Banca Central, el salvador imperfecto

El mundo depende más de la política monetaria para revivir la economía, dice Mohamed El-Erian; sin embargo, los bancos centrales no han obtenido los resultados deseados todavía.
fed  (Foto: Cortesía CNNMoney.com)
Mohamed A. El-Erian

En Happy Feet, una de las películas favoritas de mi pequeña hija, un joven pingüino (Mumble) se enfrenta a los sabios ancianos de la colonia y encuentra una manera de resolver el problema del hambre en su comunidad. La curiosidad y el pensamiento innovador, junto con la convicción y la persistencia, le permiten cambiar las creencias tradicionales y la inercia activa que habían terminado por solidificar el malestar y el potencial perdido.

En los últimos cinco años, los bancos centrales han asumido el papel de los ancianos sabios de las economías occidentales, no por deseo o elección, sino por necesidad. Al analizar un sistema que fracasó persistentemente en crear empleo y crecimiento, la Reserva Federal estadounidense ha conducido a un número cada vez mayor de bancos centrales a echar anclas en una nueva realidad, la de conseguir los objetivos macroeconómicos mediante la aplicación del siguiente trío de políticas: muy bajas tasas de interés, una agresiva política ofensiva, y el uso aparentemente ilimitado del balance para comprar valores.

Este enfoque ha evolucionado hasta convertirse en una estrella que guía los pasos de la comunidad occidental de bancos centrales. Hoy en día, hay incluso instituciones, como el Banco de Japón y el Banco Central Europeo, que tuvieron que vencer la arraigada resistencia a un enfoque de "irresponsabilidad responsable", como lo denominó mi ex colega en PIMCO, Paul McCulley. Dicho enfoque también está influyendo en las políticas de las economías emergentes.

Pero por mucho que se esfuerzan, los bancos centrales aún no han mostrado resultados. De hecho, los resultados invariablemente han incumplido sus propias expectativas declaradas. En consecuencia, han hecho más de lo mismo (inercia activa).

Al igual que ocurre en la cinta Happy Feet, parece que la colectividad sigue creyendo en los ancianos sabios a pesar de que los resultados decepcionan constantemente.

Los inversionistas en renta variable responden con entusiasmo a cada acción del Banco Central, invirtiendo aún más a precios más altos. Los políticos tercerizan su trabajo, en la creencia de que pueden delegar sus responsabilidades de gobernanza económica a los banqueros centrales. Ante instituciones hiperactivas con imprentas de dinero en sus sótanos, los vigilantes de los bonos se han visto forzados a someterse a los bancos centrales.

Es posible que la creencia colectiva en los banqueros centrales se vea validada y justificada por la mejora económica acumulada, la intervención de balances saludables, algunas innovaciones interesantes, y una política más constructiva. Yo tengo la esperanza de que así suceda. Pero es eso, una esperanza, no una certeza, pues la política monetaria no está suficientemente apoyada por otras medidas políticas. Además, cuanto más dependamos de los bancos centrales, menor será la eficacia de su postura política hiperactiva.

Afortunadamente, unos pocos se han animado a asumir el valiente papel de Mumble, el pingüino inconforme.

Algunos abogan por corregir la deficiente demanda agregada a través de agresivos estímulos fiscales que complementen la actual política monetaria. Otros proponen la desregulación y el ‘achicamiento' de los gobiernos a fin de ‘dejarle espacio' al sector privado. Y un tercer grupo apoya las reformas estructurales para aumentar la productividad, corregir los fallos del mercado, y así mejorar el crecimiento y la capacidad de respuesta del empleo.

Hasta la fecha, y a pesar de un debate activo, ninguno de ellos ha sido escuchado. E incluso cuando no se contradicen entre sí, son vistos como un contingente muy minoritario e insuficiente para superar la polarización política.

En el mundo actual, el papel del disruptor necesita ser abordado de una manera diferente. En lugar de centrarse en las siguientes medidas inmediatas, Mumble debe invertir la lógica, en primer lugar debe centrarse en una visión de tres a cinco años viable para las economías occidentales. Luego, tendría que detallar sólo los pasos iniciales del camino (en lugar de especificar cada paso a dar, algo prácticamente imposible de hacer en esta economía global "inusualmente incierta" que continuamente cambia y se reajusta) y definir los hitos en el camino (para garantizar la rendición de cuentas y facilitar las correcciones del rumbo según se requiera).

Invertir la lógica de esta manera aumenta la probabilidad de convergencia política en un marco común e, igualmente importante, el consenso popular. En el proceso,  proporcionaría el liderazgo necesario para encabezar las respuestas políticas en el tiempo oportuno, promovería el fortalecimiento institucional y la coordinación de políticas mundiales.

El tiempo es, por supuesto, tan importante como el contenido. Aquí soy menos optimista. El sistema bien podría decidir esperar a que se dé un desorden socioeconómico más grave antes de optar por esta inversión de la lógica.

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Con lo mal que están las cosas -sobre todo para los pobres, los jóvenes, los desempleados, y otros sectores vulnerables de la economía- tendrían que empeorar para vencer la enorme inercia activa que ahora está incrustada en los sistemas y las instituciones políticas. La perspectiva es terrible. Y mientras tanto, seguiremos dependiendo de los bancos centrales que utilizan herramientas imperfectas y fomentan la esperanza.

Mohamed A. El-Erian es CEO y codirector de inversión de PIMCO. También preside el consejo para el desarrollo global creado por el presidente Barack Obama.

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