OPINIÓN: Eric Hobsbawm, ¿por qué creer en el marxismo en el siglo XXI?

Uno de los historiadores más grandes de la época moderna que jamás dudó, y defendió sus ideales hasta el final
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Timothy Snyder
Autor: Timothy Snyder | Otra fuente: 1
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Nota del Editor: Eric Hobsbawm, visto por muchos compañeros como el más grandioso historiador de la posguerra de las ideas europeas, ha muerto a los 95 años. Aquí, Timothy Snyder, un profesor de historia que tiene el nombramiento de Bird White Hosoum por la Universidad de Yale, explica por qué la determinación de Hobsbawm de creer en el marxismo a pesar de que ya estaba pasado de moda e hizo de su mensaje algo tan especial para los historiadores y lectores alrededor del mundo. El libro más reciente de Snyder “Bloodlands: Europe Between Hitler and Stalin”, salió este lunes.

(CNN)  ¿Por qué Eric Hobsbawm, uno de los historiadores más grandes de la época moderna fue marxista aún después de la extinción de la Unión Soviética, y defendió al comunismo hasta el siglo XXI?

Ser un hombre de la generación de Hobsbawm era haber experimentado el colapso del capitalismo en la Gran Depresión, ser un judío en la generación de Hobsbawm era haber visto el surgimiento de Hitler y la Alemania nazi. En esos años de los 30, los años cuando Hobsbawm era un joven brillante, tuvimos que enfrentarnos con lo que parecía ser una decisión binaria, estar con los nazis o en su contra. Y nadie parecía estar más en contra de los nazis que los comunistas. Hobsbawm se unió al Partido Comunista cuando era muy joven, y le fue leal, a su manera, hasta le final.

El comunismo también ofreció, de manera similar a lo que hacen las ideas no religiosas hoy en día, un sentido de comunidad. Pertenecer al Partido Comunista era tener un sentido de conspiración, una lealtad a amigos que habían sufrido y sufrirían más, y un sentido colectivo de que la lucha no fue en vano, de que un mundo más glorioso podría venir y lo hará. Como la religión es para los estadounidenses que repiten que “las cosas pasan por una razón”, el comunismo ofrecía una lógica para el dolor y el progreso. Cada arresto, cada sentencia a un campo de concentración, cada ejecución no solo fueron un momento de horror, sino las pruebas de la decadencia del capitalismo y su debilidad.

La historia era que el comunismo podría consolidar a una época porque trascendía a cualquier generación. El motor de esta historia era el cambio en los medios de producción. Mientras la estructura básica de la economía se transformaba, el orden feudal tradicional en el campo le dio paso al capitalismo en las ciudades. Una vez que la industria se forjó y las clases trabajadoras eran masivas, la gente exigió el fruto de su labor, y las fábricas y las ciudades eran compartidas por todos. La propiedad privada se convirtió en pecado original, pero con la revolución esa mancha desapareció y regresamos a la idea original en la que seríamos buenos, pacíficos y prósperos. 

La historia tenía una lógica, pero también necesitaba de un elemento de fe. La fe y la lógica tenían que trabajar juntas, y en una mente como la de Hobsbawm, una de las más grandiosas del siglo XX, la lógica podría tener fe en las sombras. Pero siempre estaba presente, y a lo mejor al final era dominante. Los comunistas podrían ser excelentes historiadores (los fascistas no), porque el comunismo provee la historia en una sola trama. Gracias a eso, en el siglo XX pasó de ser una idea a una realidad política. Su historia lentamente se transformó de una profecía a una edición en retrospectiva.

La Unión Soviética, citando el término de Brezhev, “realmente existió”, y sus políticas de asesinatos masivos fueron ampliamente conocidos: la hambruna deliberada de millones de ucranianos en 1933, los tiroteos masivos de campesinos y etnias minoritarias en 1937 y 1938, la alianza con la Alemania nazi en 1939, las ejecuciones de los prisioneros polacos en 1940, la dominación de la posguerra en Europa del Este, la devastación de los movimientos revolucionarios en Hungría en Checoslovaquia, y todos lo sucedido en el resto de la nación.

En la extraordinaria historia del mundo moderno de Hobsbawm, la última parte es la más débil, ya que, debemos abordar el problema de una Unión Soviética que por sí misma representa un problema en el esquema comunista. No cumplió con su cometido dentro de la ideología política, y después terminó por acabarse. Pero la idea de que la historia es un relato interesante con una conclusión increíble no es real. Durante el curso de la Guerra Fría, en occidente, especialmente en Estados Unidos, se concebió a la historia como si tuviera una sola trama, pero era todo lo contrario a una línea comunista. La propiedad privada tenía que quedarse, no ser abolida. El Estado debe reducirse, no crecer. Los ricos no son villanos sino héroes. El capitalismo no planea su propia caída, sino una forma de brindar estabilidad. Si siguiéramos estas simples prescripciones, entonces la utopía también nos embargaría. El fin de la Unión Soviética era comprendido por muchos de nosotros no como el fin de una ideología, si no como una prueba de que nuestra ideología era la mejor.

Lo que Eric Hobsbawm pensaba, escribía y vivió, es un punto que va más allá del juicio de cualquiera de sus colegas, y hay gente mucho mejor preparada que yo para juzgar. Pero me gustaría compartir un pensamiento. Eric ciertamente era leal a la memoria de sus viejos camaradas, y ciertamente era sentimental acerca de su propio pasado de juventud. En su edad adulta, supongo sin ninguna certeza, él se encontró a sí mismo con un momento histórico, el nuestro que aún parece como una era de la ideología, solo que él con su propia ideología en una posición más débil. Y aún así era un luchador. Mientras que editaba el pasado de acuerdo con sus ideas, luchaba con la historia de una manera que solo puede ser problemática, él defendía a un Estado soviético que ya no existía con argumentos que parecían estar muertos. Pero tan errado como estaba, sí tenía ciertas virtudes. Después de todo, defendía a los débiles, incluso, en nuestra difícil época y especialmente en este momento.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Timothy Snyder.

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