OPINIÓN: El segundo periodo de Obama no hará diferente a EU

La verdadera transformación del país no está en el resultado de una elección presidencial sino en modificar el sistema de gobierno
Autor: David M. Kennedy | Otra fuente: 1

Nota del editor: David M. Kennedy es un profesor de historia retirado y director del Bill Lane Center for the American West en la Universidad de Stanford. Fue ganador de un Premio Pulitzer por “Libertad del miedo: los estadounidenses en la Depresión y la Guerra, 1929 – 1945”.


(CNN) –
Otro ciclo electoral termina, es buen momento no solo para los ganadores y perdedores, también es idóneo para reflexionar sobre el sistema político de Estados Unidos y porqué a menudo es una decepción para los votantes y presidentes por igual.

Piensa en las extravagantes esperanzas y promesas que acompañaron la elección de Barack Obama en 2008. Obama seguramente tiene buenas razones para pensar que la agitación financiera de 2009 se presentó como una oportunidad de transformar y mejorar al país.

Y así fue hasta cierto punto, misteriosamente el candidato demócrata decidió no traer esto a la mesa durante su campaña de reelección y tomó el camino de resaltar los logros legislativos como la ley de asistencia accesible y la reforma financiera de Dodd-Frank.

Pero los logros son pequeños en comparación con las aspiraciones de Obama, y fueron complementados con otras tantas iniciativas que funcionaron en la campaña de 2008.

Esta vez, el Obama prevenido falló notablemente en ofrecer una gran visión del futuro y se limitó a desprestigiar a Mitt Romney, además de concentrarse en pequeños problemas.

¿Qué hay en la presidencia de Estados Unidos, de todos modos?

Cada cuatro años, los ciudadanos se embriagan de política presidencial. Incluso, a pesar de que los medios “marinan” una campaña permanente, el ciclo no cambia. Aunque hace más de un siglo que la mayoría de los votantes no se preocupa por emitir su voto, ahora, es difícil escapar a la saturación de noticias, publicidad e infinidad de discursos que acompañan el recorrido a la Casa Blanca.

Ningún país gasta tanto tiempo en elegir a su líder político. Los británicos y australianos generalmente terminan el trabajo en seis semanas. Los franceses tienen una regla de no superar más de tres. La campaña más larga en la historia de Canadá duro 74 días. Y ningún otro derrama cubetas llenas de dinero en un proceso electoral como los estadounidenses: aproximadamente 6,000 millones en la contienda actual. La politiquería perpetua es tan común como el pay de manzana en EU, y bastante más cara.

Y con relación a los candidatos, ¿qué los asusta? En una nación que ha sido instruida para creer que cualquier niño puede crecer y ser presidente, un sorprendente número de hombres ambiciosos (y por lo menos algunas mujeres) toman la lección muy a pecho.

Han dedicado enteramente su vida adulta a buscar la presidencia. Han trazado, planeado, rogado, negociado, peleado y muchas veces humillado por perseguir el premio. Por lo menos en algún momento, la gran Oficina Oval ha quebrado a sus mandatarios.

Abraham Lincoln y Franklin D. Roosevelt son dos ejemplos de los tantos presidentes que pueden considerarse exitosos y que cumplieron con sus objetivos, aunque en ambas administraciones se perdieron vidas, una por asesinato y la otra por trabajo excesivo y negligencia.

Generalmente ocurre todo lo contrario con otros respetados hombres en la presidencia que pierden su reputación. Como Ulysses Grant, Herbert Hoover y Lyndon Johnson, que demostraron un impresionante dominio en la etapa de campaña, pero la presidencia probó ser una carrera que puede romperte el corazón. El número 1600 en la Avenida Pennsylvania es el escenario de momentos amargos, así como algunas tragedias épicas estilo Shakespeare.

Ante la desalentadora historia, ¿por qué alguien se atrevería a ser presidente? James Garfield se lo preguntó solo unos meses después de ocupar el cargo: “¡Dios mío! ¿Qué es lo que tiene este lugar que cualquier hombre quiere ocupar?”.

Muchos hombres lo quieren incluyendo a Mitt Romney y Barack Obama. Los dos responderían la pregunta de Garfield con una respuesta simple, la Oficina Oval es el lugar predilecto para servir al país.

Pero tanto Garfield como otros presidentes, hasta Obama, aprendieron que la presidencia es una peculiar institución con menos poder actualmente del que se piensa.

El presidente y vicepresidente solo son dos de los 537 electos en Washington. Alrededor de la Casa Blanca hay un campo minado con vetos suficientes para acabar con la ambición de cualquier hombre.

