OPINIÓN: Los cuatro pilares para una efectiva política educativa en México

Si México siembra un nuevo plan educativo con el cambio de gobierno, en 2024 podrían cosecharse frutos mayores a los actuales
La cumbre de líderes por la educación en México
Autor: Miguel Székely | Otra fuente: 1

Nota del editor: Miguel Székely es director del Instituto de Innovación Educativa del Tecnológico de Monterrey. Se desempeñó como subsecretario de educación media superior de la Secretaría de Educación Pública (SEP) en el sexenio que está por concluir. 

(CNNMéxico) — México enfrenta rezagos considerables en la calidad de la educación a la que tienen acceso los ciudadanos.

Por ello, considero que una nueva política educativa debe ser estructurada alrededor de cuatro pilares fundamentales —que abordo de forma extensa en el libro Educación para la Transformación, escrito en coautoría con Marcelo Cabrol y editado por el Banco Interamericano de Desarrollo—.

1.- Definir el perfil de egreso de los alumnos de preescolar, primaria, secundaria, educación media superior y superior, como un perfil compuesto de competencias y habilidades, en lugar de constituir un listado de materias a cursar o de conocimientos que se acumulan a lo largo del ciclo educativo. El definir dicho perfil y utilizarlo como punto de referencia para orientar los esfuerzos del sector es un punto de inicio indispensable para ofrecer claridad de objetivos y para orientar los esfuerzos hacia una meta común. De dicho perfil de egreso se puede derivar el perfil del docente en cada caso, entendido como las competencias y habilidades con que deben de contar las maestras y los maestros para desarrollar el perfil de egreso en sus alumnos. El que todo docente cuente con la claridad del papel que está desempeñando en la consecución de la meta (el perfil de egreso) facilitará su transformación. Asimismo, del perfil de egreso del alumno y del docente, se puede derivar un perfil del director o de la directora del centro educativo, que es un actor fundamental en la provisión del servicio.

2.- El modelo educativo. Si el perfil de egreso se define en términos de competencias y habilidades, el modelo memorístico tradicional del pasado evidentemente quedará rebasado. Un docente que ingresa al aula y concentra su tiempo en dictar cátedra o en transmitir conceptos, datos e información difícilmente propiciará el desarrollo de dichas competencias y habilidades. En un nuevo modelo se requieren docentes que se transformen de catedráticos en acompañantes y facilitadores en el proceso de aprendizaje. Se requiere por lo tanto que los contenidos educativos y el modelo en sí mismo trasciendan su énfasis en lo memorístico y se centren en los alumnos de manera que los métodos pedagógicos, la práctica cotidiana en el aula, los métodos de evaluación, los espacios de tutoría, y el ejercicio mismo de la docencia estén en función de lograr el perfil de egreso en cada alumna y alumno.

3.- El conjunto de insumos necesarios para que el modelo educativo modernizado genere el perfil de egreso. En este grupo se incluyen, entre otros elementos, la selección y formación docente, la selección y formación de directivos, la infraestructura, el equipamiento, los materiales educativos, un modelo de gestión escolar que permita al directivo tomar decisiones para su centro educativo, condiciones laborales adecuadas para los actores que participan en la educación, instrumentos para lograr una vinculación entre la escuela y el sector productivo, y la tecnología necesaria para instrumentar el nuevo modelo.

4.- El cuarto pilar integra los mecanismos de evaluación, monitoreo y medición que permiten verificar en qué medida el sistema como un todo y cada centro educativo en particular se acercan a la generación del perfil de egreso. Dentro de este grupo pueden incluirse mecanismos intermedios como la certificación de docentes y directivos –que consisten en evaluar a los diversos actores para verificar si han desarrollado el perfil docente o directivo, respectivamente, que se requiere para contribuir a la consecución del perfil de egreso de los alumnos–, la certificación de calidad de la infraestructura y del equipamiento por centro escolar, el uso de pruebas estandarizadas similares a PISA, TIMMS y a otros instrumentos utilizados en la actualidad en la región para medir los avances en el logro del objetivo en los alumnos, y los mecanismos de acreditación entendidos como procesos mediante los cuales se evalúa si un centro educativo cuenta con todos los recursos físicos y humanos necesarios, y con un modelo educativo para lograr el perfil de egreso.

Evidentemente, para impulsar una política pública fundamentada en estos cuatro pilares, es necesario llegar a un consenso entre los actores centrales de la educación, lo cual incluye a las autoridades de diversos órdenes de gobierno, a los docentes representados en sus organizaciones gremiales, a los padres de familia, a la sociedad que participa en el mejoramiento de la calidad de la educación mediante organizaciones formalmente reconocidas y a las instituciones nacionales e internacionales que se sumen para acompañar la iniciativa.

Se requiere por tanto un consenso político amplio que posicione al tema educativo en el centro de la agenda nacional. Hay que enfrentar la realidad de que, para transformar a una generación en términos de la calidad educativa, es necesario empezar desde el principio, es decir, incluso antes de que los alumnos ingresen al primer grado de la escuela primaria.

En este caso no hay atajos. Si se continúa con esfuerzos dispersos que atienden algún aspecto específico de la educación en lugar de transformar al sector de raíz, probablemente estemos llegando a la era del conocimiento del siglo XXI cuando este ya esté terminando.

Una manera de asumir verdaderamente la idea de la educación como prioridad sería empezando por garantizar que todos los alumnos ingresen al primer grado de la escuela primaria en condiciones de mayor equidad, y que cuando se expongan al sistema educativo se enfrenten a un modelo sustentado en los cuatro pilares propuestos, de manera que desde el inicio se cuente con total claridad sobre la meta a seguir y se tenga acceso al modelo, a los insumos y a los mecanismos de verificación necesarios. Un alumno o una alumna que ingresara al primer grado de primaria en 2012 bajo un esquema de este tipo, estaría egresando en 2024, 12 años después, para encontrarse a las puertas de la educación superior.

Es decir, los primeros frutos de un esfuerzo tan ambicioso como el que se plantea no se verían en el corto plazo, sino al menos 12 años después. Esta realidad plantea un reto en sí mismo, debido a que los ciclos políticos en el país son menores a este lapso.

Si los encargados de la política pública saben que no verán los frutos de sus esfuerzos, y más aún, que probablemente otros líderes sean quienes cosechen sus frutos en el futuro, es posible que los incentivos para una transformación profunda sean menores, ya que los costos económicos y políticos de una iniciativa como la que se plantea pueden ser considerables.

Hipotéticamente, si lográramos como país ofrecerle a la mayor parte de nuestras niñas y nuestros niños que ingresarán al primer grado de primaria en 2012 una política moderna y de vanguardia para transformar su educación, en 2024 estarían emergiendo como ciudadanos, alrededor de los 18 años de edad, con un conjunto de posibilidades exponencialmente mayores que las de sus pares actuales.

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La generación 12-24 es la oportunidad más cercana con la que contamos para empezar una profunda transformación educativa. De lograr los consensos necesarios y de contar con una visión de política pública adecuada para este propósito, probablemente en 2024 logremos afirmar que el educativo es uno de los sectores más difíciles de transformar, pero que México lo ha transformado para posicionarse en un nuevo camino de prosperidad y desarrollo para el resto del siglo.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Miguel Székely.

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