OPINIÓN: El cambio climático, un peligro más grande que 'Sandy'

Seguir un método de prevención ante una catástrofe inmediata no sirve de mucho, cuando existe otro problema latente con daños permanentes
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Autor: Ben Orlove | Otra fuente: 1

Nota del Editor: Ben Orlove, antropólogo, es profesor en la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales, y en el Instituto de la Tierra en la Universidad de Columbia, es director del Programa de Maestría en Clima y Sociedad, y director del Centro para la Investigación de Decisiones Ambientales.

(CNN)  Me pasé gran parte del domingo en contacto con un grupo de colegas investigadores. Como yo, hay otros compañeros profesores que están interesados en entender cómo la gente responde al clima y al tiempo meteorológico.

Cuando nos enteramos en el transcurso de la semana que el huracán Sandy podría tocar tierra en lugar de ir hacia el mar, decidimos hacer una encuesta telefónica.

El viernes comenzamos a preguntar a los residentes de la Costa Este de Estados Unidos si pensaban que la tormenta llegaría, qué tan peligrosa sería, y qué medidas tomaban para protegerse de ella.

Queremos saber qué tan bien manejarían las múltiples amenazas: viento, mareas tormentosas, lluvia pesada. No sabremos los resultados hasta dentro de cuatro semanas, cuando hayamos procesado las entrevistas, que aún se llevan a cabo en lo que escribo. Pero nuestras impresiones iniciales son que muchas personas aún se enfocan en las características de los huracanes de otras décadas, particularmente el camino específico del ojo de la tormenta y la velocidad de los vientos.

No se dan cuenta de que una tormenta puede ser destructivamente violenta a cientos de kilómetros de su centro, y que tiene otras maneras de hacer daño además de los vientos; amenazas que son particularmente serias para Sandy. El conocimiento de los científicos sobre los huracanes aún no ha sido explicado para que lo entienda el público.

Sin embargo, sí tuve unos momentos de descanso este domingo. En la mañana fui al gimnasio en donde las pantallas de televisión detallaban las evacuaciones que ocurrían en las áreas bajas y alertaban a la gente de los cierres del transporte subterráneo esa tarde. Después de la comida fui a comprar más alimentos. Los peatones de mi vecindario no estaban caminando tranquilamente, sino que estaban apurándose hacia los supermercados y farmacias, o regresando a sus casas con pesadas bolsas de provisiones.

A media tarde, después de una ronda de correos electrónicos a unos colegas, mi esposa y yo decidimos ir a caminar al parque de nuestro vecindario, antes de su habitual cierre a las 5 de la tarde. Sabíamos que a lo mejor no podríamos salir por un día o dos. También aquí había menos personas de lo normal. El cielo gris y las fuertes brisas pudieron haber asustado o desanimado a los que habían terminado con el proceso de preparación. La mayoría de los que se encontraban en el parque eran personas con sus mascotas, ya que sabían que dentro de poco estarían encerradas en sus departamentos.

Hicimos una pausa para ver el Río Hudson, y vimos unos barcos irse al norte en busca de aguas seguras. En las aguas abiertas de Long Island las olas se proyectaban a unos 12 metros o más alto, y hasta en la Bahía de Nueva York pudieron haber alcanzado como un metro y medio o dos. Tal vez estaba más tranquilo río arriba. Lo que me impresionó era lo largo de las estelas que dejaban los barcos al ir en contra de la marea. Las embarcaciones, generalmente, esperan una ola entrante para que las lleve. Pero estos barcos no podían esperar.

Cuando dejábamos el parque, volteé a ver al río que aún bajaba rápidamente. Supe que las olas se voltearían y que la tormenta llegaría con toda su furia. Y pensé en la estructura más vulnerable de Manhattan, el rompeolas en la punta sur de la isla. Esta pared, que previene la inundación de los transportes subterráneos de la ciudad, tiene casi 3 metros de alto y por lo general es una buena defensa, pero se enfrenta a tres fuerzas que hacen crecer al agua. Las olas son la primera, la segunda es el agua presionada hacia la costa por las tormentas. La tercera es el cambio climático.

A lo largo del siglo XX, los niveles del mar se elevaban como resultado del calentamiento de los océanos y el derretimiento del hielo en los glaciares. El aumento, que varía según el lugar, los patrones del viento y las corrientes marítimas, ha sido de menos de medio metro más o menos en el puerto de Nueva York.

Cuando a este menos de medio metro se añada a las olas de un poco más de un metro cuando hay luna llena llegará a metro y medio, más de la mitad de la altura del rompeolas. Los implacables vientos de Sandy han empujado al agua frente a la tormenta mientras se acerca a la costa, asta fuente crecerá debido a la distribución de la costa de Nueva York. Si supera el metro, los transportes subterráneos se inundarán e interrumpirán el transporte por semanas con daños de miles de millones de dólares.

El año pasado, el huracán Irene también llegó en una época de marea especialmente alta, y su fuente de tormenta estuvo a unos centímetros de inundar el dique. Las tormentas y la marea son naturales, pero el aumento del nivel del mar no lo es. Si sigue así, Nueva York será más vulnerable. Todas las ciudades costeras lo serán.

Los barcos podrán navegar hacia el norte del Hudson para escapar del peligro, pero los rompeolas y los transportes subterráneos son limitados en espacio. Los gobiernos, medios y comunidades toman acciones ante la amenaza inmediata de un huracán, siguen pasos para preparase y reducir los daños. Emiten alarmas, le recuerdan a la gente que compren provisiones, cierran parques y transportes subterráneos, abren refugios, y organizan evacuaciones.

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¿Tomaran acciones más importantes y difíciles para protegerse de la inminente amenaza de un cambio climático más lento y mucho más grande?

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Ben Orlove.

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