Sí, los presidentes modernos se enfrentan a una imponente maquinaria del siglo XXI, que opera cada rincón de la vida estadounidense. Además, comparte autoridad con 50 gobernadores y entidades, como la Reserva Federal, que en su mayoría actúan de manera independiente al mandato presidencial. Tampoco tiene voz oficial en los procesos legislativos, salvo por tener derecho al veto, el cual puede ser revocado por el poder superior del Congreso. Puede nominar jueces a nivel federal y en la Suprema Corte de Justicia, pero debe ser confirmado por el Senado y en cualquier caso debe servir orgullosamente al poder judicial independiente. Él es el comandante, pero la Constitución reserva el derecho al Congreso de declarar una guerra.

No simplemente se trata del deseo por el cargo, no importa que tan atraído constitucionalmente te sientas. El apetito de hombres y mujeres por la oficina es guiado por el amor a su país y, Obama y Romney lo demostraron al pelear por la vacante.

Contrario a las promesas de una balada, en la política como en el romance, el amor no es suficiente y raramente lo conquista todo.

Es la dura lección que aprendió Obama los últimos cuatro años como presidente. Es un patriota devoto, quien en 2009 elogió a los Fundadores en su discurso inaugural, “sus ideales aún brillan en el mundo”.  Exaltó un efusivo acto de afecto entre sus compatriotas durante la contienda de 2008.

Pero los últimos cuatro años no demostraron ese amor entre el presidente y su gente. Todo lo contrario, el apoyo se enfrió y algunos le han abandonado. Sus detractores se multiplicaron y se pusieron en su contra. Y apaciguaron su visión idealista del país.

La frustración del presidente no solo se derivó en un clima de escepticismo, sino que el discurso sobre los Fundadores se convirtió en un mecanismo manufacturado de autodefensa.

A los estudiantes se les enseñó a leer con cuidado “los pros y contras” de la Constitución. Sin observar detenidamente a los pasivos que integraron su diseño y que construyeron un sistema que fuera difícil de operar, en especial para la presidencia.

La experiencia con las colonias británicas, los llevaron a ser cautelosos con el poder, y a pesar de que elegir un presidente era parte de la evolución, se aseguraron que en ningún momento tuviera oportunidad de gobernar como en una monarquía.

Los estadounidenses se caracterizan por tener un liderazgo fuerte, pero su necedad es una muestra de que no es lo que buscan. Tal vez quieren un gobierno efectivo, pero las medidas parecen dividir la forma de manejar al país cuando ninguno controla ni la Casa Blanca, el Senado o la presidencia.

No es de sorprenderse que los objetivos de Obama se hayan cumplido con algunas limitantes. Que provocaron un mal antecedente en la política estadounidense de 2010, desataron una nueva ronda de un gobierno dividido y un pequeño recordatorio de que las aspiraciones de un presidente joven no encajan con el panorama de EU.

Somos una democracia, y no podemos escapar a la lógica de tener el gobierno que elegimos y merecemos. Nos guste o no, la primera parte de la administración de Obama confirma que el sistema de gobierno funciona de acuerdo a su diseño.

La temporada de efectividad y vigorosidad presidencial dura muy poco tiempo; la maquinaria constitucional comienza a delimitar al presidente casi desde el primer día, a la par de que persevera nuestra permanente contradicción a la cultura política. A los dos años, las culpas comienzan a crecer.

Pero si hay un culpable, somos nosotros y el sistema político, y por lo mismo no podemos esperar nada sustancial o diferente en el segundo periodo de Obama.

El proceso será igual que el de los últimos dos años: un disciplinado e intransigente Partido Republicano que domina la Casa Blanca, un papel débil y frágil de la mayoría del Senado demócrata, y un disminuido, desalentador y predecible presidente en un cuarto, con un gran reto fiscal, un ambiente internacional volátil y un inconcluso e incoherente trabajo en energía y políticas de migración.

Entonces, ¿por qué nos emocionamos con la presidencia? ¿Por qué no generamos una revolución por el anticuado sistema, en el cual el presidente es el menos útil? ¿Qué hay del gobierno dividido?

Obama quedará condenado a cuatro años más y no será más que un liliputiense bebedor de cerveza. El país se describe así mismo como la mayor potencia a nivel mundial, pero no puede poner orden en su propia casa, acaso ¿no es el momento indicado para realizar una revisión a fondo de nuestro sistema?.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a David M. Kennedy.

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