron el golpe por 25,000 dólares y dos camionetas de carga.

¿Por qué? Uno de los jóvenes asesinados junto con mi hijo se había quejado de un ladrón en el valet parking de un bar, el cual resultó ser parte de una de esas bandas criminales sin control tras la muerte de su líder, Beltrán Leyva, y la dispersión de sus presuntos cómplices.

Comandante H, un exconfidente de Leyva, fue aprehendido recientemente por las autoridades y declaró que, “yo estaba muy indignado cuando asesinaron al hijo de Sicilia y sus amigos. Matar a gente inocente no es nuestro negocio. Nuestro negocio son las drogas. Pero yo era un fugitivo y no pude hacer nada”.

La espantosa historia sobre mi hijo y sus amigos es similar a la miles más en nuestro país. Más de 60,000 personas han muerto y 20,000 están desaparecidos a causa de la estrategia “ciega” de guerra implantada por Felipe Calderón y las fuerzas de seguridad mexicana desde 2006. Algunos estiman que las estadísticas son aún más altas.

Por eso, decidí dejar de escribir poesía y tomar las calles en compañía de otros que han sufrido del mismo dolor. Ahora viajamos a través de Estados Unidos junto con docenas de familias que están resquebrajados por la violencia y que tienen fe en el movimiento. Que buscan unir a la comunidad estadounidense, en especial a los afroamericanos y latinos que han sido golpeados por la agresión y la criminalización que esta misma guerra impulsa en la frontera.

El camino de la paz debe se adoptado por ambas naciones. Sabemos que el presidente Felipe Calderón no hubiera declarado la guerra sin el patrocinio, el dinero y el asesoramiento militar de Estados Unidos.

Las organizaciones criminales no hubieran podido pelear la guerra sin las armas de alto calibre que son legales en Estados Unidos y que fluyen a través de la frontera mexicana. Los líderes de los cárteles no pueden costear una guerra sin generar enormes ganancias de drogas y una colusión con bancos internacionales para lavar dinero.

Cuarenta y tantos años después de que el expresidente estadounidense Richard Nixon declarara la guerra contra el narcotráfico, es momento de aceptar que es una decisión tan inútil como la Ley Seca instaurada en 1920.

Eso es parte primordial para que el movimiento, después de realizar dos caravanas a través de México y de hablar dos veces con el presidente Calderón en televisión, haya decidido realizar un viaje por territorio estadounidense. Comenzamos en San Diego el 12 de agosto y terminaremos en Washintong D.C. en septiembre 12.  Con cada kilómetro recorrido se busca crear conciencia en la gente de Estados Unidos mientras reafirmamos la importancia de crear una agenda bilateral y pacífica entre México y Estados Unidos. Imploramos a ambos gobiernos que acepten la responsabilidad de acabar con esta funesta guerra.

Nos alienta el apoyo que hemos experimentado durante nuestro viaje, tanto entre nosotros mismos, como de miles de estadounidenses, incluso, madres que han perdido a sus hijos por adicción a las drogas y policías que han decidido hablar sobre la catástrofe causada por la prohibición. Mientras seguimos adelante gracias al momento de diálogo fresco, otros ecos se alzan.

Cada vez que cierro mi ojos veo la mirada de mi hijo momentos antes de su muerte. Tiene miedo, mucho miedo, y detrás del temor escucho la horrible pregunta. “¿Si las drogas fueran legales y no hubiera armas, estaría aquí, apunto de morir? Vamos, papá, deja de lado tus asuntos y dile a todos que esta guerra destruye más personas que las drogas por sí mismas. Diles que no hay prohibición que valga la pena de persona alguna. Habla sobre la necesidad de encontrar paz para que otros padres no tengan que ver morir a sus hijos de esta manera y otros hijos no sufran lo que yo sufrí”.

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Es por eso que estamos en Estados Unidos. Si no encontramos la paz juntos, nunca la encontraremos.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Javier Sicilia.

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