OPINIÓN: Jesús tiene diferentes versiones, pero ¿quién era?

Todos hablan de él, tiene miles de millones de seguidores, aunque muy pocos entienden de dónde viene y cuál es su mensaje
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Autor: Jay Parini | Otra fuente: 1

Nota del Editor: Jay Parini, poeta y novelista, es autor de “Jesus: The Human Face of God”. Es el Profesor Axinn de Inglés en el Middlebury College.

(CNN) En Navidad, el nombre de Jesús resuena en todos lados, en casas, iglesias, en preciosos villancicos, incluso, en conversaciones casuales. Sin embargo, los cristianos establecieron la fecha del 25 de diciembre como Navidad hasta el siglo IV, la decisión probablemente tenga algo que ver con su cercanía al solsticio de invierno o su posición como el último día de la Saturnalia Romana.

De hecho fue al final del siglo tercero que el emperador romano Aurelio proclamó el día como festivo al celebrar el nacimiento del Sol Invicto (Sol Invictus). Hoy en día representa la bienvenida al infante que se convirtió en Cristo, palabra griega para Mesías.

Probablemente hay muchas visiones de Jesús, y versiones, como hay cristianos. Muchos se refieren a él como su salvador, el Hijo de Dios enviado a la Tierra para salvar a los seres humanos de sí mismos. Otros lo ven como un gran maestro, un sanador o rabino de poder extraordinario, un hombre santo o profeta que proponía una nueva alianza entre el cielo y la tierra. Para algunos, él representa un nuevo orden mundial, una sociedad igualitaria, un predicador de la no violencia que nos pidió dar la otra mejilla.

¿Él era el tan esperado Mesías? ¿El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo con su sacrificio? ¿El Rey de los judíos? ¿O algo menos dramático pero igual de impresionante, un maestro ético de gracia y poder extraordinarios?

Mi padre, un ex católico romano, se hizo ministro bautista, y yo crecí con una visión interna de la cristiandad evangélica. Mi padre leía en voz alta la Biblia a la hora del desayuno cada mañana, siempre en la versión del Rey James. A principio de diciembre, yo escuchaba al unísono las narrativas del nacimiento de Lucas y Mateo. Después sobre los Tres Reyes Magos que venían del este, una estrella misteriosa, la masacre  de niños inocentes por el Rey Herodes, y un viaje de la Sagrada Familia a Egipto.

Mi padre, como yo, prefería la historia más tranquila acerca de Lucas y la Navidad: “Y había en el mismo país pastores en el campo, cuidando su rebaño día y noche. Y, lo, el ángel del Señor vino a ellos, y la gloria del Señor les dijo, No teman, esperen, les traeré olas buenas de gran felicidad, que serán para toda la gente”.

Recuerdo haber preguntado a mi padre un día porque esas dos historias de Navidad parecían incompatibles. Hasta los linajes puestos por Mateo y Lucas tienen pocos puntos en común. También me preguntaba sobre los otros dos evangelios, Marcos y Juan, que no mencionaban la Navidad.

¿Por qué no se mencionaba la Navidad en ningún otro lado en la Biblia? ¿No les importaba? Mi padre era un tipo gentil, pero cuidadoso, con una fe dura como piedra. “Probablemente es mejor no hacer preguntas difíciles”, dijo. “Dios, con el tiempo, nos dará las respuestas. Pero no ahora. No en esta vida”. Me dijo que solo disfrutara de la Navidad.

Por supuesto que eso no me dejó satisfecho. ¿Por qué lo haría? Me di cuenta de que, como elegantemente lo puso San Pablo, solo vemos “a través de un vidrio lo oscuro” mientras que estamos en la tierra. ¿Acaso eso no era demasiado fácil? Necesitaba saber más.

Y todavía quiero saber la verdad acerca de esta luminosa figura, Jesús de Nazaret. ¿Realmente era él el hijo de Dios? ¿Por qué lo mandaron al mundo? ¿Realmente sabemos algo de él? Para considerarte un cristiano, ¿Debes de creer en el Parto Virgen, o que Jesús caminó en el agua, curó a los enfermos, y se levantó glorioso de la muerte? ¿Importa si aceptamos todo esto de una manera literal? ¿No es esto un mito amoroso –la palabra griega que quiere decir historia– una narrativa con resonancia simbólica y significado profundo?

El mismo Jesús parecía no querer contestar preguntas acerca de su estatus real o su divinidad. Cuando Poncio Pilatos le preguntó acerca de título como Rey de los Judíos, él simple respondió “Tú lo dices”. Muchos dentro de su círculo se referían a él como el Hijo de Dios, pero no era especialmente sinónimo de divinidad. A César Augusto le llamaban el Hijo de Dios –Divi filius– en las monedas romanas. Jesús ciertamente se refería a sí mismo como si tuviera una conexión filial con una persona a la que llamaba, en su arameo nativo, Abba, o Padre. ¿Eso no solo quiere decir que se sentía como un hijo antes de su espíritu personificado?

También le llamaban el Hijo del Hombre, en una antigua frase hebrea, que más bien tenía connotaciones humildes. (Fue en el Libro de Daniel en el que una figura visionaria mencionó al Hijo del Hombre en términos apocalípticos).

Todos los intentos por clasificar a Jesús parecen totalmente inadecuados.

Mientras me desarrollo, aprecio más que nunca la fortaleza de esta figura llamada Jesús, quien sale en los cuatro Evangelios canónicos, como una persona ingeniosa, inteligente, compleja, inspiradora y muchas veces contradictoria. Él era un genio de la religión que creció en el Camino de Seda en la antigua Palestina, una mágica ruta de mercado que conectaba al Oriente con el Occidente.

De Occidente obtuvo un conocimiento sobre la metafísica de los griegos, con su notable formulación de cuerpo y alma. Del Oriente heredó los aires de misticismo, un sentido de autotransformación basado en la pérdida del egoísmo, enfocado hacia la meta final. Jesús une al Oriente y al Occidente, con la idea de formar un reino consciente, un espacio místico más allá del tiempo, aunque requiera tiempo para echar raíces y crecer. Cuando alguien preguntó en dónde estaba este noble reino, él respondió: “El reino de Dios está dentro de ti”.

Demasiados cristianos se refieren a su religión como un conjunto de cajas que necesitan abrir y revisar. Para unirte, debes suscribirte a un grupo de particulares creencias. Su dogma, puro y simple. Sospecho que el mismo Jesús se hubiera sorprendido al pensar que, muchos siglos después de su muerte, más de dos miles de millones de personas celebrarían su llegada al mundo, que encontrarían un mensaje hecho realidad con un reto inspirador, que vale la pena perseguir, dar un tiempo de dedicación.

Jesús era una persona real que vivió en una época, y su vida tuvo una gran resonancia mítica con el poder de cambiar corazones y mentes. Yo firmemente creo eso. En esta etapa de mi vida –como un ciudadano de edad como lo dicen amablemente– estoy bastante contento de creer en milagros, con la idea de que el línea entre la vida y la muerte es tan delgada como el papel.

Sin embargo, todo el pensamiento cristiano es sobre la resurrección. La manera en la que Jesús involucra ese pensamiento con la búsqueda de esos indecibles hermosos momentos en la vida que en unos cuantos segundos, nos hacen entender lo eterno en la vida.

La vida ofrece, como lo sugiere T.S Elliot en ‘Little Guiding’, “solo pistas y adivinanzas, pistas seguidas de adivinanzas”. El resto es “plegarias, observaciones, disciplina, pensamiento y acción”.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Jay Parini.

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