OPINIÓN: Por qué Gran Bretaña necesita otra 'dama de hierro'

Durante su gobierno, 'La dama de hierro' implementó políticas que aunque eran impopulares reencauzaron la economía inglesa
Muere la ex primera ministra Margaret Thatcher
Autor: Ruth Lea, especial para CNN | Otra fuente: 1

Nota del editor: Ruth Lea es consejera económica del Arbuthnot Banking Group. Su carrera comenzó en el servicio civil británico: trabajó en la Tesorería y después en el Departamento de Comercio e Industria, durante el periodo del Thatcherismo. Después se volvió economista en jefe del Mitsubishi Bank y economista en jefe de Lehman en Reino Unido. Más tarde, fue directora de la unidad de política en el Instituto Thatcherista de Directores y fue Directora del Centro de Estudios en Política (CPS), un grupo de estudios creado por Keith Joseph y Margaret Thatcher.

LONDRES (CNN) — Margaret Thatcher fue una gigante en la política británica a finales del siglo 20, en gran parte debido a su enfoque revolucionario sobre la economía. No es accidental que su estrategia económica y políticas llegaran a ser conocidas como “thatcherismo”.

Sus políticas revolucionaron la economía local y también tuvieron gran influencia en el extranjero, especialmente en todos los países de Europa central y oriental que se liberaron del control soviético a principios de la década de 1990.

Para tener una idea de la enormidad de su influencia es vital entender el lamentable estado en que se encontraba Gran Bretaña en los años 60 y 70.

Era un país que, en las palabras del exsecretario de Estado de Estados Unidos, Dean Acheson, había “perdido un imperio y todavía no encontraba su rol”, un país cuyo rendimiento estaba constantemente por debajo del de sus vecinos europeos.

Sin lugar a dudas, la sensación de que seis de los miembros de las Comunidad Económica Europea (CEE) iban dejando atrás económicamente a Gran Bretaña fue una de las principales razones de su afiliación en 1973.

Sin embargo, la pertenencia a la CEE no solucionó los problemas de Gran Bretaña. Los problemas británicos, tales como las deplorables relaciones con los sindicatos, se abordaron hasta que Thatcher tomó el cargo de primera ministra en 1979.

Cuando yo era una joven funcionaria de la Tesorería en la década de 1970, me dijeron que el gobierno en Gran Bretaña era una cuestión de "gestionar el declive". El derrotismo era endémico.

Los dos principales partidos (laborista y conservador) habían llegado a una especie de consenso, un enfoque intervencionista keynesiano respecto de la economía posterior a la Segunda Guerra Mundial en el que gran parte de la economía productiva, incluidos los servicios públicos, eran monopolios estatales.

La competencia era una palabra ajena, si no es que inapropiada. Los altos impuestos obstaculizaban a los espíritus emprendedores y a la actividad empresarial. Bajo estas circunstancias, no debió sorprender a nadie que el futuro de Gran Bretaña en realidad se tratara de administrar el declive.

Viene a la mente la imagen de una familia aristocrática venida a menos, que usaba chaquetas raídas y zapatos gastados. Los negocios, las ganancias, los impuestos bajos y correr riesgos eran conceptos ajenos (y especialmente estadounidenses) en Gran Bretaña.

No es absolutamente ninguna exageración decir que Thatcher cambió completamente el enfoque de la economía y los negocios. "La gestión del declive" no era para ella. Aunque fueran incómodas y desagradables en ese tiempo, estaba decidida a poner en práctica las políticas para inyectar energía, iniciativa y competencia en los negocios y en la economía.

El intervencionismo estaba pasado de moda y la reforma sindical (muy postergada), la privatización, la competencia, la solidez de las finanzas públicas y los bajos impuestos estaban de moda.

Con todo, sus políticas equivalían a una  revolución “centrada en la oferta”. Y de hecho fue una revolución. En adelante, las empresas y los empresarios serían vistos como el motor del crecimiento económico y no como entrometidos. El mecanismo por defecto de la política económica británica de la posguerra se restableció.

Fue un éxito asombroso. Después de un comienzo difícil —hubo una dura recesión a principios de la década de 1980 de la que no se recuperaron algunos sectores manufactureros—, la economía británica comenzó a desarrollarse significativamente.

Gracias a las políticas astutas para liberar la ciudad de Londres y atraer las inversiones, Gran Bretaña se transformó en el principal destino para la inversión extranjera. El sentido de derrotismo quedó consignado a la historia, al menos por el momento.

Recuerdo muy bien que a finales de los 80 y principios de los 90, mis colegas japoneses admiraban todo lo que ella había hecho por posicionar a Gran Bretaña en el mundo de los negocios internacionales; estuvieron absolutamente desconcertados cuando la obligaron a renunciar.

Thatcher fue una política de enorme habilidad, determinación, valor y, sobre todo, convicción. Ella recibió la hábil asistencia de Lord (Geoffrey) Howe, Lord (Nigel) Lawson, Lord (David) Young y Lord (Norman) Tebbit, entre otros.

Ellos le ayudaron a implementar  su visión contra la oposición más atroz de parte de los sindicatos a los economistas y a la Confederación Industrial Británica.

Lamentablemente, gran parte de su excelente trabajo fue destruido bajo el gobierno de Tony Blair, cuando el derroche del canciller Gordon Brown destrozó las finanzas públicas y los desacertados cambios a la supervisión bancaria dañaron severamente el sistema financiero.

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Como alguien que vio la revolución thatcherista "en acción", me parece inmensamente triste. Necesitamos una nueva Margaret Thatcher, una que tenga la visión para corregir los horrendos problemas del país como lo hizo ella en la década de 1980.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Ruth Lea.

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