OPINIÓN: El nuevo papa podría 'rediseñar la imagen' de la Iglesia católica

El sucesor de Benedicto XVI tendrá el reto de mantener las ideas arraigadas del catolicismo e integrarlas al siglo XXI
¿Cómo afecta la salida de Benedicto XVI?
Timothy Stanley
Autor: Timothy Stanley | Otra fuente: 1
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Nota del Editor: Timothy Stanley es historiador de la Universidad de Oxford y bloguea para The Daily Telegraph, de Gran Bretaña. Es autor de El cruzado: la vida y obra de Pat Buchanan.

(CNN) — El papa Benedicto XVI dio un emotivo adiós el miércoles en la Plaza de San Pedro. El momento dijo mucho acerca de su papado. Por un lado, la plaza estuvo abarrotada por aproximadamente 150,000 católicos entusiastas y deseoso de mostrarle su amor y respeto.

Por otro lado, los comentarios del papa reconocieron que a menudo tuvo muchos problemas: "Hubo momentos", dijo, "como los hubo a lo largo de la historia de la Iglesia, en que las aguas fueron tormentosas y el viento sopló en nuestra contra, y parecía que el Señor estuviera durmiendo".

La Iglesia a la cual Benedicto XVI ya no encabeza está rodeada de problemas, el historial de abuso sexual infantil, su poca atención en Occidente, su inadecuada reputación y, lo más reciente, unas acaloradas acusaciones sobre el escándalo de homosexualidad dentro de la jerarquía.

El próximo papa tendrá que sortear las adversidades para revitalizar el catolicismo y traerla al siglo XXI. Cito un término de mercadotecnia muy utilizado, él tendrá que someterla a una renovación de "imagen del producto".

Benedicto XVI estuvo en lo correcto al limitar sus comentarios acerca de los problemas actuales, al señalar que la iglesia ha tenido muchos momentos como estos antes. Ha sobrevivido a ser dividida en dos (el cisma de 1054), a tener dos papas rivales (el Gran Cisma de 1378 a 1417) y a la herejía abierta (la Reforma del siglo XVI).

En dos ocasiones se ha enfrentado y encontrado un compromiso con la marea de la modernidad, el Primer Concilio del Vaticano se enfrentó al liberalismo en 1869-1870 y el segundo dio espacio al socialismo y secularismo en 1962-1965.

A pesar del cansancio o lo pasado de moda que aparece con el tiempo, la Iglesia siempre se las ha arreglado para encontrar católicos entusiastas. Contrario a la percepción popular, el dogma continúa sumando adeptos y sacerdotes, y crece más rápido en el mundo en vías de desarrollo. El 16% de los católicos del mundo viven actualmente en África.

Así que el próximo papa no tendrá razón para caer en pánico. Tampoco tendrá que meterse con los fundamentos religiosos.

En efecto, él no puede hacer esto, la doctrina católica es una compleja red, y eliminar un ramal de la creencia (por ejemplo, al cambiar las restricciones contra el aborto, divorcio y las mujeres sacerdotes) pondría en peligro toda la estructura.

Una creencia justifica a la otra (la actitud de la iglesia hacia la anticoncepción deviene de su comprensión de qué es la vida y del papel de Dios en ella) y reconocer que la Iglesia se ha equivocado en el pasado sobre algo abre la puerta para reevaluar toda su teología, si su percepción es errónea en lo que respecta al género de los sacerdotes, ¿es un error lo de la Inmaculada Concepción de la Virgen María o la transubstanciación, la literal, no simbólica, del pan y el vino en la presencia física de Cristo?

Curiosamente, un tema en el que la teología se rige por la ley en lugar de la doctrina —y esto está teóricamente abierto al debate— es el celibato sacerdotal. Por eso algunos lo describen como una reforma obligatoria para el próximo papa.

Si el papa no puede deprimirse y volver a escribir el catecismo, al menos puede rediseñar la imagen del producto, en el sentido más puro de la palabra.

Cuando se rediseña la imagen de un producto, no se cambia el contenido, solo el empaque. La Iglesia católica necesita un papa que comunique los mensajes eternos de una manera novedosa.

Un buen comienzo sería reformar la maquinaria de la Iglesia, conocida como la Curia. La oficina de prensa necesita un ajuste completo (increíblemente, todavía cierra para una siesta a la hora del almuerzo), y además de abandonar su fuerte dependencia de la lengua italiana (cuando Benedicto XVI visitó Polonia, habló en italiano en lugar de idiomas más globales como el inglés o el alemán).

De manera crucial, el personal y las opiniones urgentemente necesitan ser internacionalizados para pasar de un punto de vista eurocéntrico a uno que embone mejor con América, África y Asia.

Un paso obvio hacia eso sería el nombramiento de un papa procedente de algún lugar que no fuera Italia, el ghanés Peter Turkson y el nigeriano Francis Arinze son dos candidatos obvios.

La teología conservadora de Turkson es un gran ejemplo de cómo un rediseño de imagen no necesariamente significaría poner en peligro la fe; los liberales podrían alegrarse por su origen étnico, pero despreciar su conservadurismo en el ámbito sexual.

Quien sea que llegue a la Santa Sede, su prioridad deberá ser traer un sentido de orden al caos y dejar en claro que la Iglesia puede enfrentar sus problemas.

Como Jeff Anderson escribe en su columna de opinión sobre abuso sexual, debe afrontar honesta y abiertamente el problema, dando a conocer nombres y contratando investigadores independientes.

Debe viajar y relacionarse con diferentes creencias. Debe articular verdades en un lenguaje que no apague a las personas. Debe dejar en claro que la iglesia está abierta y toma en cuenta a las mujeres. Debe continuar con el buen trabajo de Benedicto XVI en fomentar la belleza y la oración en la liturgia.

Todo esto se puede lograr si la ortodoxia se renueva en lugar de rechazar, conservando la autoridad atemporal de la doctrina de la iglesia.

La experiencia de los primeros años del pontificado de Juan Pablo II demuestra que la energía y el carisma pueden revitalizar a la iglesia sin renunciar del todo a las formas modernas de pensar.

Por último, debemos agradecer a Benedicto XVI por hacer posible este cambio de imagen. Al apartarse del camino tempranamente, él ha dado a los católicos la oportunidad de prepararse cuidadosamente para el futuro. Fue un acto de humildad que podría demostrar ser su mayor legado a la Iglesia que tan obedientemente atendió.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Timothy Stanley.

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